
En Nueva York, en el exilio, el 31 de mayo de 1949, murió Fernando de los Ríos, “socialista por convicción”, según sus propias palabras –pensaba que en verdad no se puede ser socialista de otra manera-. El caso es que de él puede decirse, además, que era europeísta a fuer de socialista –dicho sea parafraseando el famoso “socialista a fuer de liberal” con que se autodefinía Indalecio Prieto- y, por tanto, con análogo convencimiento. El que fue diputado por Granada y, sucesivamente, ministro de Justicia, de Instrucción Pública y de Estado entre 1931 y 1933 en el gobierno de la II República, cuando ya ésta era pasado tras la derrota que para los leales a la legitimidad republicana supuso la Guerra Civil que siguió al golpe militar del general Franco, redactó en 1944, llegando la Segunda Guerra Mundial a su fin, un Proyecto de Constitución de los Estados Unidos de Europa para cuyo preámbulo escribió: “Los Estados de Europa, animados por el deseo de salvaguardar su herencia cultural, prevenir nuevas guerras, aliviar el tremendo peso de su armamento, garantizar la seguridad social y crecientes estándares de vida, garantizar la libertad personal, nacional y religiosa de todos los europeos y hacer una contribución positiva a un mundo más ordenado, han aprobado los siguientes artículos de asociación y de unión”. Visionario en medio de la tragedia, sin que el dolor le impidiera entrever por dónde tenía que ir lo que habría de llegar, Fernando de los Ríos ponía palabras a la convicción compartida de quienes se disponían a trabajar por un futuro de paz, justicia y desarrollo para una Europa que debía entenderse y realizarse a sí misma como una Europa unida.
Había que tener, ciertamente, fuertes convicciones políticas y una acendrada esperanza militante para apostar así por Europa tras la barbarie y los desastres que la habían asolado. Mas quien conozca el pensamiento y la trayectoria del autor de obra tan especial para la historia de las ideas políticas como El sentido humanista del socialismo, no se extrañará de que así fuera. Después de todo, su autor llevó al Preámbulo de su proyecto de texto constitucional para Europa lo que en dicho libro proponía como una vida internacional que había de gravitar sobre el “principio de la cooperación”. Adelantando lo que tendría que encarnar una organización supranacional de Estados, insistía en que “el nuevo internacionalismo ni puede ni debe negar realidades tan vitales como las naciones, no de otro modo que éstas tampoco pueden hacerlo con las personalidades regionales, colectivas e individuales, si aspiran a enriquecer el acervo de la vida nacional”. Tal internacionalismo de nuevo cuño, que “labora por la integración”, es el que después, cuando los hechos habían dado al traste con la Sociedad de Naciones, aplicaría con más concentrada vehemencia a la propuesta de unión europea. Pensaba que, en efecto, la Segunda Guerra, de la cual la fratricida guerra de España fue sangriento capítulo inicial, había despertado “la conciencia de la comunidad” al mostrar “la interdependencia estrecha de los pueblos, su necesidad mutua, y la perentoriedad para esta nuestra Europa de llegar a una ordenación jurídico-social de las relaciones internacionales”.
En las mismas páginas de esa obra cumbre del militante socialista y catedrático de Derecho de la Universidad de Granada se hacía hincapié en la continuidad cultural que existe en Europa entre el humanismo que tiene sus renovadas raíces en el Renacimiento y en su ganada conciencia de la dignidad humana, el constitucionalismo que desde la tradición liberal aportó la concepción del Estado como protector y garante de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos, y esa nueva fase del constitucionalismo, madurada al calor de la tradición socialista, que es la del “constitucionalismo social”. La protección y defensa de los derechos sociales, añadidos en su reconocimiento a los civiles y políticos, ensancha los objetivos de justicia, de esa justicia que es “fundamento del socialismo”, como decía don Fernando, hasta la justicia social, para llenar de contenido real el derecho y la libertad.
Lo que había de ser el Estado social y democrático de derecho se abre así paso de la mano de una concepción del socialismo que realza el valor jurídico de un sistema legal enfocado democráticamente hacia la consecución “del máximo de libertad real” del individuo y hacia la consecución del “máximo de justicia realizable” para la comunidad. Desde su socialismo humanista, para Fernando de los Ríos, esa idea de “constitución social” se enderezaba “a impedir las relaciones de dependencia personal propias del capitalismo en sus múltiples variantes históricas”. No cabe duda que el reformismo que tal constitucionalismo social implicaba suponía transformar profundamente la realidad capitalista de explotación y alienación, llevando la práctica de una “política social protectora”, con sus medidas en cuanto a defensa de los trabajadores, salario mínimo, negociación colectiva de contratos laborales, pensiones y prestaciones por desempleo, hasta el más elevado nivel de una “política social emancipadora”, capaz de avanzar incluso en la “democracia industrial” y siempre con su centro de gravedad en la educación como clave fundamental para lograr una sociedad a la altura de la dignidad humana, con un “régimen político de iguales derechos y garantías jurídicas para todos”.
Concibiendo, pues, el proyecto de una asociación de Estados europeos como el camino por excelencia para que en Europa se realizara el constitucionalismo social que en su seno había sido alumbrado, hay que contar a don Fernando de los Ríos no sólo entre los pioneros de lo que hoy es el apasionante, aunque dificultoso, proceso en marcha de la Unión Europea, sino también entre los más lúcidos precursores de la Europa social que hoy, y con especial intensidad ante las próximas elecciones para el Parlamento europeo, muchos defendemos como clave para una Unión Europea económicamente bien articulada, democráticamente avanzada, socialmente cohesionada y solidariamente inserta en el complejo mundo de nuestro siglo XXI.
José Antonio Pérez Tapias
Diputado socialista
(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 30 de mayo de 2009)























