Tercera y última parte del artículo publicado en la revista ÉXODO
bajo el título "Difícil reubicación de una Europa descolocada"

Economía social, democracia y ciudadanía para la Europa del futuro
Hay que vencer el miedo para afrontar los temores que racionalmente hay que tener en cuenta. La complejidad del mundo contemporáneo no está exenta de amenazas, muchas de las cuales, como mostró Ulrich Beck con su “sociedad del riesgo” , inciden en el ámbito local desde su condición de globales. Es razonable, pues, atender a aquello que puede suscitar temor. Lo que es irracional es dejarse llevar por el miedo. Y Europa debe superar el miedo que la atenaza transitando por las vías políticas que le permitan afrontar exitosamente los temores que alberga. De esa forma, una Europa hoy descolocada en el mapa de la economía global por una crisis que aminora su potencial, y en el mapa político también descolocada por el desplazamiento de los ejes conforme a los cuales se pretende reordenar el mundo, a la vez que por el zarandeo sufrido desde dentro en su propia estructura institucional, debe encontrar el camino de su reubicación, consciente de la originalidad que ella misma supone como invención política supranacional, inseparable de la dificultad que lleva consigo. Si sólo atendiéramos a las dificultades, el proyecto europeo, y más aún cuando en él hay involucrados ya veintisiete países, parecería imposible de llevar a buen término: hacer de esos veintisiete miembros un conjunto polifónico que suene bien no es tarea fácil. No obstante, algo tiene el empeño cuando, aun en medio de los tiempos que corren, cuando sigue siendo atractivo –recientemente Croacia votó favorablemente al ingreso en el UE-. Considerando su originalidad, abundan a pesar de todo las razones para procurar que siga adelante como viable un proyecto de construcción política metanacional en clave democrática. Si en estos momentos, la crisis hace que se pierda de vista la profunda razón de ser del proyecto que ha alumbrado la Unión Europea, también es la hora de reafirmar su sentido con la fórmula paradójica que Étienne Balibar consagró para ello hace unos años: el proyecto de la Unión Europea es un “imposible necesario” .
¿Cómo volver a confiar en la viabilidad de lo “imposible necesario” del proyecto europeo? Por una parte, parafraseando a Husserl, diremos que hay que hacer frente a la crisis de los Estados europeos viendo en el fondo de ella la crisis de la humanidad europea . Situando en el fondo de esa crisis cuestiones que el padre de la fenomenología no atisbaba, como es la experiencia de la insostenibilidad de un punto de vista eurocéntrico, la humanidad europea, descolocada de la posición en la que quiso mantenerla su complejo de superioridad, tiene que habérselas ahora con la impotencia de la política que experimenta desde la cruda realidad de sus Estados. Una política que se subordina a la economía y unos Estados para los que la soberanía se va quedando en palabra hueca ante el sometimiento al mercado forman parte de lo que en estos últimos tiempos estamos viviendo. La crisis económica ha sacado a flote la crisis de la política, y especialmente la crisis de la representación política. No hay más remedio que buscar a la vez la salida de ambas. Es decir, sin recuperación de la democracia, las salidas económicas que se intenten serán en falso. Y eso empieza por la toma de conciencia y la acción en consecuencia de la ciudadanía de cada Estado, para desde ahí retomar el hilo de la construcción de un demos europeo que en verdad sea capaz de jugar un papel constituyente.
Siendo cierto que la construcción europea requiere mejor coordinación entre Estados y entre las mismas instituciones de la Unión, y una cooperación más eficaz, puestos a acometer eso de manera que a la vez se tome en serio la superación de sus déficits democráticos, la vía para ello pasa por diseñar un modelo federalista para la estructura supraestatal que nos hemos dado. Si el recorrido que se esbozado a partir de ahí es largo, al menos se contará con un plano sobre el que establecer los avances que se puedan lograr.
