


Otra vez. Ahora es en Euskadi donde no faltan quienes quieren hacer verdadero el dictum nietzscheano: “no hay hechos, sólo interpretaciones”. Así lo confirma la disputa sobre el abandono definitivo de las armas por parte de ETA, que como hecho parece palidecer entre las interpretaciones sobre el mismo. La batalla política –afortunadamente con sólo palabras- tiene sus más elementales escaramuzas en torno a cómo describir lo ocurrido. Lo que desde un lado se presenta como oferta de paz –con cinismo que no tapan manifiestos bienintencionados-, desde otro se considera como declaración –a medias- de su final por parte de una organización terrorista policial y judicialmente acorralada, políticamente derrotada, a la vez que cuestionada por sus aliados de la izquierda abertzale. Éstos llegaron a la conclusión de que ese bárbaro remedo de lucha armada era el gran obstáculo para la imperiosa necesidad de hacer política en las instituciones. Con todo, una y otra vez habrá que volver sobre el hecho mismo del fin de la violencia etarra.
Actores diferentes han protagonizado un hecho cuyo efecto se ha hecho notar en toda España. No obstante protagonismos muy diversos, una noticia tan impactante ha propiciado que destaque a la postre quien ha sido protagonista principal en ese final de la violencia, anónimo a pesar de sus incontables rostros, de los cuales más de ochocientos quedan en el recuerdo como víctimas de un terrorismo demencial. Se trata del pueblo vasco, urdidor, como decía Unamuno, de la intrahistoria que emerge de una historia marcada por lo que él hubiera considerado desnortado casticismo armado. Heredera en parte del conservador casticismo carlista, alimentándose de la irracional contraposición a un peraltado casticismo españolista, ETA se acogió al terror para defender supuestas diferenciaciones nacionales tan excluyentes como mitificadas y propugnar una independencia vasca apoyada en la distorsionada visión de los que creen, como escribía don Miguel, “que la patria es el terruño”.
El escritor bilbaíno, salmantino de adopción, propugnaba en su libro En torno al casticismo que la razón de la nación como patria es el pacto, el “contrato social intrahistórico” de hombres “de carne y hueso”, y no casticismos engañosos. Por ello, cuando el pueblo vasco como sujeto intrahistórico afirma su victoria tras décadas de sufrimiento y digna lucha por su libertad, es el momento también de recoger esta aseveración unamuniana de 1895: “Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos”. En eso estamos desde la Constitución de 1978, que permite a cada cual decir lo que piensa, incluso cuando no se quiere ser español. ¡Ay, el casticismo!
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 27 de octubre de 2011)
(Publicado en el diario Granada Hoy el 27 de octubre de 2011)



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