La revista ÉXODO ha dedicado su nº 112 (marzo 2012) a Europa.
A continuación ofrezco la primera parte de un artículo publicado en ella
bajo el título "Difícil reubicación de una Europa descolocada",
a la que seguirán después las otras dos partes del mismo.
Una Europa con riesgo de “democidio”La sentida exclamación con la que Jürgen Habermas tituló uno de sus recientes libros –¡Ay, Europa! - se le ha quedado corta a él y a todos ante lo que está sucediendo en la Unión Europea al hilo de la crisis financiera, devenida económica y transmutada en terrible crisis de la deuda pública de los Estados. El filósofo alemán ha denunciado abiertamente el retroceso democrático que se está dando en Europa durante estos años, y de forma cada vez más acentuada. Él mismo puede comprobar cómo los hechos contradicen lo que hace unos años escribía con esperanzada actitud, asentada en una realidad que daba pie para sostenerla. Así, hoy no podría afirmar en los mismos términos que, a partir de la valoración peculiar que hacemos los europeos de la política y el mercado, se refuerza nuestra “confianza en el poder de configuración civilizadora que posee un Estado del que se espera también la corrección de los fracasos del mercado” . Antes bien, la experiencia última de los europeos es que se impone el mercado sobre los Estados, y no sólo uno a uno tomados, sino en conjunto, como es el caso de los que forman la UE. Ésta, respecto a la cual consideraba Habermas que poco a poco iba consolidando en su seno un demos europeo más allá de las fronteras nacionales y las viejas querellas de las particularidades históricas, hace que en los últimos tiempos ese mismo demos se halle sometido a presiones que lo debilitan, lo fragmentan y le enajenan la conciencia democrática compartida que se podía haber generado. El reconocernos como “ciudadanos de una misma comunidad política” está ahora más lejos que hace unos años, máxime si en comunidades políticas nacionales el pueblo como conjunto de ciudadanos dispuestos a ejercer solidaria y responsablemente sus derechos se ve menospreciado o, incluso, humillado. Catapultar a un vicepresidente del Banco Central Europeo a la jefatura del gobierno griego sin mediar elecciones o, como ocurrió al poco tiempo, instalar en la del gobierno italiano a otro tecnócrata –por mucho que eso supusiera el alivio de la dimisión de Berlusconi-, son malas señales en cuanto al respeto a la democracia y a la ciudadanía. Igualmente, decidir en el seno de la Unión Europea menospreciando los poderes y cauces institucionales establecidos no es nada aleccionador. Todo lo contrario. Por ello, si Habermas podría concluir de todo esto, parafraseando a Unamuno, diciendo “me duele Europa”, también se puede colegir que estamos ante un proceso de destrucción del demos que induce a hablar –aunque el término sea un tanto fuerte- de democidio.
¿Estamos justificados para hacer un diagnóstico tan duro? Podemos estar de acuerdo en que muere la democracia si se liquida al demos, a la sociedad en tanto que pueblo capaz de ejercer su ciudadanía. Y en consecuencia podemos suscribir que hay riesgo de “democidio” cuando está en peligro la vida de la democracia como sistema político. Es verdad que dicha palabra fue acuñada, entre otros, por el politólogo R.J. Rummel para designar, como variante del genocidio, hechos criminales de un gobierno que asesina a la población de su Estado. Pero es pertinente trasladar el término, alumbrando nuevo sentido, a lo que está ocurriendo en la Unión Europea, especialmente en países del Eurogrupo. En algunos, las presiones de poderes económicos y políticos –con papel estelar de la canciller alemana- sobre los países más afectados por la crisis económica, con Estados atrapados por desmesuradas deudas, están llevando a un ninguneo de sus instituciones democráticas y a un mortal socavamiento del demos como sujeto colectivo.
Estamos siendo testigos de la historia antidemocrática que se escribe al hilo de la crisis y de la manera de afrontarla por la ortodoxia neoliberal. Lo que se está haciendo conlleva retrocesos del Estado social y que la ciudadanía se vea desarticulada como demos sustentador de instituciones de autogobierno. Si el proyecto europeísta necesita una ciudadanía capaz de tejer la solidaridad transnacional y de actuar, como decía Habermas, en el espacio político de una Europa cada vez más amplia, resulta que ahora el “democidio” que se cierne sobre nosotros quiebra todo eso. Y si todo eso es para salvar al euro en medio de una crisis económica en la que Europa se ve metida hasta el cuello, la pregunta que cabe hacer, parafraseando un conocido pasaje evangélico, es: ¿para qué salvar el euro si al final se pierde el demos? Lo peor es que aún cabe otra: ¿para qué todo esto si ni siquiera está garantizado que el euro se salve?
La cuestión es que si no se salva el euro no se podrá mantener la Unión Europea. Desde ahí se explica lo que nos ocurre, habida cuenta de que la salvación de la moneda común que compartimos los diecisiete miembros del Eurogrupo pasa por resolver la crisis de deuda pública que afecta a ciertos Estados. Portugal y España seguimos en el punto de mira, temiendo el desenlace que tenga el caso de Grecia, pues no contamos con “vacuna” efectiva para evitar el contagio, dado que en la zona euro no hemos arbitrado un sistema para frenar los movimientos especulativos sobre los bonos “soberanos” de los países fuertemente endeudados. El tratamiento de conjunto impuesto por la Alemania de Merkel, consistente en un pacto de consolidación fiscal que, además de traducirse en norma constitucional de cada Estado, se refleje en los tratados de la Unión, refleja la errada estrategia de corte neoliberal que se ha impuesto en la manera de afrontar la crisis económica. Dicha estrategia, si por un lado es deudora de un fundamentalismo de la austeridad –con lo que implica de fanatismo de los recortes sociales- absolutamente nefasto para la economía misma por bloquear las posibilidades de crecimiento, por otro es promotora de escamoteo de los procedimientos democráticos que se han ido codificando en la construcción europea y a los que se deben las instituciones de la Unión. Que la democracia se sacrifica en el altar del capitalismo financiero es conclusión palmaria de lo que hasta ahora hemos vivido en una Europa que cada vez se reconoce menos a sí misma en la situación a la que ha venido a parar de manos de una crisis que le pilló a contrapié. ¿Hasta dónde llegará ese sacrificio?
José Antonio Pérez Tapias
[Artículo publicado en Exodo, nº 112 (marzo 2012), pp. 48-54]



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