miércoles, 2 de junio de 2010

Conminados al ajuste (Moloch nos hizo morder el polvo)







La teníamos sentenciada desde que en el Financial Times nos llamaron “cerdos” ubicándonos bajo el acrónimo PIGS –iniciales en inglés de Portugal, Irlanda o Italia, según conviniera, Grecia y España-. El empeño por señalar distancias entre la situación española y el caso griego no ha servido para mitigar la disciplina que se nos ha aplicado desde los organismos de la UE y el FMI. El meollo del asunto ha radicado en la deuda que soportamos, efectivamente alta, y no ya sólo por el déficit público, sino por la deuda privada que hemos acumulado. El paro en torno al 20 por ciento y el nivel de economía sumergida son también factores de nuestra vulnerabilidad.

Todo ello, sin embargo, no es causa suficiente para explicar por qué nos ha visitado, con la virulencia con que lo ha hecho, el fantasma hecho realidad de un despiadado ajuste de las economías de la “eurozona”. Nuestro déficit público está en la media de los Estados europeos y, en cualquier caso, sorprende que el dogma del 3 por ciento del PIB como listón de deuda aceptable sea indiscutible principio de estabilización al que todo se sacrifica, incluido el crecimiento. Los ataques especulativos a la moneda común, poniendo en peligro el futuro de la UE, y que han obligado a establecer el fondo de 750.000 millones de euros para acudir en socorro de Estados en riesgo, son muestra de que el ajuste que recae sobre trabajadores, pensionistas y población en general tiene que ver con grandes movimientos del capital financiero, tratando de asegurarse el control del mercado global en que opera la especulación capitalista.

Cuando ya se ha decretado el recorte salarial a los funcionarios, la congelación de pensiones, la menor cuantía para la dependencia y la disminución en 6000 millones de euros en obra pública, entre otras medidas para estos dos años, cabe decir que todo ello se ha tenido que decidir por un gobierno que, al parecer, no tenía otra salida para mantener a flote la economía. Por mucho que se adorne, suena a una especie de extorsión: “o ajuste o caos”. No hay otra explicación para el hecho de que el Presidente del Gobierno haya asumido un ajuste que supone un giro sobre la política realizada hasta ahora, basada en criterios keynesianos de inversión pública y en políticas para la cohesión social en tiempos de crisis. Por más que se mantengan líneas tendentes a salvar educación, sanidad, pensiones y prestaciones por desempleo, las cuales reclamarán atender a los ingresos fiscales y no sólo al recorte del gasto, el punto de inflexión ha sido de una dureza extraordinaria. ¿Era del todo necesario tal como se ha planteado? Se lo pregunta la ciudadanía y lo cuestionan los sindicatos. La respuesta depende de las premisas para interpretar los hechos.

El ajuste es necesario según criterios neoliberales que de nuevo se nos imponen desde mercados impacientes por verse “tranquilizados” para asegurar beneficios. El neoliberalismo, que pareció en retirada ante una crisis que empezó como crisis financiera provocada por su fundamentalismo del mercado, vuelve ahora castigando a los Estados por la deuda que se han echado encima al salvar a entidades financieras y al dinamizar la economía con medidas anticíclicas. Parece que Friedman vuelve a ganar la partida a Keynes, dada la impotencia de los Estados nacionales en el mercado global. ¿Qué queda de la práctica y el discurso socialdemócratas, para los que imaginamos una etapa de auge? ¿Cómo hablar de lo que vamos a hacer, e incluso de lo que hemos hecho, en lo que contenga de realizaciones consistentes? Difícil lo tenemos. Empecemos por el imperativo ético de una austeridad justa en cuanto a cargas para soportar el peso de la crisis.

La situación que afrontamos no es problema sólo de un gobierno, ni siquiera de países uno a uno considerados. Su raíz es que el dinero, constituido en capital, se vuelve soberano, como decía Marx. A éste no le hubiera extrañado el empequeñecimiento de Leviatán que los actuales Estados hacen evidente; la divinización del capital ya la presentó como un gran Moloch –cruenta divinidad a la que no saciaban los sacrificios humanos- que reclama para sí el mundo entero. Como escribió en El Capital, con cita expresa del Apocalipsis neotestamentario, es la Bestia que en aras de las mayores ganancias hace morder el polvo a aquellos que se le oponen. Al socialismo democrático le queda un difícil futuro de resistencias. Por ahí habría que seguir también en la acción de gobierno.
José Antonio Pérez Tapias
Diputado del Grupo Parlamentario Socialista del Congreso
[Artículo publicado en EL SIGLO, nº 883 (31 de mayo de 2010), p. 39]