

Se acabó. La IX Legislatura de nuestra democracia llegó a su final. El pasado 26 de septiembre, cuando el presidente Zapatero procedió a la disolución de las Cortes, un melancólico respiro atravesó muchas gargantas –otras quisieron tragar saliva con sabor a victoria-. También es verdad que el recuento de días hasta el 20 de noviembre, fecha de las elecciones formalmente convocadas, no deja de producir inquietud. En este tiempo inmisericorde cada jornada es ocasión de desigual batalla en la que unos mercados asesinos de logros sociales y derechos laborales amenazan con nuevas derrotas a una suicida política de repliegue democrático y Estado en retirada. La fortaleza europea es un castillo de muros cuarteados donde nadie toca a rebato para coordinadamente defender sus baluartes. En su patio de armas voces desperdigadas reclaman eurobonos, pero en la torre palaciega nadie hace caso. Y así hasta el punto que un Obama no menos agobiado pide a los europeos que se pongan de acuerdo para, al menos, salvar el euro y así salvarse a sí mismos y librar de malhadadas tensiones a la economía global. Pero mientras todo eso continúa, aquí el sufrido presidente del gobierno da la señal de la estación término.
La legislatura que termina, de ajuste en ajuste atravesando etapas que nos han ido introduciendo en paisajes a cuál más inhóspito, en los que por ningún sitio aparecían los anunciados brotes verdes, ha sido un viaje en cuyo final nos encontramos, de sopetón, con tristes tópicos. No es en este caso la tristeza de los trópicos la que, como en la parsimoniosa escritura de Lévi-Strauss, acapara el relato. Sin referencias a exotismos que no lo son tanto, y sin canto alguno a “salvajes civilizados” que nos muestren la otra cara de nosotros mismos, la narración de nuestro recorrido nos trae a un desabrido colofón en el que, por la tozudez de los hechos, confirmamos lugares comunes. Su geografía, o la geopolítica que dibujan, es, en contraste con lo descubierto por la mirada etnológica del antropólogo francés, una civilización salvaje, de poderes indómitos, de relaciones de dominio y de cierto retorno de lo mismo un tanto desesperante.
Entre los tópicos que en este final se nos hacen insoslayables destaca aquel que dice que el poder lo tiene la derecha, mientras que la izquierda gobierna de vez en cuando. Hablamos de poder económico, poder mediático, poder en la trama de las relaciones sociales, poder en lo que llegamos a denominar los “aparatos del Estado”. Y se puede haber gobernando durante muchos años, produciendo transformaciones en el país, sin haber llegado a tocar los núcleos duros del poder desde los cuales, llegada la hora, se prepara la vuelta al “orden natural” de las cosas retomando el poder político. Da que pensar la forma en que la derecha española se plantea gobernar tras las elecciones, para hacer coincidir gobierno y poder “como debe ser”.
Ocupa un lugar relevante otro tópico, que en su caso nos lleva al diseño mismo del proyecto de la UE: la Europa de los mercaderes imponiéndose a la de los ciudadanos. En años pasados despachamos esa fórmula aduciendo que era retórica izquierdista poco menos que antisistema. Y no entramos a fondo en ciertas profundidades de los tratados europeos, allí donde ahora se descubren sus debilidades. Éstas son las que nos han dejado a merced del mercado y sus poderes financieros en un momento en el que hablar de ciudadanía europea parece fuera de lugar.
Volviendo al terruño nos topamos con el tópico de la España que algunos pretenden que sea “la de verdad”, la de Estado centralista y sin veleidades federalistas camufladas tras construcciones autonómicas. Las ideologizadas exigencias de austeridad se vuelven armas contra la descentralización política del Estadio autonómico, suministrando coartadas no sólo para recortes del Estado de bienestar sino también para meter en cintura el supuesto desmadre de la España plural. El tópico se refuerza con las dosis necesarias de fervores de sabor nacional-católico, suministradas por un Papa con historial de teólogo alemán. La versión hispana de las raíces cristianas de Europa cierra el círculo de los tristes tópicos a donde nos ha traído un viaje para el que la izquierda pensaba que ya no había hoja de ruta. Lévi-Strauss, recordando a Rousseau, nos diría que miremos a lo lejos para entender qué pasa en lo que tenemos cerca. Sería, tanto respecto al pasado como respecto al futuro, un buen consejo contra falsas ilusiones.
