lunes, 29 de junio de 2009

Por la inmediata recuperación de la democracia en Honduras


Esta es la foto que no le han perdonado. Aparecer en una reunión del ALBA junto con Chávez, Evo Morales, Correa..., era algo que la oligarquía hondureña no iba a perdonar a Zelaya, pues no lo catapultaron como candidato a la presidencia de la república centroamericana para eso. De ahí que su propio partido se haya puesto en contra del legítimo presidente democrático de Honduras, en vez de apoyarlo frente a los militares que han protagonizado el golpe de Estado que lo ha depuesto mediante asalto al palacio presidencial, secuestro del presidente y expulsión del mismo al extranjero.
Como señala Miguel A. Bastenier en las páginas de El País, el Ejército hondureño, arrastrando aún las querencias golpistas que le inocularon a su oficialidad en la tristemente famosa Escuela de las Américas, ubicada por décadas en Panamá y regentada por los EEUU, no ha sabido resistir a una asonada militar que, siendo siempre injustificable, está ahora además totalmente fuera de tiempo y lugar en una América Latina que consolida sus democracias y que ahora linda al norte con un presidente estadounidense que no suscribe objetivos, estrategias y métodos de sus antecesores.
La democracia debe volver cuanto antes a Honduras. No sólo el Ejército ha de volver a sus cuarteles, sino que también el Tribunal Supremo y la presidencia del Congreso hondureños han de rectificar sus actuaciones contrarias al orden constitucional.
La comunidad internacional, representada por la ONU , la OEA y la UE se han manifestado claramente contra el golpe militar y a favor del rápido retorno a la democracia en Honduras. En España, la voz del presidente Zapatero ha sonado clara y rotunda en ese sentido, como igualmente se han manifestado unánimemente contra el golpe y por el retorno a la normalidad democrática la Mesa y los portavoces de la Comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados. Desde el PSOE, Elena Valenciano también ha dicho lo que había de decir contra esa quiebra injustificable del orden democrático y sobre el necesario retorno inmediato a la legalidad democrática. Por ello, desde el Partido no sólo hay que suscribir las peticiones de diálogo para que el presidente Zelaya sea repuesto, sino que hay que apoyar al pueblo hondureño, a sus organizaciones, a los sindicatos y a todos aquellos que desde todos los rincones de Honduras se empeñan ahora por recuperar la democracia que les ha sido secuestrada.

sábado, 27 de junio de 2009

Ni desobediencia, ni insumisión: regulemos la objeción












Es mérito de las democracias constitucionales dar cabida como legítima a la objeción de conciencia, aceptando que en determinados casos los ciudadanos ejerzan un reconocido derecho a no cumplir la ley cuando la acción a la que ésta obliga contraviene principios irrenunciables para su personal conciencia moral. No obstante, siendo señal de la altura ética alcanzada por los Estados democráticos de derecho en los que es contemplada esa objeción, es necesario regular su ejercicio para que no repercuta negativamente sobre los derechos de otros ni sobre el legítimo ordenamiento jurídico en que se apoya la estabilidad institucional y la convivencia democrática. La necesidad de poner al día tal regulación se plantea hoy en España ante el uso que puede hacerse de la objeción de conciencia –y los abusos que al acogerse a la misma pueden presentarse-, al aplicar la legislación sobre el aborto y la muerte digna o ante la normativa que regula la reproducción asistida o determinadas actuaciones en el campo de la ingeniería genética. La objeción al servicio militar, que fue reconocida por la constitución y regulada por ley, sirve de referencia, pero muestra cómo, siendo cosa del pasado la conscripción obligatoria para el servicio militar y habiendo cobrado fuerza otras problemáticas donde se presentan conflictos de valores no resolubles por la ley, es necesaria una renovada legislación para abordar las tensiones que se presentan entre la legítima norma democrática y la conciencia personal.

De la mano de filósofos como Rawls o Singer podemos preguntarnos hasta qué punto alguien puede verse exonerado del cumplimiento de la ley, pues la objeción de conciencia no se legitima como mera desobediencia a la misma. Cabe decir que es desobediencia en tanto no es aceptada, pero deja de serlo cuando ciertas formas de objeción son reconocidas legalmente. Una vez que eso sucede, incluso la incidencia política que pudo tener como forma de desobediencia civil en tanto que cuestionaba un orden legal que no la contemplaba, deficitario en relación a las consecuencias de una libertad de conciencia vinculada a la libertad ideológica o de religión, deja de existir. La objeción de conciencia ha sido muchas veces en sus comienzos una práctica de desobediencia civil, puesto que al plantearla se exigían los necesarios cambios en el ordenamiento legal para que éste fuera consecuente con sus principios.

Si la objeción de conciencia no se identifica sin más con la desobediencia civil, por otro lado se distingue claramente de la insumisión. Ésta consiste en un acto de desacato a la ley, no ya con la intención de que ella sea modificada por procedimientos democráticos para ser más consecuente con principios constitucionales, sino con pretensiones de deslegitimación de la ley que se desobedece y del sistema en que se enmarca. Es decir, mientras que la desobediencia civil pretende que la ley sea modificada, la insumisión pretende que la ley se vea deslegitimada.

