viernes, 29 de octubre de 2010

Pérez-Reverte o el autor que malamente emula a su personaje



Si quería cubrirse de gloria, se ha hundido en la ramplonería más soez. Bajo el pretexto de combatir lo políticamente correcto y de criticar una política exterior que le parece claudicante, mas dejando ver su fobia contra todo político que se mueva por el mapa, Arturo Pérez-Reverte se dejó ir tras su disparatado verbo al decir que el ministro Moratinos se despedía de su cargo "gimoteando" y como "un perfecto mierda". Sin duda, es mierda lo que rebota sobre el afamado autor de la serie de Alatriste o de obras tan arrebatadoras como El maestro de esgrima o La piel del tambor. Lo siento.
El caso es que nuestro escritor bocazas insiste, al parecer, en sus calificativos, es decir, en sus descalificaciones. Puede que algún otro escritor descubra al cabo del tiempo otros perfiles de la persona y el personaje de Miguel Ángel Moratinos que a Pérez Reverte se le han escapado -cegado para ellos por su voluntad de insolencia-, pero que otros muchos hemos podido apreciar. Y así ha sido dentro y fuera de España, desde Latinoamérica hasta Kazajastán, o desde Viena hasta Jerusalén, como personalmente he podido comprobar. Por algo el ya ex-ministro es Doctor Honoris Causa tanto por la Universidad Ben-Gurion del Neguev (Israel) como por la Universidad Al-Quds de Jerusalén Este (Palestina).
Honran las lágrimas que dignamente fluyen por la emoción que a un hombre cabal le arrebata. Fue el caso de Moratinos cuando en el Congreso de los Diputados escuchaba las palabras de despedida y afecto que desde la tribuna le dirigían distintos portavoces de los grupos parlamentarios. Es una ofensa intolerable decir que lloraba por cesar en un cargo ministerial, cuando además él nunca lo consideró un privilegio.
Todo parece indicar que Pérez Reverte, atrapado por el código de honor de su más conocido personaje, quiere emular al Capitán Alatriste echándole a la vida "más huevos" que ese buscavidas a través del cual su inventor ha querido retratar el decadente Siglo de Oro español. Habrá que recordarle al insigne académico, españolista de pro, que no estamos en momentos de resolver cosas "por cojones", y menos en política, y aún menos en política internacional. Bastantes tragedias traen consigo las pautas culturales de machos recalcitrantes, aunque algunos, al ponerlas en práctica, no pasen de la farsa. Queda esperar que el mismo Pérez Reverte, que también recuerda que Aquiles, en la Ilíada, lloró -y ahora, desde Lula hasta Obama, por quedarnos en el ámbito político-, cuando algún día, él, hombre duro donde los haya, no pueda reprimir en público sus lágrimas, no se tope con alguien que le espete a la cara que es un perfecto mierda. (Hay diferentes tallas: física, moral, política, literaria...)

jueves, 28 de octubre de 2010

Viento, pueblo y poeta








¿Adónde empujan los vientos del pueblo? Esta es la pregunta a la que hoy, en el centenario de su nacimiento –30 de octubre de 1910-, da pie el poeta que cantaba cómo le llevaban esos vientos en medio de la tempestuosa Guerra Civil. Su interpelación atraviesa el enrarecido aire de nuestra época. La crisis económica ha desencadenado ajustes injustos y recortes trazados según moldes de esos señores del mundo que, como cantaba Víctor Jara homenajeando al poeta de Orihuela, se apalancan como “patrones de la miseria” de tanto acaparar toda riqueza para sí. Ése es el huracán que azota a sociedades desguarnecidas en las que el pueblo, descoyuntado su poder como demos capaz de organizarse, está inerme viendo amainar el viento que habría de poner a la ciudadanía al frente de su destino.

