La deriva europea en medio de esta crisis parece venir a confirmar el veredicto que hace décadas pronunció el analista político Walter Lippmann: “Para todo problema humano hay una solución simple y clara, pero equivocada”. Llevamos mucho tiempo transitando por el camino erróneo: recortes y ajustes a toda máquina para controlar el déficit público en límites y plazos imposibles de cumplir. La secuencia de los hechos es conocida y, de tanto ser padecida, incrementa el dolor solo repasarla. El cansancio político de una Europa desconfiada respecto a sí misma y el sufrimiento acumulado por los ciudadanos que soportan medidas de austeridad que se imponen con ahínco –con no disimulado sadismo-, hacen que se respire con alivio cuando en una enésima Cumbre de jefes de Estado y de gobierno se toman tímidas decisiones de otro cariz.
Así ha ocurrido en la reciente Cumbre, siendo el respiro del presidente Rajoy tan profundo que volvió exultante –más comedido que otras veces- para decir a la ciudadanía española que el Estado se va a librar de ver engrosada su deuda con las abrumadoras cantidades que se destinarán, a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad, a recapitalización de la banca. No ha insistido en que eso estará sujeto a condiciones leoninas que gravitarán sobre los ciudadanos –inminente nuevo ajuste nos amenaza- y que queda pendiente de lo que al respecto establezca la Comisión europea. Algo está claro: Merkel sigue atando corto, exigiendo que el BCE sea la instancia de control financiero del proceso y de sus destinatarios. El Banco de España puede organizar su funeral. Avanzamos hacia la unión bancaria, pero a golpe, no de soberanía compartida, sino de soberanía arrebatada.
¿Y el plan de crecimiento apadrinado por Hollande? Va como segundo plato, de hecho a expensas de cómo se sirva el primero con ingredientes relativos a deuda pública y saneamiento de la banca. De momento, más recortes, más esfuerzo de todos –de todos los de abajo, se quiere decir-, más recesión y un paro al que poca mella hace cierto empleo estacional. Y seguirá sin moverse el límite de déficit, con la espantosa meta del 3% del PIB en 2013. ¿Qué decir? Pues que no salimos del error, por más que se abran vías de escape para una situación en la que peligra, además de nuestra economía, el futuro del euro. No hay manera de cambiar el rumbo con agilidad. Seguimos con una dogmática economicista que, ante una realidad muy compleja, recorta las partes de la misma que la ortodoxia neoliberal no quiere ver. Lo grave es que tras ese recorte de realidad nos vemos sometidos a traumáticas amputaciones que, como denuncia el portugués De Sousa Santos, llevan a la desocialización de la economía, al debilitamiento del Estado y a que se dinamite el “contrato social” sobre el que habíamos construido nuestras democracias.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 5 de julio de 2012)



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