La objeción de conciencia es un comportamiento estrictamente individual, aun cuando trascienda el terreno de lo privado, dado que ha de ser explicitada en el ámbito público. La objeción responde a una reserva por motivos de conciencia, al no considerar moralmente correcta una actuación en la que se ve involucrado personalmente el individuo. Quien objeta hace patente su recusación moral respecto a una actuación a la que se ve legalmente obligado, pero en la cual rechaza, por razones de principio, verse involucrado. No obstante, el objetor no entra en un cuestionamiento radical de quienes sí realizan dicha actuación, por más que quizá desee que otros compartan su punto de vista moral. La objeción ha de implicar la tolerancia en la que por otra parte se apoya.

La desobediencia civil es también un comportamiento individual, pero en este caso comporta explícitamente la aspiración política de que sea asumido por muchos otros, pues de la fuerza que gana públicamente depende su eficacia para modificar la ley. No satisface en este caso una práctica limitada a estrictos casos individuales sin publicidad, la cual es cosa que no interesa especialmente a quien es sólo objetor. Sin embargo, tiene en común con la objeción el ser un compromiso asumido en primera persona, arrostrando las consecuencias que se sigan. Es decir, en el caso de la desobediencia civil se está dispuesto a cargar con las penalizaciones previstas en el ordenamiento legal por no cumplir la ley, pues no se impugna ni se deslegitima ese ordenamiento en su conjunto, sino que sólo se pide que se cambie una ley concreta. La insumisión, en cambio, es un comportamiento que tiene en común con la desobediencia civil su pretensión de incidencia política colectiva y, por tanto, de publicidad, pero sin aceptar las sanciones legales por el incumplimiento de la ley, por cuestionarse ésta y deslegitimar el orden en que se inscribe. Si la desobediencia civil tiene su sentido en democracia, la insumisión no cabe en una democracia constitucional.

A veces se confunden las cosas, como cuando se habla de “objeción fiscal”, siendo ésta una práctica que a lo sumo debe ser enfocada como desobediencia civil, incluyendo la aceptación de la sanción por no pagar al fisco la parte detraída. En otros casos, como es el de la pretendida objeción a Educación para la ciudadanía –rechazada ya por el Tribunal Supremo-, más bien nos encontramos ante formas de insumisión no declaradas como tales. Un Estado democrático no puede aceptar la insumisión, aunque sí puede ser sensible a la desobediencia civil. En cuanto a la objeción de conciencia, el Estado debe aceptarla y regularla siempre que esté justificada, pero dejando claro que el Estado como tal no puede ser “objetor”, pues está obligado a cumplir y hacer cumplir las leyes. Al reconocer la objeción se acepta la legitimidad de un planteamiento moral que lleva al individuo a inhibirse ante determinadas actuaciones. El reconocimiento comporta la exigencia al objetor de la misma tolerancia que con él se tiene. Es decir, se exige a quien objeta que no convierta su objeción ni en una práctica de desobediencia civil, que no cabría ya en tanto la objeción es reconocida, ni mucho menos en insumisión.

Un sistema jurídico que reconoce la objeción de conciencia en determinados supuestos parte de la distinción entre moralidad y legalidad, entendiendo que la segunda no agota la primera. Igualmente, un objetor ha de moverse desde esa distinción, aceptando la legitimidad del orden legal en el que se ubica, aunque no responda en todos sus parámetros a lo que es su moralidad (personal o comunitaria). La persona que objeta, además, ha de mantener una actitud de respeto ante las instituciones jurídico-políticas y ante aquellas que tienen que ver con la actuación que ella recusa. Al igual que el Estado, las instituciones (p. ej., un hospital) no pueden ser “objetoras”, máxime si la objeción de la que se habla está relacionada con actuaciones que deben llevarse a cabo en ellas en los términos establecidos por la ley. De todas formas, en el caso de la objeción de conciencia médica hay una salvedad que hacer. En cierto modo, se trata de un reconocimiento generoso de la misma, pues a diferencia de lo que ocurría cuando la “mili” era obligatoria, a nadie se le obliga a ser médico de tal especialidad. A esa generosidad deben corresponder iglesias y colectivos que proponen la objeción, de manera tal que su invitación a la misma no contradiga la tolerancia que todos disfrutamos.

José Antonio Pérez Tapias
(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el día 27 de junio de 2009)

jueves, 25 de junio de 2009

Deshojando la margarita...o el dilema de Garoña




La decisión sobre el futuro de la central nuclear de Garoña ha de tomarse entre alternativas que se presentan como insalvables dilemas. Cualquier elección en una dirección tiene efectos negativos en la contraria. El trance no es fácil de resolver. Pero, ya se sabe, gobernar es decidir, aunque en este caso los cuernos del dilema pueden ensartarnos por algunos de los extremos que aparecen en formulaciones como las que siguen.