Salvando distancias entre ese tiempo en que Miguel Hernández, con sus poemas entre trincheras, defendía a la república española del ataque de un fascismo despiadado, y este otro de una democracia acosada por insaciables poderes económicos, son pertinentes aquellos versos que en su Viento del pueblo advertían: “yugos os quieren poner/gentes de la hierba mala,/ yugos que habéis de dejar/ rotos sobre sus espaldas”. El poeta del pueblo que afirmaba no serlo de uno de bueyes, de ésos que “doblan la frente”, invitaba a la rebelión a quienes, nacidos para “carne de yugo”, habían de ganar la libertad. Ahora también de rebelión se trata, de rebelión democrática, haciendo valer “las laboriosas manos de los trabajadores” contra esas otras “ejecutoras pálidas de los negros deseos/ que la avaricia empuña”. Ésas son las que también manipulan el capitalismo financiero que nos ha traído a donde estamos, ante el cual nuestro vate podría reiterar las palabras a sus amigos poetas: “veré si hablamos luego con la verdad del agua,/ que aclara el habla de los que han mentido”.

Avaricia, mentira, injusticia: contra ellas es la batalla en una guerra en la que pueden ganar quienes con nuevos yugos pretenden someter a los que dignamente quieren vivir de su trabajo. Y frente a ellas, al igual que el poeta que en medio de la contienda pudo escribir El hombre acecha apelando a la poesía como “arma de guerra”, ahora nosotros podemos convocar a la poesía como arma de resistencia. Estamos llamados a la resistencia transformadora que hay que desplegar desde organizaciones sociales hasta el mismísimo gobierno para hacer frente a la dinámica de un sistema que funciona por el beneficio económico, pero en contra del hombre. “¡Dejadme la esperanza!” era, antes de morir, grito testamentario del poeta encarcelado, el cual, en este momento de recuerdo, hacemos nuestro para esa resistencia que es tarea de quien, como él, pueda decir “libre soy”.

José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 28 de octubre de 2010)

lunes, 25 de octubre de 2010

A veces no es antisemitismo












Desgraciadamente, sigue habiendo antisemitismo, ese “rumor sobre los judíos”, como decía Adorno, de terribles consecuencias cuando los prejuicios se plasman en hechos. Pero no hay que confundir con antisemitismo las críticas respecto a la política del Estado de Israel. Eso, más que un error, es una manera de querer neutralizar esas críticas mediante la descalificación que implica ubicarlas bajo dicho rótulo.

Un caso de esas características nos vino dado hace poco por la difusión de una encuesta llevada a cabo en nuestro país por la Casa Sefarad Israel de Madrid. Sus resultados se interpretaban como prueba de creciente xenofobia hacia los judíos. Sin embargo, hasta patrocinadores y allegados constataron la confusión arrastrada por el análisis. Jacobo Israel, presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, y Diego de Ojeda, director de la Casa Sefarad, reconocían que opiniones de rechazo hacia los judíos –que el mencionado estudio recoge en un 35% de la población- están vinculadas en gran parte a la recusación de las actuaciones de Israel contra los palestinos, no yendo contra los judíos como colectividad étnica o religiosa.