Si refuerzo de la democracia y modelo federalista han de funcionar de cara al futuro, cierto es que desde el presente hay que resolver la crítica situación económica en que nos hallamos. Pero hay que hacerlo no contra la democracia, sino con y a favor de la democracia, lo que supone articular claves federalistas y no de imposición hegemónica de unos en relación a otros –que es como viene funcionando el tándem Merkel-Sarkozy como variante un tanto distorsionada de lo que se ha conocido como eje franco-alemán-. Comprobado que la ortodoxia neoliberal nos lleva por el camino equivocado –contando con la perversión de lo que se entiende por austeridad-, hay que reconducir la recuperación económica por otras vías, empezando por el replanteamiento del límite de déficit público al 3% del PIB en 2013, que está siendo el injustificable axioma que trae de cabeza todos. Hay que situarse, por el contrario, en otras vías, que retomen medidas de corte keynesiano, adaptadas a la fase de globalización en la que ya estamos. Si hay que volver a “pensar Europa”, como en su momento propuso Edgar Morin , la “dialógica” para ello ha de contar con una economía social, y que siendo social, amén de sostenible medioambientalmente, sea competitiva. Hay que replantear muchas cosas para no vernos asumiendo un (contra)modelo chino de economía basada en relaciones laborales sin derechos sociales, a costa del modelo social europeo que era precisamente lo que se aspiraba a difundir.
La Europa social ha de volver a ser parte fundamental del proyecto europeo, si queremos que tenga recorrido en el largo plazo. Un proyecto que acabe limitado a instituciones burocráticas puestas al servicio del capitalismo financiero no sólo no entusiasmará a nadie, sino que, suscitando cada vez mayor hostilidad, se irá alejando del apoyo ciudadano que la construcción europea necesita. Y sin ciudadanía, contando con que ésta ha de poder experimentar lo que implica la ciudadanía europea en cuanto a ciudadanía social, el “imposible necesario” de la Unión Europea acabará siendo inviable.
La construcción europea, si por caminos neoliberales va a parar a políticas contradictorias con ese objetivo, habrá que retomarla por la vía de una socialdemocracia renovada, capaz de ofrecer alternativas consistentes en ese sentido. Por lo pronto, la experiencia de estos años de crisis ya ha traído la conclusión de que no es posible poner en marcha una política socialdemócrata puesta al día en un solo país. La socialdemocracia vuelve a necesitar el enfoque internacionalista que hace mucho tiempo perdió. Y también necesita una nueva “cultura” en los partidos que la sostengan para ser capaces de nuevas alianzas en el seno de una izquierda plural, como se da en la mayor parte de los países europeos. Las alternativas políticas no son monopolio de nadie.
Las importantes cuestiones a las que nos vemos confrontados en Europa reclaman respuestas que, a pesar de la complejidad de los asuntos a resolver, han de ser urgentes. El tiempo no es recurso inagotable y nos vemos emplazados por los ritmos de procesos que o los reconducimos o nos pueden llevar a una fragmentación del mapa europeo que no hará sino anticipar las amenazas del capitalismo con tendencias suicidas que hoy por hoy nos tiene secuestrados. Europa, afortunadamente, no está muerta, pero lo que ocurre en su seno y a su alrededor nos da pie para volver a decir, con María Zambrano, que atraviesa por una penosa agonía. ¿Será Europa capaz de resurrección? La pensadora malagueña sostuvo que sí, partiendo de que el europeo “sabe vivir en el fracaso” . Pero a estas alturas podemos entrever que un fracaso de Europa en lo que ha sido el valioso intento de su compleja construcción política nos arrastraría no sólo a la irrelevancia política, sino a la penuria económica a la vez que a la injusticia social.
Europa, incluso en medio de esta crisis y desde sus prosaicas realidades, no deja de ser objetivo en el que son reconocibles trazos de intención utópica. Por ello, frente al euroescepticismo que crece, bien viene reforzar el europeísmo que merece la pena aunque sea a base de interrogantes como los que hace ya algún tiempo formulaba el holandés Cees Nooteboom como epílogo a su libro sobre Cómo ser europeos: “¿Dónde está la Europa con la que hemos soñado durante tantos años? ¿Dónde ha desaparecido? ¿Quién se la ha llevado? ¿Los especuladores? […] ¿Los políticos impotentes con sus palabras vacías? ¿Los muertos de Sarajevo? ¿Las minorías? ¿Los neofascistas? ¿El Bundesbank? ¿Los euroescépticos ingleses? ¿Dónde está? ¿En Bruselas o en Londres? ¿En Atenas o en Kosovo? ¿O quizá, a pesar de todo, en Maastricht? Si sigue en vida en alguna parte, nos gustaría recuperarla, no la Europa del mercado y de los muros, sino la Europa de los países de Europa, de todos los países europeos” .
José Antonio Pérez Tapias
[Publicado en la revista Éxodo, nº 112 (marzo 2012), pp. 48-55]

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