jueves, 17 de mayo de 2012

Reivindicación de la palabra


Las palabras también se gastan. Algunas reciben tanto maltrato que al cabo son irrecuperables para seguir utilizándolas con significados otrora genuinos. Podemos preguntarnos qué vamos a hacer en el futuro con la palabra “austeridad” después de haber sido tan prostituida para referirse con ella a cosas muy distintas de lo que significaba. Tras el uso tendencioso –dicho al modo marxiano, ideológico, como en la expresión “políticas de austeridad”- que se ha hecho de ella para nombrar ocultando lo que son fuertes restricciones y duros recortes –inductores de empobrecimiento individual y colectivo-, el término “austeridad” ha quedado invalidado para un uso decente en el espacio público.


Con tanta manía de no llamar a las cosas por su nombre llega un momento en que no sólo se tiene miedo a las palabras, que bien dichas hablan de la realidad, sino que hasta los eufemismos, quemados de tanto abuso encubridor, pasan a ser materia ingrata para quienes tienen que dar cuenta de lo que ocurre y, en especial, de sus decisiones. Tenemos así un gobierno al frente del Estado que se ha especializado en no decir palabra seria alguna. Ya no es sólo que se menosprecie a periodistas y, de camino, a la ciudadanía, impidiendo preguntas para así no salir de un guión preestablecido, sino que además se eluden comparecencias parlamentarias y declaraciones inexcusables con tal de no afrontar públicamente la verdad de los hechos. Que un presidente del gobierno no haya dicho palabra sobre un asunto como el de Bankia, con la gravedad de una decisión que supone la nacionalización de la entidad, de elevadísimo coste para el erario público en tiempos de máxima penuria, es escandaloso. Supone tal desprecio a la democracia que ese escamoteo de la palabra debida es, de suyo, antipolítico.


A falta de palabras que, enhebradas en discurso, den cuenta de cómo nos situamos ante la realidad tan compleja como pavorosa en la que nos hallamos, no extraña que cuando decenas de miles de personas se concentran retomando el hilo de las movilizaciones del 15 M, el momento más intenso sea el de un “grito mudo”, agitando las manos al modo del llamado lenguaje de signos. Tal gesto multitudinario, original en su masiva capacidad de expresión, transmite un heteróclito conjunto de significados posibles. A ello se añade que descarga a la multitud de tener que resolver un impertinente problema de liderazgo. Mérito tiene el gesto, y no vamos a discutir su mudez cuando otros callan irresponsable y cínicamente. Pero no hay que perder de vista que la política, si quiere ser democrática, no puede prescindir de su aliada la palabra: la palabra que nombra, denuncia, cuestiona, propone, dialoga… Es la palabra que explicita el sentido de la acción; la palabra emancipadora a través de la cual nuestra dignidad se hace verbo.

José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 17 de mayo de 2012)

1 comentario:

Miguel de Esponera dijo...

Claro que sí.

Si se elude el discurso, es porque se elude el compromiso. Sin discurso, la acción de gobierno se reduce a gestos sin compromiso.