La cuestión es que un proceder tan poco riguroso viene de atrás. No vamos a retrotraernos, por ejemplo, hasta las críticas a Marx tachándole de antisemita por La cuestión judía, donde postulaba que no habría verdadera emancipación de los judíos sin entroncar con una emancipación según criterios universalistas y no bajo la limitada tolerancia hacia una minoría. Tenemos referencias más cercanas: Hannah Arendt, a pesar de mantenerse fiel a su identidad judía, fue criticada como antisemita por su libro Eichmann en Jerusalén, al defender una interpretación de la conducta del criminal nazi juzgado en 1962 distinta de la que se propugnaba desde instancias oficiales de Israel. Antes, allá por 1948, en los albores del Estado de Israel, fueran descalificadas como contrarias al mismo declaraciones de judíos como Albert Einstein y Leo Baeck, que señalaban que era su deber declarar categóricamente que no exculpaban “los métodos de terrorismo y nacionalismo fanático” que promotores del Estado sionista habían aplicado para lograr su instauración. ¿Serían también antisemitas pensadores judíos como Erich Fromm o Martin Buber, que apoyaron dicha declaración? En la actualidad, personalidades como Daniel Barenboim, o escritores como Amos Oz y David Grossman, ciudadanos de Israel, se manifiestan críticamente en relación a las políticas de su Estado. ¿Son antisemitas? Evidentemente, no. Como no lo es el historiador israelí Ilan Pappé, que ha denunciado la “limpieza étnica” que Israel viene aplicando sobre territorio palestino. Tampoco es antisemita la profesora judía Idith Zertal, autora de La nación y la muerte. La Shoá en el discurso y la política de Israel, donde aporta claves para entender la desmesura que acompaña a la política israelí, especialmente respecto a los palestinos. Y no es antisemita Shlomo Sand, profesor de Tel Aviv, que en su libro La invención del pueblo judío critica una concepción étnica del Estado –“Estado judío”- por incompatible con principios democráticos.

No se trata, pues, de antisemitismo cuando se critican injustificables actuaciones de la política israelí. Un sionismo desquiciado es lo que provoca la crítica de la ciudadanía más consciente de Israel y la condena desde la comunidad internacional. Decir esto no es antisemita; es situarse en la estela del universalismo ético de la mejor tradición judía y abogar por el rescate del Estado de Israel respecto de la barbarie en la que incurre. En esa onda está Meir Margalit, concejal de Jerusalén que lucha contra las demoliciones de casas de palestinos decretadas por su gobierno; o Yehuda Shaul, excomandante israelí que preside la asociación Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), dedicada a exponer ante sus conciudadanos las injustificables actuaciones de su ejército en los territorios ocupados. El heroísmo democrático de estas personas, como el de los activistas judíos que a bordo de un catamarán también han tratado de romper el bloqueo de Gaza, son semilla de esperanza para la sociedad israelí y para la posibilidad de convivencia con los palestinos. Esas actuaciones, y no las de un Lieberman que desde el ministerio de Exteriores de Israel boicotea todo diálogo en busca de paz, iluminan la verdadera lucha contra el antisemitismo: la que hace frente a la xenofobia hacia los judíos sin ser complacientes ante los excesos del sionismo.
José Antonio Pérez Tapias
[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 899 (25 de octubre de 2010)]

domingo, 24 de octubre de 2010

Consenso y prudencia en la reforma de las pensiones




En esos términos se expresó Zapatero, en el Comité Federal del PSOE que celebramos ayer, 23 de octubre, en relación a la reforma de las pensiones, tema muy sensible que efectivamente requiere sosiego y tacto al abordarse, sin sucumbir a presiones interesadas y sin precipitaciones no justificadas por los hechos. Tales criterios de consenso y prudencia, más la insistencia en mantener firme el Pacto de Toledo, concuerdan por lo demás con lo que significa en cuanto a voluntad de diálogo social el nombramiento de Valeriano Gómez como Ministro de Trabajo.


Este punto del Comité Federal sobre el que algunos insistimos con especial énfasis lo han recogido los medios de comunicación prensa como en el siguientre enlace puede verse:



En el intenso debate que siguió a la intervención del Secretario General, en el que éste anunció una "nueva agenda social" como nueva línea de actuación que se añade a una acción de gobierno centrada en austeridad, reformas y cohesión social, se tocaron muchos puntos de importancia: pacto en torno a los presupuestos, remodelación del gobierno, nuevos nombramientos en los órganos del partido, elecciones municipales y autonómicas, proyectos de ley pendientes (como el de Libertad religiosa), para abordar también el populismo y la xenofobia del PP, además de la crítica a los impresentables comentarios machistas del alcalde popular de Valladolid.


