jueves, 3 de mayo de 2012

Humillaciones por añadidura



En España tenemos un presidente entregado al fundamentalismo de la austeridad. El ejecutivo le acompaña y el PP, unánime, lo secunda. Cuando ya son clamor las voces contra una demencial política de rigores presupuestarios y de ajustes sin término, el presidente Rajoy, como catecúmeno de la doctrina neoliberal más fiel a la Escuela de Chicago, aunque se examine ante derechistas alemanes, está en la etapa de ufano alumno sin mejor lección aprendida que el anuncio de más reformas por venir: tras cada consejo de ministros, decretos con despiadados recortes, nuevas privatizaciones y renovadas restricciones en inversiones públicas. Adelgazamiento del Estado, sin siquiera una teoría presentable de Estado mínimo. Para ser minimalistas basta improvisar y afilar por las noches los instrumentos que se utilizarán por las mañanas.

Con el sistema educativo sometido a recortes que no sólo lo dejan sin recursos para un funcionamiento decente, sino que alteran su diseño según criterios de universalidad, gratuidad en sus etapas obligatorias y calidad para todos, la educación se halla en peligrosa deriva. El sistema público de salud sufre el cambio que va de una atención sanitaria como derecho de los ciudadanos a reducidas prestaciones exclusivamente a asegurados, desviadas en gran parte a la sanidad privada. El desmontaje de la atención a dependientes se suma a ese cuadro de regresiones que tiene su base en la reforma laboral con la que el gobierno empezó mermando derechos y vaciando de contenido procedimientos consagrados por la Constitución, como la negociación colectiva.

Lo expuesto responde a la teoría del shock, puesta en boga por Friedman y sus discípulos, la cual, como denuncia Naomi Klein, inspira la aplicación de políticas duras de estabilidad fiscal. Y así nos tienen, debilitándonos las fuerzas, apabullándonos bajo la presión de la crisis y de las medidas que se implementan supuestamente para remontarla. Mentira. Pero oímos, y en lenguaje chulesco, que hacen falta más recortes y más duros, que son necesarias más reformas y con mano firme, que los objetivos de déficit se cumplirán a toda costa. Eso cuando se habla, que otras veces ni se habla: no se informa, no se comparece en el parlamento, y a lo sumo se dejan caer notas de prensa o declaraciones desde el extranjero. Es evidente el menosprecio hacia la ciudadanía. No sólo vemos quebrados los pilares de lo que ha de ser –incluso por razones constitucionales- Estado social, sino que padecemos cómo se nos humilla. La energía que no gasta en dignas palabras, bien podía emplearla el gobierno en aprender lo que el filósofo Axel Honneth llama “gramática moral de los conflictos sociales”. Entonces tendría presente que, cuando al empobrecimiento se añade la humillación, se prepara el combustible para una fuerte conflictividad social.

José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 3 de mayo de 2012)