Si se cierra la central nuclear de Garoña, se incrementa el desempleo en la comarca...
Si no se cierra la central, se prorroga un trato a favor de la energía nuclear que desmiente explícitos compromisos a favor de energías alternativas...
La central ha llegado al término de su vida útil (40 años), pero el Consejo de Seguridad Nuclear puede autorizar su prórroga por más tiempo, dependiendo de las actuaciones que se hagan para la puesta al día de las instalaciones. La seguridad de la central, dice la presidenta del Consejo, estará garantizada. Desde quienes se muestran a favor de la energía nuclear se insiste en que hay que aprovechar la posibilidad de prórroga, aduciendo además que el coste de esa energía a estas alturas, y más con instalaciones amortizadas, es más barato que el de las energías renovables. Se añade que el seguir con la energía nuclear apunta en la dirección de avanzar hacia la suficiencia energética y que se trata de una energía "limpia" por cuanto no incrementa la cantidad de CO2 en la atmósfera.
Desde posiciones contrarias a la energía nuclear se insiste en la necesidad de aprovechar la oportunidad para consolidar en serio la apuesta por las energías renovables, en las que España es puntera. Una primera cuestión en tiempos de crisis es la relativa al empleo. Sin infravalorarla como cuestión vital para quienes trabajan en la central y para los empleos indirectos que sostiene, en definitiva para toda una comarca, puede delimitarse tal problemática como cuestión que ha de abordarse con inversiones alternativas y programas de empleo para la zona, que llevarán su tiempo, pero que pueden ser asumibles en un plazo razonable. Más allá, los argumentos se decantan hacia el coste económico de la energía, por una parte, si se tienen en cuenta todos los factores que hay que computar, con lo cual pierde peso la insistencia en que la nuclear es más barata. Por otra parte, se hace hincapié obviamente en los costes medioambientales, sin pasar por alto que determinadas formas de obtener energías renovables también presentan inconvenientes, como es el caso de las plantas termosolares.
Hay razones por un lado y por otro, lo cual da lugar a una división de pareceres que atraviesa el espectro político. No obstante, podemos decir que la derecha en general es pro-nuclear y que la izquierda en general es anti-nuclear. De ahí algunos deducen simplistamente que por la izquierda se mantiene al respecto una posición dogmática. Aparte de no ser así, pues hay razones en que tal posición se sustenta, no deja de llamar la atención que en este punto no se vea el dogmatismo que en su caso también es atribuible a la derecha. La cosa, a pesar de tal esquematización, no es tan sencilla, pues entre socialistas, por ejemplo, encontramos también defensores de la energía nuclear, y en algunos casos tan significados como Felipe González, así como de manera análoga sabemos de quienes han pasado al campo pronuclear desde el ecologismo -caso de James Lovelock, por ejemplo-, acogiéndose a la necesidad de disminuir como sea la cantidad de CO2 en la atmósfera -la verdad, no deja de ser sorprendente conclusión al amparo de los acuerdos de Kioto-.
Con todo, la cuestión pendiente de resolver, aun con una producción de energía nuclear segura, es la de los residuos, los cuales permanecen radioactivos por miles de años. Es a todas luces la cuestión crucial, independientemente de otras como las cantidades y precio del uranio, etc. Nadie ha dado una solución aceptable a dicha cuestión, habida cuenta de los débiles argumentos para la aceptabilidad de la proliferación de cementerios nucleares respecto de los cuales tampoco nadie puede certificar su seguridad dentro de cientos de años, por decir algo. No hace falta decir que nadie se presenta como voluntario para que el cementerio nuclear de turno lo pongan al lado de su casa.
Por tanto, mientras lo relativo a los residuos no tenga una respuesta clara y consistente a la luz de la tecnología disponible, todas las apologías pro-nucleares estarán trucadas. De ahí que muchos argumentos económicos que se dan a su favor sean en el fondo economicistas (encubriendo intereses empresariales que desde luego no se mueven en el plazo al que nos disparan los residuos), como ha sugerido el mismo presidente Zapatero desde la tribuna del Congreso de los diputados. El debate, pues, hay que proseguirlo, con argumentos serios, sin descalificaciones apriorísticas, pero sin esconder en los entresijos del discurso intragables ruedas de molino.
Y continuando el debate, lo cierto es que el gobierno debe decidir ya en este caso concreto, atendiendo a los requerimientos medioambientales, a las necesidades energéticas, a la seguridad, a las razones económicas, a los motivos sociales... y también a los compromisos electorales, que no fueron gratuitos.
Zapatero deshoja la margarita y parece que puede salir "sí al cierre", lo cual corre a favor de "no a la energía nuclear". Otros, incluso desde el mismo gobierno, parecen arrancar pétalos por su parte, tratando de que salga "no el cierre" para que se abra más el portillo del "sí a la energía nuclear". Se acaba el tiempo para tomar una decisión sobre Garoña que no será sólo sobre Garoña.
¿Alguien añade algo más sobre los residuos? ¿No? Pues entonces, "nucleares, no. Gracias".
(Publicado el 27 de junio de 2009 en el diario Granada Hoy bajo el título "La margarita de Garoña")

martes, 23 de junio de 2009

¿A qué vino Trichet el "experto"? Lo aclara Zapatero como "gobernante"