Todo ello en un clima de valoración positiva de la situación generada con la remodelación del gobierno llevada a cabo por el Presidente, recuperando a todas luces la iniciativa política, y por el pacto alcanzado con PNV y CC, con lo que supone de estabilidad parlamentaria. No faltaron reflexiones que algunos hicimos sobre el significado de la huelga general del 29 S y la interpelación que ella supuso para recobrar el diálogo social.

Crónicas de todo ello las encontramos hoy en la prensa con muy diferentes acentos. Por ejemplo,

jueves, 21 de octubre de 2010

Eco siciliano








Cuál no sería mi asombro al toparme, nada más llegar de la Asamblea Parlamentaria de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa celebrada hace unos días en Palermo, con un titular que proclamaba que el PP hablará en su programa de regeneración democrática. Parecía –pensé- que toda su plana mayor, y no sólo sus dignos representantes en la delegación española a dicha reunión de la OSCE, habían estado en la capital de Sicilia y se hacían eco de sus conclusiones. La verdad es que me sorprendí de verme arrebatado por tal fantasía política en torno al partido de las derechas españolas. Mi descontrolada imaginación se nutría del motivo que este otoño nos había congregado a parlamentarios de los Estados que van desde los EEUU hasta Rusia y los centroasiáticos de la antigua URSS, pasando por todos los europeos: debatir sobre la corrupción política, además de abordar el crimen internacional organizado. Las dos cuestiones –como documenta Francesco Forgione en su obra Mafia export- inciden negativamente en la seguridad y cooperación internacionales.

Convocar la citada asamblea donde se libra tenaz batalla contra la Mafia tenía un marcado carácter simbólico. Hubo lugar para el recuerdo de héroes democráticos a quienes esa lucha ha costado la vida. También algunos nos encargamos de homenajear a figuras que actualmente, desde la sociedad civil, se enfrentan al crimen organizado hasta el punto de tener que andar escoltados o fuera de su país. Es clamoroso en Italia el caso de Roberto Saviano, autor de Gomorra, libro que ha multiplicado el efecto de su denuncia al ser llevado al cine. ¿Dará lugar lo que ocurre en nuestro país a futuros guiones sobre corrupción y espionaje?

Me hice esa pregunta a la vez que mi fantasía bajaba a la realidad tras las cuestiones planteadas en nuestra cita siciliana: necesidad de libertad de expresión y medios de comunicación independientes, erradicación de los paraísos fiscales –siempre prestos para el dinero negro-, obturación de las vías por donde circulan corruptos y corruptores –desde el urbanismo hasta la especulación financiera, desde las licencias administrativas hasta las privatizaciones- y por donde la corrupción se “socializa” como cáncer de la democracia. No faltó insistir en la imprescindible transparencia en la financiación de los partidos.

¡Qué bueno preocuparse por la regeneración democrática! ¡Pero qué mejor ocuparse de ella sin cinismo! ¿Qué piensa hacer el PP en relación con la Generalitat valenciana, la diputación de Castellón, la Comunidad de Madrid y las crecientes dudas sobre sus finanzas? La ciudadanía espera respuesta. Mientras tanto diremos, parafraseando a Goethe, que los dirigentes populares son como un eco siciliano, pero sin voz creíble.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 21 de octubre de 2010)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Nuevo Ministro de Trabajo: ¿Esperanza para el diálogo social?





Valeriano Gómez, que ya fue Secretario de Empleo con Jesús Caldera como Ministro de Trabajo, será quien ocupe esa cartera tras la remodelación del gobierno llevada a cabo en el día de hoy por el Presidente Zapatero. Es momento de recordar que también ha sido miembro del Consejo Económico y Social del Estado en representación de UGT.

La trayectoria y sensibilidad del nuevo Ministro dan pie para pensar en que se recuperan las posibilidades del diálogo social tras la huelga general del pasado 29 de sepriembre. A quien es persona capacitada para reconstruir puentes de entendimiento la pudimos ver en la manifestación con la que en Madrid culminó la citada huelga general. ¡Toda una señal! Igualmente es una señal que Zapatero lo llame ahora para su gobierno ante la etapa difícil y decisiva que queda por delante.