La legislatura que termina, de ajuste en ajuste atravesando etapas que nos han ido introduciendo en paisajes a cuál más inhóspito, en los que por ningún sitio aparecían los anunciados brotes verdes, ha sido un viaje en cuyo final nos encontramos, de sopetón, con tristes tópicos. No es en este caso la tristeza de los trópicos la que, como en la parsimoniosa escritura de Lévi-Strauss, acapara el relato. Sin referencias a exotismos que no lo son tanto, y sin canto alguno a “salvajes civilizados” que nos muestren la otra cara de nosotros mismos, la narración de nuestro recorrido nos trae a un desabrido colofón en el que, por la tozudez de los hechos, confirmamos lugares comunes. Su geografía, o la geopolítica que dibujan, es, en contraste con lo descubierto por la mirada etnológica del antropólogo francés, una civilización salvaje, de poderes indómitos, de relaciones de dominio y de cierto retorno de lo mismo un tanto desesperante.
Entre los tópicos que en este final se nos hacen insoslayables destaca aquel que dice que el poder lo tiene la derecha, mientras que la izquierda gobierna de vez en cuando. Hablamos de poder económico, poder mediático, poder en la trama de las relaciones sociales, poder en lo que llegamos a denominar los “aparatos del Estado”. Y se puede haber gobernando durante muchos años, produciendo transformaciones en el país, sin haber llegado a tocar los núcleos duros del poder desde los cuales, llegada la hora, se prepara la vuelta al “orden natural” de las cosas retomando el poder político. Da que pensar la forma en que la derecha española se plantea gobernar tras las elecciones, para hacer coincidir gobierno y poder “como debe ser”.
Ocupa un lugar relevante otro tópico, que en su caso nos lleva al diseño mismo del proyecto de la UE: la Europa de los mercaderes imponiéndose a la de los ciudadanos. En años pasados despachamos esa fórmula aduciendo que era retórica izquierdista poco menos que antisistema. Y no entramos a fondo en ciertas profundidades de los tratados europeos, allí donde ahora se descubren sus debilidades. Éstas son las que nos han dejado a merced del mercado y sus poderes financieros en un momento en el que hablar de ciudadanía europea parece fuera de lugar.
Volviendo al terruño nos topamos con el tópico de la España que algunos pretenden que sea “la de verdad”, la de Estado centralista y sin veleidades federalistas camufladas tras construcciones autonómicas. Las ideologizadas exigencias de austeridad se vuelven armas contra la descentralización política del Estadio autonómico, suministrando coartadas no sólo para recortes del Estado de bienestar sino también para meter en cintura el supuesto desmadre de la España plural. El tópico se refuerza con las dosis necesarias de fervores de sabor nacional-católico, suministradas por un Papa con historial de teólogo alemán. La versión hispana de las raíces cristianas de Europa cierra el círculo de los tristes tópicos a donde nos ha traído un viaje para el que la izquierda pensaba que ya no había hoja de ruta. Lévi-Strauss, recordando a Rousseau, nos diría que miremos a lo lejos para entender qué pasa en lo que tenemos cerca. Sería, tanto respecto al pasado como respecto al futuro, un buen consejo contra falsas ilusiones.
José Antonio Pérez Tapias
[Publicado en EL SIGLO, nº 941 (3 octubre 2011), p. 39]
[Publicado en EL SIGLO, nº 941 (3 octubre 2011), p. 39]




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