El presidente del BCE ha pasado cual relámpago por España para iluminar, desde el Foro Nueva Economía, nuestra situación económica con deslumbrante fogonazo y lanzar como un rayo el mensaje que tenía el encargo de dar: hay que proceder a la reforma laboral, hay que moderar los salarios, hay que abaratar el despido.
Para eso, pues, vino Jean Claude Trichet, investido de la autoridad que le permite su poder al frente del Banco Central Europeo: para reforzar las posiciones de su colega Fernández Ordóñez al frente del Banco de España. El mismo mensaje en forma de dogmática tríada esgrimida como tridente contra los derechos laborales en nombre de la competitividad que es necesario recuperar para la economía española. La receta triple que predican pasa por alto cómo han disminuido en los pasados años de bonanza las rentas del trabajo en relación a las rentas del capital, de la misma manera que se niega a reparar en el sacrificio hecho por trabajadores en particular y ciudadanía en general para que las finanzas públicas salgan al rescate de las finanzas privadas en estos tiempos de penuria. Sabemos que de desagradecidos está el mundo lleno, pero a pesar de su abundancia no por ello aumentan sus credenciales para establecer unilateralmente el orden del día de la recuperación económica.
Está claro: opinión de "experto" es la de Trichet, como bien ha recordado el presidente Zapatero desde Nigeria para subrayar en medio de su viaje oficial por países de Africa occidental que "una cosa es opinar como experto y otra gobernar para la ciudadanía", lo cual no es sino versión remozada del viejo refrán de que "una cosa es predicar y otra dar trigo". Para contraponer soluciones distintas a las de una prédica que sigue siendo deudora de esquemas neoliberales, Zapatero invoca otra tríada: acuerdo social, cambio del modelo productivo y formación. Otros economistas que son más de cien avalan, con sindicatos como UGT y CCOO, el empeño de salir de la crisis con esas apoyaturas, distintas de aquéllas de las que quieren servirse quienes pretenden que entre bancos siga el juego. Ocurre, sin embargo, que en este caso hay que articular las resistencias a que sigan perdiendo los mismos, y es lo que, con todo respeto, la política hace valer frente a la economía, máxime si pretende seguir erigiéndose en matriz de ingeniería social desde el mercado, en un nuevo lance de lo que ya es reiterada confrontación entre el "gobernante" y el "experto".

lunes, 22 de junio de 2009

Mucho se mueve en Irán





Los ciudadanos, y en especial las ciudadanas, que en Irán se han estado preguntando desde las pasadas elecciones dónde está su voto ya empiezan a saberlo. Está donde se lo temían cuantos se han manifestado estos días por las calles de Teherán y de otras ciudades iraníes. Están en la bolsa del fraude electoral, como acaba de reconocer el mismísimo Consejo de la Revolución, que hasta ha dado la cifra de tres millones de votos de más depositados indebidamente en las urnas.

La reelección de Ahmadineyad como presidente de la República islámica está, pues, totalmente puesta en cuestión. Musaví y quienes le respaldan para sus propuestas de reformas ven que el horizonte se va abriendo para ellas. El ayatolá Jamenei queda en entredicho después de pretender legitimar el fraude cometido. Otros, como el también ayatolá Montazeri, o como Lariyani, presidente del parlamento, se han hecho eco de la justa reivindicación de los miles y miles de manifestantes que han inundado las calles pidiendo un recuento de los votos, que se revise el proceso electoral, que se juegue limpio. Cuando muchos jugadores de la selección iraní de fútbol salieron al campo con las pulseras y brazaletes verdes de quienes exigían democracia sin trampas, estaban jugando fuerte a favor del juego limpio. Las actuaciones policiales y parapoliciales contra los manifestantes no han podido con la marea ciudadana que ellos formaban, a pesar de los muertos y heridos sobre el asfalto. La secuencia tan conocida de expulsar a periodistas extranjeros y reunir embajadores se muestra inútil, entre otras cosas por el uso masivo de todos los recursos que Internet permite.

Parece que mucho se mueve en Irán para ir saliendo de una revolución de la que no queda más que el desencanto, como ha dicho recientemente Shirin Ebadi, jueza privada de ejercicio en su país, premio Nobel de la paz y defensora de los derechos humanos. Parece que mucho se mueve en Irán hacia una nueva revolución pacífica que haga de la república islámica una democracia constitucional. Todo indica que a la ciudadanía iraní le interesa eso mucho más que el que su país sea una potencia nuclear (con altos precios de la gasolina siendo de los primeros productores de petróleo).

Ante todo ello, cuando la prudencia de Obama hace que ande con pies de plomo para no poner en peligro las posibles negociaciones sobre todo lo que tiene que ver con el uranio, la UE puede hacer valer su voz a favor de una democracia efectiva. No basta con que Merkel o Sarkozy hablen por su cuenta. Nuestro ministro de Exteriores, Moratinos, tendrá la ocasión de insistir en que la Alianza de civilizaciones -tema por el que los iraníes se interesaron hace mucho tiempo- apunta a y se basa en el reconocimiento común de valores democráticos que todos podamos reconocer como universales.

viernes, 19 de junio de 2009

En torno a una socialdemocracia en crisis



No estamos en los años de la I Guerra Mundial, cuando Rosa Luxemburgo, estando en la cárcel por oponerse al belicismo de Alemania, escribió La crisis de la socialdemocracia. Pero sí estamos en unos momentos en los que, en medio de la actual crisis, la socialdemocraci se descubre en crisis tras sus pobres resultados en las pasadas elecciones al parlamento europeo. Buscar el porqué y profundizar en el análisis de las causas de que haya sido así es tarea política obligada si no queremos entregar la UE a la derecha para mucho tiempo. Ésta, pragmática, está poniendo en práctica propuestas de cuño socialdemócrata para afrontar la crisis, hasta que vuelva a haber condiciones para el abierto retorno de las políticas neoliberales; mientras, la socialdemocracia se ve bloqueada por sus contradicciones, unas recientes y otras viniendo de más lejos. Como ha dicho Borrell, la socialdemocracia europea no ha sido convincente.

Más allá de la política de día a día, es urgente reflexionar sobre todo ello. En la prensa de hoy, en El País concretamente, encontramos dos artículos que se dedican a tan importante cuestión: uno de Ludolfo Paramio, "La paradoja de la socialdemocracia", y otro de Fernando Vallespín, "Socialdemocracia en tiempos de populismo".