Es importante conocer lo que piensa el ahora nuevo Ministro. Para ello podemos asomarnos al artículo que acontinuación se transcribe, publicado en la revista Temas para el debate de la Fundación Sistema:

LA HUELGA GENERAL DE SEPTIEMBRE DE 2010. TAREAS PENDIENTES.


Valeriano Gómez
Economista
Instituto Universitario Ortega y Gasset


El 29 de Septiembre de 2010 se ha llevado a cabo la sexta Huelga General convocada por las principales organizaciones sindicales desde que en 1977 se restableciera en España un marco democrático de relaciones laborales con plena libertad de acción sindical. Una vez más –como ocurrió en 1988, 1992, 1994 y 2002- la convocatoria de Huelga General se produce como respuesta a reformas de carácter laboral previstas o abordadas por el Gobierno en un contexto de enfrentamiento o ausencia de acuerdo con las organizaciones sindicales.

Hace tres meses y medio, el 10 de Junio del presente año, Gobierno e interlocutores sociales dieron por concluida la negociación sobre el mercado de trabajo sin haber alcanzado ningún tipo de acuerdo, tras un proceso que repetía uno de carácter similar finalizado, también sin consenso alguno, un año antes en Julio de 2009.

Dadas las circunstancias que rodeaban la fase final del diálogo social durante 2010, en una situación especialmente difícil para las economías europeas -la española entre ellas- intensamente afectadas por la crisis en su equilibrio fiscal y con evidentes amenazas sobre las condiciones, y la propia continuidad, de la financiación de la deuda pública y privada en los mercados financieros, el Gobierno había advertido, a lo largo de los primeros meses de 2010, que no renunciaba a adoptar medidas de reforma en caso de finalizar sin resultados el proceso de diálogo. Sin embargo, en esta ocasión, no se trataba tanto de una cuestión vinculada a los contenidos de las reformas defendidas por el Gobierno durante la negociación, sino de un cambio en la propia forma de entender el papel del Gobierno en el diálogo social respecto de la concepción que había sostenido desde 2004.

Durante la legislatura 2004-2008, en un contexto de extraordinario dinamismo económico, fue posible restablecer un clima razonable de entendimiento y consenso social al tiempo que se consolidaba una larga etapa de acuerdos en la orientación de la negociación colectiva que impidió la aparición de tensiones salariales importantes pese a que la economía registraba ya significativas restricciones en la oferta de trabajo que propiciaron, como es sabido, la apelación masiva al flujo de mano de obra procedente del exterior. Desde la perspectiva de sus frutos, sin que sea útil producir comparaciones con otros periodos históricos especialmente relevantes, aquella etapa de diálogo ofreció un balance muy significativo y ayudó a restablecer la consideración y el crédito de esta forma de concebir el gobierno de las relaciones laborales.

A diferencia de lo ocurrido en la fase de diálogo que ahora se rompe, el Gobierno anunció su intención de no abordar reformas en las materias esenciales de la agenda social (como las reformas en el mercado de trabajo o en el sistema de pensiones) cuando no obtuvieran el respaldo de los interlocutores sociales. Aun así, es muy importante subrayar que esto no constituyó un obstáculo insalvable para la fluidez del proceso de diálogo. Una vez fijado el temario y el método de negociación, la iniciativa correspondía al Gobierno, pero ni empresarios ni organizaciones sindicales cayeron en la tentación de convertir la renuncia del Gobierno a abordar reformas sin consenso social en una suerte de derecho de veto sobre el desarrollo y los resultados del diálogo.

