

Cuando alguien grita “sálvese quien pueda” la situación suele ser tal que, de hecho, se salvarán muy pocos de entre aquéllos a quienes afecta el peligro. La antisolidaria invitación a que cada cual se las apañe sin contar con ayuda de nadie, a la vez que se desentiende de auxiliar a cualquier otro, es incitación a la más descarnada lucha por la supervivencia, sin evitar que debido al pánico aumente la incidencia de la catástrofe. Sólo los más fuertes, y si la suerte acompaña, se salvarán. La historia lo constata tanto en lo que se refiere a individuos como a colectividades en circunstancias de emergencia.
Hoy, la situación de Europa ha llegado a un insoslayable punto crítico. La Unión Europea pasa por el peor trance de su historia y su moneda, el euro, por momentos de tan gran dificultad que no está garantizada su pervivencia como moneda común. Entre cumbres de jefes de Estado y de gobierno y reuniones bilaterales no se ha ido más allá de apretar la tuerca de la austeridad, imponer un pacto fiscal para que todos en la zona euro asuman ir prácticamente a un déficit cero y generar confusos fondos de rescate que, como en el caso de Grecia, no funcionan con la necesaria agilidad y eficacia. El fundamentalismo de la austeridad promueve una desaforada competitividad entre quienes pugnan por evitar la quiebra de sus Estados y el hundimiento de sus economías. Medidas para mancomunar las deudas no llegan a tomarse y las que se formulan para estimular el crecimiento no pasan de brindis al sol. El resurgimiento de planteamientos nacionalistas confirma que cada país va a lo suyo, y en el interior de cada uno restricciones y recortes cercenan las posibilidades de articular respuestas colectivas a la crisis más allá de atajar el déficit: desempleo y empobrecimiento son las consecuencias.
Ante un panorama así, la izquierda tenía que haber apostado ya por un planteamiento efectivamente internacionalista. Lo exige un mundo globalizado y es imprescindible para salvar el proyecto europeo. Es palmaria la conclusión de que en la Europa actual no caben soluciones socialdemócratas aplicadas aisladamente. La socialdemocracia empezó a fallar hace muchas décadas cuando quedó secuestrada por la lógica de los nacionalismos. A pesar de sus éxitos, nunca llegó a reponerse de dicho secuestro, en su momento denunciado por Rosa Luxemburgo. También el movimiento comunista empezó a hundirse con la imposición por Stalin del “socialismo en un solo país”. Trotsky se opuso a ello, vaticinando el fracaso de la URSS, incapacitada en su aislamiento para hacer frente a sus propias contradicciones. Hoy, la izquierda del siglo XXI o es de verdad internacionalista o no podrá acometer en serio ninguna de las reformas que ya son urgentes. También de ello habrá que hablar en el 38 Congreso del PSOE.
Hoy, la situación de Europa ha llegado a un insoslayable punto crítico. La Unión Europea pasa por el peor trance de su historia y su moneda, el euro, por momentos de tan gran dificultad que no está garantizada su pervivencia como moneda común. Entre cumbres de jefes de Estado y de gobierno y reuniones bilaterales no se ha ido más allá de apretar la tuerca de la austeridad, imponer un pacto fiscal para que todos en la zona euro asuman ir prácticamente a un déficit cero y generar confusos fondos de rescate que, como en el caso de Grecia, no funcionan con la necesaria agilidad y eficacia. El fundamentalismo de la austeridad promueve una desaforada competitividad entre quienes pugnan por evitar la quiebra de sus Estados y el hundimiento de sus economías. Medidas para mancomunar las deudas no llegan a tomarse y las que se formulan para estimular el crecimiento no pasan de brindis al sol. El resurgimiento de planteamientos nacionalistas confirma que cada país va a lo suyo, y en el interior de cada uno restricciones y recortes cercenan las posibilidades de articular respuestas colectivas a la crisis más allá de atajar el déficit: desempleo y empobrecimiento son las consecuencias.
Ante un panorama así, la izquierda tenía que haber apostado ya por un planteamiento efectivamente internacionalista. Lo exige un mundo globalizado y es imprescindible para salvar el proyecto europeo. Es palmaria la conclusión de que en la Europa actual no caben soluciones socialdemócratas aplicadas aisladamente. La socialdemocracia empezó a fallar hace muchas décadas cuando quedó secuestrada por la lógica de los nacionalismos. A pesar de sus éxitos, nunca llegó a reponerse de dicho secuestro, en su momento denunciado por Rosa Luxemburgo. También el movimiento comunista empezó a hundirse con la imposición por Stalin del “socialismo en un solo país”. Trotsky se opuso a ello, vaticinando el fracaso de la URSS, incapacitada en su aislamiento para hacer frente a sus propias contradicciones. Hoy, la izquierda del siglo XXI o es de verdad internacionalista o no podrá acometer en serio ninguna de las reformas que ya son urgentes. También de ello habrá que hablar en el 38 Congreso del PSOE.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 2 de febrero de 2012)
(Publicado en el diario Granada Hoy el 2 de febrero de 2012)


1 comentarios:
Rubalcaba representa el ala derecha del PSOE y Chacón la izquierda. Rubalcaba es un queso mohoso y Chacón uno curado. Hubiese preferido a Chacón, es joven, guapa, inteligente y transpira modernidad e ideas nuevas. Chacón sería la persona que movilizara al voto joven, a los abstencionistas y aquellos que votan a un tercer partido. Pero el gran grueso de votos para recuperar el gobierno está en el voto de centro.
A España le hace falta tener una mujer como presidenta del gobierno. Siendo España un país tradicionalmente conservador, pero de los de antes, la imagen de Rubalcaba es la que mejor se ajusta para convencer a aquellos que ven en él, una persona de aspecto conservador con tintes progresistas, pero que no va a poner en serio peligro sus intereses particulares ni los de los grandes poderes económicos.
En las próximas elecciones podremos elegir entre dos quesos mohosos (Rajoy o Rubalcaba) y tendremos que elegir aquel que no huela tan fuerte. Porque la mayoría de los votantes españoles, tradicionalmente conservadores, pero de los de antes, jamás depositarán su confianza en un tercer partido como Izquierda Unida, aunque sí en Unión Progreso y Democracia.
Mucho tendría que llover para que eso sucediese, casi un siglo por lo menos. Por ejemplo, el PSOE consiguió el primer escaño con Pablo Iglesias en 1910 y tardó 72 años en obtener 202 diputados, que le dieron la mayoría absoluta para que por primer vez en la historia de España un partido progresista llegara al poder.
fernando-1492@hotmail.es
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