Y también hoy, entre la reflexión y la acción, es día de hacer memoria de Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende fallecida ayer, que estuvo junto al "compañero presidente" en la difícil tarea de la transformación socialista de Chile mediante una "revolución radicalmente democrática" y que después del golpe de Pinochet dedicó sus energías al apoyo a los exiliados chilenos.

Epílogo con otro crespón negro: es el día en que de nuevo los demócratas españoles hemos de unir nuestras manos en el duelo por el asesinato en Bilbao de Eduardo Puelles García a manos de la banda terrorista ETA.

jueves, 18 de junio de 2009

Pan y circo (=fútbol)








A lo largo de la historia se han ido dando ediciones corregidas y aumentadas del "panem et circenses" cantado por Juvenal como par exitosamente utilizado a la mayor gloria de los emperadores. La traslación al fútbol actual de lo que era el circo romano es tan fácil que se ha convertido en un lugar común. Es cierto que el fútbol, como fenómeno de masas, como "deporte rey", como espectáculo global, como el más codiciado contenido mediático, como espacio de fuertes movimientos de capitales... es de lo más complejo. Con todo, un fichaje de 94 millones de euros, más que multimillonario -el más caro de la historia hasta ahora, y cuya cantidad astronómica se percibe aún más en su condición sideral pasándola a las antiguas pesetas- como el de Cristiano Ronaldo por parte del Real Madrid, en la nueva etapa del redivivo presidente Florentino Pérez, da también que pensar y que debatir. ¿Hacerlo es sucumbir a un tic de moralismo puritano?

La respuesta depende de cómo se valore que tal fichaje, en época de crisis económica, lo haga un club con una fuerte deuda con la hacienda pública y al que no se le han negado por la banca -Banco de Santander y Caja Madrid- los créditos que para otros, en cantidades absolutamente irrisorias al lado de esas otras, le son negados. ¿Habrá pelotazos urbanísticos como los que acompañaron a los fichajes de los otrora "galácticos" del Bernabeu? No están los tiempos para ello..., aunque es difícil adivinar lo que nos queda por ver. ¿Sospecha en demasía? Quizá, pero tal jugada del capitalismo futbolístico-mediático no infunde tranquilidad a quienes están escarmentados de los negocios que tan pingües beneficios proporcionan a particulares teniendo siempre, de un modo u otro, apoyos públicos indirectos que pesan sobre las espaldas de aquellos a quienes tales beneficios no llegan.

¿Basta decir que se trata de algo que ocurre en el ámbito privado -una empresa más- y que por ello nada cabe opinar? Muchos creemos que no. ¿Todo queda dicho con comentarios que se limitan a decir que un fichaje así, aquí y ahora, "no es estético"? Demasiada economía de lenguaje para tal derroche económico. Hasta el mismo presidente Zapatero ha juzgado muy comedidamente tal fichaje como "excesivo". Podemos calificarlo con palabras más contundentes. El porqué no lo voy a formular mejor de lo que ya lo hace el poeta y rockero José Ignacio Lapido en su columna del diario Granada Hoy, publicada bajo un título que no se anda con rodeos: "Fútbol y moral". Invito a leerla.

miércoles, 17 de junio de 2009

Apretando desde el Banco de España



Otra vuelta de tuerca de MAFO

Apretar y apretar, siempre del mismo lado, con buen apoyo en la cúspide del Banco de España. Las viejas leyes de la palanca se cumplen en el empeño de pretender que se cambien otras leyes, en este caso las de la legislación laboral. Siempre del mismo lado: apretar, apretar, es lo que hace Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, que ha dado "otra vuelta de tuerca" -¡gracias, Henry James, por consagrar la metáfora, tan expresiva, tantas veces tan oportuna! - con su discurso, siempre bien pertrechado no sólo de teoría, sino de ideología.

Hay que proponer fórmulas para salir de la crisis. ¡Cierto!
Hay, incluso, que lanzar ideas provocadoras para activar el debate público. ¡Vale!
Hay que abandonar cualquier posición que pretenda erigirse en dogma. ¡Muy bien!

Pero ocurre con MAFO que parece que las fórmulas que lanza pesan siempre sobre unos -trabajadores- para que pasen otros ("ley del embudo"); o que las ideas provodoras acaban resultando provocativas para los que injustamente temen ser paganos de los excesos de los beneficiarios del sistema; o que se ven los dogmas siempre unilateralmente, como le sucede a quien lleva clavada la viga en el ojo.

¿O no pasa algo de todo eso cuando MAFO va, viene y habla ahora -vuelta de tuerca- de primar el pacto en la empresa frente al convenio sectorial, porque así se facilitaría mejor "el ajuste de salarios y de otras medidas dirigidas al mantenimiento del empleo"? Es decir, se trata de apretar para el ajuste de salarios, lo cual, de tan claro, va más allá de lo dicho hasta ahora en cuanto a reforma laboral. No sólo está hablando de extender un contrato indefinido con despido más barato, sino de recorte puro y duro de derechos laborales, de la reconocida y legalmente amparada función de los sindicatos, de eliminación de convenios colectivos.

La ocurrente sugerencia de MAFO recuerda contenidos que iban aparejados a la propuesta de triste recuerdo relativa a la semana laboral que podía llegar hasta las 65 horas, la que fue frenada en el parlamento europeo, y a la que tanto nos hemos referido en la campaña de las pasadas elecciones europeas.