Por supuesto, en una situación como la registrada por la economía española, al menos desde comienzos de 2009 en que se destruyeron alrededor de 800.000 empleos en un solo trimestre, la capacidad de respuesta a la situación constituía una prueba esencial para medir la solidez del diálogo social. Pero la insuficiencia de resultados no ayuda a explicar el contenido de las reformas. En ausencia de acuerdos –una responsabilidad que también concierne a los interlocutores sociales- el papel del Gobierno no debe permanecer fuera del terreno de las propuestas que defendió durante la negociación. La idea general que subyace a este planteamiento es la que se corresponde con un Gobierno que debe mantener una estrategia de política laboral -sobre la que siempre ha insistido en su preferencia para su desarrollo en un marco de diálogo- que no se ve alterada por la imposibilidad de lograr el suficiente consenso para alcanzar un acuerdo. El Gobierno trataría de impulsar los acuerdos sociales, facilitaría el acercamiento entre los interlocutores en la medida de sus posibilidades pero, hay que subrayarlo, no debe tener una política para el diálogo social sustancialmente distinta que aquella que se propone desarrollar en ausencia de acuerdo social.

Obviamente, el mejor acuerdo es siempre el que se firma. Pero la perspectiva abierta en la fase final de la negociación parecía abrir un ámbito para la reforma situado dentro de ese espacio de equilibrio que podría haberse razonablemente configurado en el marco del diálogo social. Esa visión era además consistente con la ejecutoria de un Gobierno que había protagonizado una etapa de diálogo social especialmente intensa en el pasado inmediato: gobernar en el terreno conformado alrededor de la idea de equilibrio desde el convencimiento de que no merece la pena destruir el clima de diálogo que se reconstruyó con tanto esfuerzo a partir de 2004 tras el paréntesis abierto en 2002 durante la segunda legislatura de gobierno del PP.

Sin entrar a analizar, dada la naturaleza de este artículo, los contenidos de la reforma laboral de 2010, es esta idea de equilibrio la que resulta rotundamente cuestionada por las organizaciones sindicales con la Huelga General celebrada el 29 de Septiembre.

En mi opinión, el modelo de reforma que se aborda finalmente en 2010 pretende dar una respuesta efectiva a los principales defectos de la reforma de 2002 (una reforma que produjo una gran conmoción en la configuración del despido alterando drásticamente la forma en la que las empresas abordarían a partir de entonces el despido y multiplicando su volumen, buena parte de ellos serían de carácter formalmente disciplinario, como nunca con anterioridad se había producido en España en pleno auge económico). Para ello pretende orientarse en una dirección similar a la perspectiva característica de la política laboral aplicada en España desde 1994: el acercamiento de costes efectivos entre el contrato temporal y el indefinido y el retorno al principio de causalidad como principales instrumentos de lucha contra la segmentación y la dualidad del mercado de trabajo español. Ahora bien, cuando se analiza el instrumental utilizado en el ámbito de la contratación temporal no parece existir un adecuado grado de compensación entre el impulso a la flexibilidad abordado en el ámbito de la regulación del contrato indefinido y los cambios –más bien tímidos- incluidos en la regulación de la contratación temporal, unos cambios –conviene insistir en ello- que solo afectan al flujo de nuevos contratos dejando intacto el amplísimo stock de contratos temporales.

Junto a ello, la reforma contiene también modificaciones trascendentes vinculadas a la flexibilidad interna –con nuevos procedimientos mucho más flexibles para la modificación de condiciones de trabajo y la adaptación de los salarios a través del funcionamiento de las cláusulas de descuelgue salarial-; al estímulo a la adaptación de las empresas a las crisis a través del ajuste en la horas de trabajo, y no en el volumen de empleo, con apoyo del sistema de protección del desempleo (el denominado modelo alemán); y un importante programa de activación para el empleo de los jóvenes y los parados de larga duración. Algunas de ellas, como el descuelgue salarial y los procedimientos arbitrales de modificación de las condiciones de trabajo han merecido el rechazo de las organizaciones sindicales (y el desprecio por insuficientes de las organizaciones empresariales). Además, la contestación sindical incluye también el nuevo diseño de causas para los procedimientos individuales y colectivos de despido objetivo que deberán ser interpretadas y modeladas en el futuro por los órganos jurisdiccionales en su tarea de control judicial.

