


Forma parte del paisaje europeo que, en medio de las tormentas desatadas por los mercados, las cumbres de jefes de Estado y de gobierno no dejen de ser –retomando el título de Emily Brontë que tanto pie dio a distintas películas- “cumbres borrascosas”. Reunidos en ellas, los países del euro no logran resolver cómo superar la crisis económica que nos embarga. Paul Krugman lo ponía de relieve en un descarnado artículo en el que subrayaba la perentoria necesidad de que los dirigentes europeos dieran con un plan de rescate verdaderamente creíble para los Estados al borde de la quiebra, que además salve al euro como moneda común; concluía, sin embargo, diciendo que no confiaba en que fuera a materializarse. Descontada tal declaración pesimista, que puede entenderse como aguijón para espolear a los mismos europeos, el escepticismo del Nóbel es el que asoma por doquier. Diríase que, con los matices que conlleva un patriotismo que obliga, las dudas al respecto también las manifiestan los candidatos de los partidos mayoritarios que en España concurren a las próximas elecciones. Por el lado del PP, Rajoy expresaba su temor de que la deuda española quedara “estigmatizada” tras la cumbre del pasado 26 de octubre. Por el del PSOE, Rubalcaba verbalizaba la alternativa entre avanzar con soluciones frente a una crisis que nos destroza o retroceso sin remisión del proyecto europeo.
La agudización de la crisis de la deuda afecta a diversos Estados de la eurozona. Italia lo tiene realmente mal. Hay quien, como Sarkozy, no deja de apuntar a España, por más que nos defendamos como antes lo hacíamos diciendo que no éramos como Grecia. Asoman los riesgos para Francia como país acreedor y para la banca alemana como prestamista. Se acusa el efecto contagio de la mal tratada deuda griega, la cual el mismo Eurogrupo, condicionado por la Alemania de Merkel, ha dejado que se vaya pudriendo por la tardanza en aplicar medidas adecuadas. En días pasados, tras los fracasos de sucesivas cumbres anteriores, en la cumbre previa al Consejo Europeo, se ha hablado de un fondo de rescate por encima del billón de euros, pero de conformación tan rocambolesca que no consigue ahuyentar la idea de que se está de nuevo ante una mayúscula operación de mareo de la perdiz, dicho al modo castizo de este extremo de la baqueteada Europa. Alienta sospechas en ese sentido el mero reparar en el papel que se quiere atribuir al Banco Central Europeo, no previsto en su estatuto legal y para el cual, por tanto, habría que proceder a modificaciones en los Tratados. Es mucho pedir para las urgencias del momento, y ello sin contar los déficits democráticos en cuanto a los procedimientos con los que en la UE suelen resolverse este tipo de cosas. Se impone así la conclusión de que al gigante se le resquebrajan los pies de barro, viéndonos sumidos los europeos entre la melancolía por lo que no se hizo y la angustia por lo que difícilmente se puede hacer.
Es opinión extendida que para salvar al euro, a la vez que se rescatan países del infernal círculo de la deuda, es necesario armonizar fiscalidades, coordinar políticas económicas y resolver la gobernanza de una Unión que no puede dejar a su banco central sin respaldo político que dé firmeza a sus funciones. El sueño de una arquitectura institucional muy compleja, pero que deja sin control ni sostén político a un banco central básicamente dedicado a tener a raya la inflación y actuar sobre los tipos de interés, se ha convertido en pesadilla de la UE. Cuando tan mal sueño no permite ni la puesta en órbita de los eurobonos para afrontar conjuntamente graves situaciones de deuda en determinados países, la pesadilla puede acarrear un despertar traumático.
Nadie quiere, en serio, asistir al fracaso del euro, como tampoco ver en la ruina el proyecto político que hemos alumbrado para Europa. Recogiendo lo que decía Stefan Zweig de los años anteriores a la I Guerra Mundial, ahora, tras reeditada belle époque que ha llegado a su fin, no podemos engañarnos con ninguna variante de optimismo ingenuo. O el toro lo cogemos por los cuernos o lo que venga ya no será un rapto de Europa, sino un precipitarse al vacío sobre cuyas consecuencias no nos atrevemos ni a pensar. Las cumbres borrascosas se nos pueden convertir en “abismos de pasión”, siguiendo la pista de la transmutación que del relato novelístico hizo Buñuel. ¿Alguien garantiza que no aparezcan malas pasiones? Hay mucho en juego en el actual sinvivir de Europa.
José Antonio Pérez Tapias
[Publicado en la revista EL SIGLO, nº 945 (31 de octubre de 2011), p. 39]
[Publicado en la revista EL SIGLO, nº 945 (31 de octubre de 2011), p. 39]




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