Y recuerda también a quien hacia la mitad del siglo XIX criticaba la estructrural condición explotadora de un contrato laboral realizado en condiciones asimétricas tales que la libertad contractual de las partes sólo es una pura ficción interesada, utilizada jurídicamente en beneficio de quien en dicha relación tiene poder -es decir, el capital frente al trabajador que en solitario vende su fuerza de trabajo-. Desde que Marx escribía sobre estas cosas han ocurrido muchas otras.
Hay quienes quieren volver muy atrás, suprimiendo derechos conquistados por los trabajadores y eliminando instituciones (sindicatos) y medios (convenios colectivos) para defenderlos. Muchos de ellos quieren forzar la regresión, aprovechando la crisis, sus apuros, incertidumbres y miedos; algunos de ellos se agazapan tras la doctrina que hoy por hoy se imparte desde la cúspide del Banco de España.

lunes, 15 de junio de 2009

Socialdemocracia europea: quiso y no pudo


Como debacle y desastre han sido descritos los resultados de los partidos de filiación socialdemócrata en las pasadas elecciones al parlamento europeo. En España, lejos de tintes tan catastrofistas, la derrota del PSOE frente al PP por dos escaños (23 a 21), siendo un más que serio aviso, no ha sido para rasgarse las vestiduras, aunque tampoco para consolarse con declaraciones balsámicas que nadie toma en serio.

Como se pudo ver, las cuestiones nacionales inundaron la campaña y afectaron al resultado. El PP ofreció sobredosis de discurso conservador, de planteamientos reaccionarios de su candidato, de demagogia ante la crisis, de “socialización” de la corrupción y de ímprobos esfuerzos por consolidar a su líder. Por parte del PSOE hemos de reconocer cierta incapacidad para llevar temas europeos al debate en una campaña estérilmente polarizada, así como poca eficacia en una batalla contra la abstención que acabó girando en torno al afán por contrarrestar la erosión del gobierno pretendida por la derecha. Más allá, merece la pena detenerse en el panorama que se presenta una vez configurado un parlamento europeo con rotunda mayoría de derechas, incluyendo una presencia significativa de fuerzas euroescépticas y xenófobas. ¿No habíamos dicho, en medio de la crisis económica provocada por las políticas neoliberales, que era la hora de la socialdemocracia? ¿No habíamos anunciado el momento de gloria de un Estado social otrora denostado por Hayek y Friedman y los herederos de Thatcher, Reagan y Bush? ¿No estábamos predicando un neokeynesianismo asumido hasta por el presidente Obama? ¿Qué ha pasado, no ya en cada país, sino en el conjunto de la UE?

Se veía venir que podríamos verificar que el fracaso del neoliberalismo no implicaba el fortalecimiento de la socialdemocracia. Aparte la penosa situación de algunos partidos socialdemócratas –caso de los socialistas franceses-, es obligado constatar que una alternativa para los duros tiempos que corren no se reconstruye de la noche a la mañana. La socialdemocracia no se libró de una fuerte contaminación neoliberal –ejemplo descollante ofrecen los laboristas británicos que, aparte su coyuntura, pagan las concesiones al thatcherismo-. A todo ello hay que añadir que, cuando llega la hora, pesan más los motivos nacionales que la cohesión del Partido Socialista Europeo en torno a un proyecto común, como el mismo Joaquín Almunia ha subrayado desde su atalaya en las instituciones europeas. Tal fragmentación es la que se puede apreciar en medidas frente a la crisis de carácter proteccionista, por más que los partidos socialistas gobernantes no tengan la exclusiva de un nacionalismo económico contradictorio con la normativa de la UE. Además, la incoherencia de apoyar a un candidato neoliberal para la presidencia de la Comisión europea, por intereses nacionales o proximidades territoriales de quienes así se han pronunciado, hace difícil la credibilidad de un proyecto socialdemócrata para Europa.

La socialdemocracia quiso, ante las pasadas elecciones, jugar la carta europeísta, mas parece que no guardaba un as para ganar la partida. ¿Hizo propuestas serias para salir del déficit democrático de la UE? ¿Defendió con suficiente convicción, ante millones de desempleados, la Europa social como “idea-fuerza” para la Europa del futuro? ¿Apostó, ante un incierto Tratado de Lisboa, por reforzar la construcción política de la Unión? ¿Qué planteó sobre inclusión de inmigrantes? ¿Qué sostuvo acerca del papel de la UE en un mundo globalizado? Sus tímidos mensajes sobre estas cuestiones apenas fueron acogidos por la ciudadanía. No pudo conseguir el apoyo mayoritario de los electores, en parte por no refutar desde los hechos el grosero economicismo que profetizaba Nietzsche ya en 1875, el cual, mientras continúe sin coto, dará alas a la derecha: “Los pequeños Estados europeos están destinados a convertirse en breve (sesenta o setenta años es poco tiempo), bajo el irresistible empuje del gran tráfico y el comercio mundial hacia la última frontera, en económicamente insostenibles. Solamente el dinero obligará, cuando ocurra, a Europa a apiñarse en una única potencia. Las formas de la democracia y del parlamentarismo serán las menos adecuadas para afrontar tal desafío”. Desde el socialismo democrático pensamos que no debe ser así, pero hay que perfilar qué queremos hacer en esta “aventura inacabada” –fórmula de Zygmunt Bauman- de la construcción europea.