Me encuentro entre los que creen que el diálogo social en un marco de relaciones laborales moderno y avanzado debe responder a la orientación impulsada en cada momento por el Gobierno democráticamente elegido. Pero el Gobierno debe preservar el equilibrio social. El equilibrio en las relaciones industriales no es un instrumento sino el objetivo esencial de la política laboral. Una política que, seguramente como ninguna otra, necesita para su desarrollo de un amplio grado de entendimiento entre los interlocutores sociales y entre estos y el Gobierno. En mi opinión existen materias, como las anteriormente enunciadas, sobre las que hacer girar el entendimiento y la negociación social en la actual coyuntura de una forma más amplia que la derivada de abordar exclusivamente el desarrollo reglamentario de la reforma de 2010 (aunque los desarrollos previstos y las normas pendientes no son despreciables y algunas como el fondo austríaco tienen rango de ley).
Tras las reformas impulsadas en 1988, 1994 y 2002, los interlocutores sociales y los respectivos Gobiernos abordaron el restablecimiento del clima de diálogo y entendimiento social apelando a una enorme diversidad de instrumentos. En ocasiones de forma pausada y sin excesivas concesiones al escrutinio público, como sucedió tras la Huelga General de Diciembre de 1988, a través de una peculiar y amplia negociación que transcurrió a lo largo de año y medio, y en otras mediante un rápido y ágil acuerdo entre organizaciones sindicales y el Gobierno, en la forma en que se desarrolló en 2002. Es cierto que en esta ocasión las circunstancias son difíciles y distintas. Pero esto no es algo novedoso. Siempre fue así en el pasado.

4 de Octubre de 2010
Revista TEMAS para el Debate (Fundación Sistema)

Un análisis como el que en este texto nos ofrece Valeriano Gómez da pie para una respuesta positiva a la pregunta inicial: Sí, quiero pensar que su nombramiento refuerza la esperanza en cuanto a la recuperación del diálogo entre el gobierno y los sindicatos. Lo necesita el país, lo reclaman los trabajadores y sus organizaciones sindicales y es lo que conviene al gobierno.

Y aprovechamos el momento para desear lo mejor a Celestino Corbacho y a los demás ministros y ministras salientes tras el cambio de gobierno que su presidente ha llevado a cabo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Socialdemocracia genuflexa



Si no lo remediamos –y hay que hacerlo-, quizá alguien en el futuro, homenajeando de camino al Nobel cuya Conversación en la catedral arranca con el interrogante sobre en qué momento se jodió el Perú, se pregunte en qué momento se jodió la socialdemocracia. A veces el oleaje de la historia arroja a sus playas restos de naufragios. ¿Estarán entre éstos los de una socialdemocracia desarbolada por la crisis que se expandió desde los vórtices del sistema financiero en esta década del siglo XXI?

Pretendiendo un Estado de bienestar en el que se consoliden derechos sociales para sumarlos a los civiles y políticos, la socialdemocracia ha dado notables frutos, sobre todo en Europa. En muchos de sus países se ha conseguido educación, sanidad y seguridad social para toda la ciudadanía. Una más justa redistribución de cargas y beneficios, buscando una economía social de mercado mediante estrategias de pacto social, es esencial a la política socialdemócrata.

Esa política tuvo que afrontar la crisis del petróleo de los setenta del pasado siglo y la disminución, tras ella, de la tasa de beneficio, lo cual alentó la ideología neoliberal contraria a la intervención del Estado en la economía y defensora del mercado como solución total. Con la caída de los regímenes comunistas y el desarrollo de las nuevas tecnologías surge el mercado global de un nuevo capitalismo, que se impone hasta que la economía mundial queda atrapada por la crisis de su insostenible burbuja financiera. Las actuaciones de los gobiernos para rescatar la banca y estimular la economía han parecido anunciar un renacer socialdemócrata. El retorno ha durado lo poco que los mercados han necesitado para volver a situar los Estados en posición subalterna.

