


Una vez más volvieron a tomar cuerpo los versos de Celaya: “¡A la calle!, que ya es hora/ de pasearnos a cuerpo/ y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo”. Ejerciendo su libertad de expresión y haciendo de calles y plazas un ágora inmensa, ciudadanos de muy diversa condición acudieron a las manifestaciones del pasado 15 de octubre, reeditando respuestas que vienen dándose por parte de esa marea social conocida como movimiento de los “indignados”. Y si en muchas ciudades de nuestro país tuvieron un eco notable, ya no se ha limitado a un movimiento de “España en marcha”, como diría el poeta vasco, sino que, haciendo lo suyo Internet y las redes sociales, en otras mil de este castigado planeta también elevaron la voz contra la dictadura del capital y por un cambio en el sistema económico, radicalmente en crisis y cuya dinámica nos lleva al desastre. Esos cientos de miles de manifestantes no son mera anécdota, por más que alguno con fatuas pretensiones de gurú de la derecha mundial diga que se trata de un “movimiento marginal antisistema”. Tampoco da en el clavo quien analice todo lo derivado del 15M sólo en términos de rendimientos electorales para unos u otros.
Es verdad que la denominación de “indignados”, que suscitada por Stéphane Hessel sirvió de chispa para que prendiera la protesta, acaba mostrándose insuficiente para seguir llamando así a miles de ciudadanos que, más allá del sentimiento moral, reivindican no sólo una salida justa de la crisis económica, sino también un abordaje decidido de la crisis de una política impotente frente a los poderes económicos. Pero el caso es que, como escribiera Schiller, “no hay nada más indigno del hombre que padecer el dominio”, y ese es el fondo de la cuestión. A los “indignados” no les mueve sólo la realidad o el temor de verse cada cual entre los náufragos arrojados a las negras aguas de la crisis –especialmente por el paro que a muchos alcanza inmisericorde-, sino además la humillación que a todos inflige como ciudadanos un capitalismo financiero que desde la prepotencia refuerza la injusticia.
De un movimiento así puede decirse, como ha indicado Zygmunt Bauman, que tiene sobrecarga de emociones y déficit de propuestas. Pero quienes lo menosprecian –quizá mientras no haya huelgas generales- bien harían en preguntarse por el límite de lo que puede aguantar una ciudadanía harta de recortes injustos y con dificultades para reconocerse en sus representantes políticos. Cuando hace años se preguntaba sobre eso el economista y filósofo Franz Hinkelammert ya advertía sobre la conflictividad que se incuba en un sistema que, desatendiendo la solidaridad, parece encaminarse hacia una suerte de suicidio colectivo. Queda la posibilidad de poner a trabajar en positivo lo nuevo que late en quienes se aproximan al límite.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 20 de octubre de 2011)
(Publicado en el diario Granada Hoy el 20 de octubre de 2011)



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