José Antonio Pérez Tapias
Diputado socialista

[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 839 (15 de junio de 2009), p.43]

jueves, 11 de junio de 2009

Ley andaluza de muerte digna: un buen proyecto



El gobierno andaluz ha aprobado el proyecto de ley de muerte digna o, formulado más exactamente, el proyecto de Ley de derechos y garantías de la dignidad de las personas en el proceso de la muerte. Es un buen proyecto, listo ya para su tramitación en el Parlamento andaluz. Preparado y debatido durante largo tiempo, el texto que llega a la Cámara autonómica no se limita a complementar la normativa existente sobre testamento vital, autonomía del paciente y tratamientos paliativos, por ejemplo, sino que cubre vacíos legislativos en ese terreno e implica netos avances en cuanto al derecho a morir con dignidad.

Elaborado desde el espíritu que se expresa en la frase "una vida digna no puede verse truncada por una muerte indigna", será necesario dar a concocer adecuadamente el proyecto de ley a la opinión pública para que sea valorado como merece y para contrarrestar las opiniones oscurantistas contra él que ya se han expresado.

Hará falta también ir pensando en una nueva ley de objeción de conciencia, que bien vendría que fuera de ámbito estatal, como ha sugerido la misma consejera de Salud de la Junta de Andalucía, para regular desde la legalidad los casos que se produzcan en éste y otros terrenos, evitando que se den abusos de esa figura jurídica tan preciada que es la objeción. No es de recibo que mediante tales usos abusivos del derecho de unos se vean recortados por la vía de los hechos los derechos de otros legalmente amparados.

lunes, 8 de junio de 2009

Las enseñanzas de Isaiah Berlin





Mucho ha cambiado el mundo en cien años, pero hay vectores que atraviesan los siglos. Algunos de ellos los impulsan quienes al cabo son reconocidos como maestros. Isaiah Berlin, uno de los grandes autores liberales del siglo XX, se cuenta entre ellos. El pensador judío que nació el 6 de junio de 1909 en Riga, entonces ciudad del imperio ruso, emigró con su familia, tras la revolución bolchevique, al Reino Unido. Ciudadano británico y formado en Oxford, conjugaría durante buena parte de su vida la actividad diplomática con su dedicación a la historia de las ideas. Su obra, hasta su muerte en 1997, ha desarrollado aportaciones que se han convertido en obligadas referencias más allá de adscripciones partidistas. Su espíritu abierto y cosmopolita, que dejó muestra de lo primero en su magnífico libro sobre Marx y que siempre hizo patente lo segundo en su defensa del pluralismo, ha destilado enseñanzas que también para la izquierda han pasado a formar parte de su equipaje crítico. El legado de Isaiah Berlin permite decir que todos, de alguna forma, somos herederos de la tradición liberal.

Es en torno a la libertad donde se concentra el magisterio de Berlin. Su escrito “Dos conceptos de libertad” (1958) hizo época. En él abogaba por el concepto de “libertad negativa” como el relevante desde el punto de vista político. Esa libertad de los individuos consiste en que nada interferencia en el ámbito de sus decisiones, implicando la necesidad de establecer límites al poder del Estado y la obligación para éste de preservar esa esfera privada de los ciudadanos. La libertad como no interferencia sólo admite como medidas legítimas respecto a ella las encaminadas a evitar que el ejercicio de la libertad de unos impida el de otros. Para Berlin, la “libertad positiva”, cara romántica de la libertad, tiene que ver con la autorrealización de los individuos, cuestión que es competencia exclusiva de ellos sin que el Estado tenga que decir nada al respecto. Sin embargo, dicha autorrealización conlleva demandas de autogobierno y es por ahí por donde el concepto positivo de libertad contamina al negativo, ya que la regulación política del autogobierno, con la intención de conjugar la voluntad de todos, acaba interfiriendo en esa libertad negativa que se traduce en derechos cívicos.

Desde su concepción liberal de la libertad, que le hacía marcar distancias respecto a planteamientos “liberadores” por sus consecuencias contrarias a la libertad misma, Berlin fue crítico con el utopismo y su pretensión de un “Estado perfecto”. Tal pretensión, apoyada sobre la idea de que hay una solución total a los problemas de la humanidad, ha hecho que las utopías sean fatales como guías para la acción. Consideraba Berlin que el “gran mito” utópico que atraviesa la historia de Occidente se realimenta de tres dogmas: 1) para todo problema “no hay más que una solución verdadera”, 2) tales soluciones son “cognoscibles”, y 3) esas soluciones deben formar un “todo armónico”. Desde la conciencia de la finitud humana no cabe sino la crítica a esos dogmas para poner el acento en la desmesura que entraña incluso querer realizar, a la vez, todos los valores humanos. El “fuste torcido de la humanidad”, como decía Berlin recogiendo una expresión muy de Kant, obliga a una cura de humildad en cuanto a pretensiones desmedidas que arrastran consecuencias nefastas, como cuando los afanes positivos de libertad han desembocado en totalitarismos.

El legado de Berlin no permite seguir hablando de utopía sin tener en cuenta su crítica al utopismo, como no se puede hablar de libertad sin reparar en los riesgos para la libertad negativa que llevan consigo proyectos de liberación prometeicos en demasía. Con todo, se debe seguir constatando, tras Berlin, que la no interferencia en el ámbito de las decisiones de cada cual exige también una no dominación de unos sobre otros que, para equilibrar libertad e igualdad, sólo desde el ejercicio de la autonomía pública de los ciudadanos puede conseguirse. Igualmente se puede decir que su crítica de la utopía lleva dentro la carga utópica del deseable entendimiento entre los humanos, aunque sea siempre incompleto. Mas hay que reconocer en este centenario de su nacimiento que Isaiah Berlin sigue poniendo frente a los liberales, y más en momentos de neoliberalismo cuestionado, el espejo de su radicalismo liberal, así como continúa dando que pensar a quienes nos integramos en la tradición socialista.