En España, la crisis nos ha pillado por el cuello con serio peligro de asfixia. La ilusión se ha esfumado con un ajuste bajo la férula del neoliberalismo dominante en la UE. El presidente Zapatero reconoce la contradicción en que se ven él y su gobierno, aplicando medidas contrarias a sus principios. La verdad es que con tal reconocimiento no cuadra su defensa de que se está haciendo política progresista al aplicar ajustes y hacer duras reformas. Decir que ello, tal como se está llevando a cabo, es de “sentido común”, tiene más que ver con la justificación que incuba la mala conciencia que con la apreciación que militantes socialistas, trabajadores y muchos ciudadanos puedan compartir. Se imponen dudas acerca de una socialdemocracia que se arrodilla ante los poderes económicos. Éste es el fondo de lo que algunos barruntan como amenazante catástrofe electoral. Si es importante quién encabece una candidatura, más lo es salir de la postración en que se halla una socialdemocracia genuflexa.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 14 de Octubre de 2010)

jueves, 7 de octubre de 2010

¿Aprenden los partidos?



No mucho o, en cualquier caso, parece que tardan. Pero cabe una pregunta previa: ¿necesitan aprender los partidos políticos? Las organizaciones también están sujetas a procesos de aprendizaje, los cuales no sólo dependen de las actitudes y aptitudes de sus miembros. Pesan los factores estructurales. Cualquier nosotros es más que la mera suma de individuos, cada uno con su yo. Hay colectivos humanos que, sin perder su razón de ser, renuevan sus estructuras, ofrecen nuevas respuestas e incluso son capaces de consolidar una tradición al no anquilosarse aferrados a un pasado convertido en mito. Cuando todo ello se da tenemos “organizaciones inteligentes”. ¿Son “inteligentes” los partidos políticos?

El modo de organización de partidos que conocemos nace en el siglo XIX y adopta diversas formas a lo largo del XX (partido de masas, de cuadros, de clase, interclasista, revolucionario, reformista, etc.), con un denominador común: verticalismo y excesiva centralización de las decisiones. Los avances democráticos y una conciencia ciudadana más madura han contribuido a que se perciba como obsoleta una organización así. Por ello, en la crítica actual a los partidos entran más ingredientes que los que traía a colación Robert Michels cuando denunciaba su oligarquización. Aparte otros motivos, es causa de desafección política la falta de democracia interna en partidos que han de ser cauces de participación democrática. Toda innovación para superar ese déficit es “inteligente”.

Hemos podido constatar todo eso en las recientes elecciones primarias que el PSOE ha celebrado para elegir algunos candidatos a alcaldías y presidencias de comunidades autónomas. El caso más relevante ha sido el de Madrid, donde Tomás Gómez, secretario de los socialistas madrileños, ha ganado frente a la ministra Trinidad Jiménez. Mucho se puede aprender y mucho hay que mejorar. Habría que adaptar mejor procedimientos importados de un sistema presidencialista como el estadounidense a otro que no lo es. Es necesario codificar buenas prácticas para erradicar injustificables presiones sobre los militantes o la no neutralidad del aparato. No estaría mal repensar cosas como los avales necesarios, los plazos de campaña o los medios para debates. Y todo ello, sin desconocer los móviles en torno al poder que se dan en política, pero sí cultivando la lealtad al proyecto que la común militancia supone. La declaración del presidente Zapatero, reconociendo que no tenía razón cuando apostó como lo hizo por la candidata perdedora, no se debe pasar por alto. Aprender a no tener razón en el continuo aprendizaje colectivo de la democracia es estar en el camino de ofrecer a la sociedad el partido socialista que muchos buscan por la izquierda.
José Antonio Pérez Tapias
(Publicado en el diario Granada Hoy el 7 de octubre de 2010)