José Antonio Pérez Tapias
Profesor de Filosofía
Diputado socialista

(Artículo publicado en el diario Granada Hoy el 8 de junio de 2009)

viernes, 5 de junio de 2009

Obama en El Cairo: EEUU pasa la página del "choque de civilizaciones"


Es cierto que el discurso de Obama en la Universidad de El Cairo va a quedar como obligada referencia para el futuro. Por eso es pertinente considerarlo "histórico", adelantándonos al lugar que la decantación histórica de hechos y protagonistas concede siempre "a posteriori". Si los mandatos de Bush se entendieron bajo el paradigma del "choque de civilizaciones" -fue mucho más que el título del famoso libro de Huntington-, el nuevo presidente de los EEUU ha roto definitiva y públicamente con él. ¿Alianza de civilizaciones? Puede ser, pues está en su horizonte. El caso es que sus palabras han sido claras al replantear las relaciones entre Occidente y el mundo islámico, apuntando análisis acerca de por qué se tensaron tanto (colonialismo, modernizaciones en falso, asimetrías en la globalización, etc) y señalando las vías de diálogo y de encuentro político por donde tales relaciones han de reconducirse. Obama ha dado muestras evidentes de sensibilidad política, de voluntad de aproximación cultural y de hermenéutica más afinada (antifundamentalista) de tradiciones religiosas como el cristianismo, el islam y el judaísmo.
Es sorprendente que en un discurso de esas características y ante un auditorio "universal" no hayan quedado eludidas cuestiones delicadas, lo cual dice mucho de cómo entiende Obama la diplomacia. En su caso, ésta no ha callado que la situación del pueblo palestino es intolerable, que la humillación que padece no puede continuar, que su aspiración a un Estado propio es legítima y no debe verse cercenada, por ejemplo, por la política israelí de asentamientos que no hacen sino proseguir hacia delante una ocupación injustificable. Y tampoco dejó atrás, en una de las principales universidades del mundo árabe, que Israel también tiene derecho a la paz, que el recurso a la violencia entorpece la solución de los problemas, que de Irak -y de aquella "guerra por elección" (errónea)- los EEUU han de salir cuanto antes, pero bien, que la difícil situación de Afganistán y Pakistán no admite sólo una solución militar, que hay que hablar con Irán... Todo un programa político.
No han faltado alusiones a la libertad religiosa, al desarrollo y a la educación conjugando modernidad y tradición, a los derechos de la mujer, a la compatibilidad entre islam y democracia, etc. La mención a Al-Andalus y a la Córdoba califal realza el valor de la tolerancia, presentándolo como propio también de la tradición islámica -sólo los intelectual y políticamente miopes se quedan atascados en alguna inexactitud histórica en que incurrió Obama-.
En definitiva, un discurso para la esperanza, constructor de paz y demoledor de muros. Quizá muchos sientan vértigo en el mundo islámico, en EEUU y en Europa, ante seguridades, prejuicios y tópicos que ahora tienen más difícil su vigencia. Las palabras convocan a los hechos.

martes, 2 de junio de 2009

No a Barroso: líderes europeos por una alternativa socialista


La campaña para las elecciones europeas nos trae una noticia que no debe ser pasada por alto. Líderes del socialismo democrático europeo como Felipe González, Soares, Jospin, Schroeder, Simitis, Vranitzky y Kwasniewsky han dado a conocer un Manifiesto en el que defienden proponer un candidato socialista para la presidencia de la Comisión europea. Es decir, se pronuncian claramente en contra de que desde el Partido Socialista Europeo se apoye a Durao Barroso para tal puesto. El derechista portugués que viene presidiendo la Comisión en este último mandato, además de ser anfitrión del grupo de las Azores, ha propiciado políticas netamente neoliberales, las que han alentado la crisis económica en la que nos hallamos metidos, introduciendo de camino en su día una cuña en la UE que dividía a sus miembros: política para Europa que no fue nada europeísta, que el mismísimo Aznar secundó abundando en aquello de la "vieja" y la "nueva" Europa (el criterio de diferenciación era el alineamiento con el neoliberalismo belicista que Bush apadrinaba). Y condición y figura: ese Barroso es el que ha mantenido a la Comisión en situación de parálisis en medio de la crisis actual. ¡Como si la Comisión no existiera!
Los mencionados líderes dicen que ahora, en la UE, "socialistas, socialdemócratas y otros muchos progresistas esperan un candidato procedente del PSE, el único partido europeo que puede presentar una auténtica alternativa a la dirección europea que propone el PPE". Aunque la presidencia de la Comisión europea es elegida aún por los jefes de Estado y de gobierno (todavía no hay Tratado de Lisboa en vigor) y, por tanto, no por el Parlamento, los líderes socialistas firmantes del Manifiesto refuerzan su propuesta así: "Dirigimos este llamamiento a los socialistas y a los socialdemócratas sobre la base de nuestra responsabilidad histórica común, para que se dé este paso fundamental".
Esto es, un paso encaminado a sostener creíblemente un proyecto socialista para la UE, poniendo por delante el compartir análisis, principios, ideas y valores, siempre mucho más importantes que motivos de coyuntura o de vecindad territorial. Socialistas portugueses y españoles hemos de estar de acuerdo en que Barroso no es el candidato que debemos apoyar.