
Hoy hemos brindado un sencillo homenaje al compañero Miguel González Martos, más que merecido tras décadas de trabajo en los barrios de Cartuja y Almanjáyar de la zona norte de la ciudad de Granada. En el contexto de unas Jornadas de puertas abiertas del Centro Inserjoven de la Barriada de la Paz, el texto que a continuación se ofrece trataba de expresar el agradecimiento y apoyo de todos nosotros a Miguel, en medio de la etapa especialmente difícil que está pasando por motivos de salud. ¡Animo, Miguel!
HOMENAJE A MIGUEL GONZÁLEZ MARTOS
Amigo Miguel, compañero Miguel:
Llega el momento de decirte unas palabras; a ti, que tanto las aprecias, por saber bien cuál es su valor. Y las diré en nombre de todos los aquí reunidos, conociendo a quién me dirijo.
Los humanos somos cada cual a nuestro modo y no sólo eso, sino que además, siendo de muchas maneras, cada uno es de muy diversas formas a lo largo de su vida, haciéndose a sí mismo según vayan siendo sus obras. Parafraseando el dicho bíblico cabe decir que por nuestras obras nos conocemos. A ti, Miguel, efectivamente te conocemos por tus obras, que son amores y, en este caso, con buenas razones.
Unos a otros nos conocemos en diferentes contextos, desde perspectivas diversas. A partir de lo que de uno vemos los demás, podemos construir su perfil humano, que en parte coincidirá, no del todo, con lo que ese uno ve de sí mismo. Con todo, ese solapamiento de miradas acaba confluyendo sobre la identidad de quien es objeto de ellas, la identidad de alguien que es sujeto de su vida, de sus actos, de sus sentimientos y pensamientos, de quien es en relación con todos los que le rodean y le reconocen como quien es.
A ti, Miguel, te conocemos y reconocemos como quien eres, desde el núcleo de ti mismo, para todos nosotros. Y nuestras miradas encuentran la imagen de un hombre entregado a su familia, a sus amigos, a quienes le necesitan; de una persona serena y jovial, activa a conciencia, inteligente y afectuosa; de alguien que es, en el buen sentido de la palabra, dicho machadianamente, bueno. Así te reconocemos. Los defectos que tengas, ésos los pones en tu cuenta privada, pues no son relevantes en el espejo donde tu imagen se refleja para todos nosotros.
Los avatares de la vida son los que cincelan la persona que somos, los que van puliendo nuestra personalidad más allá de los personajes que en algún momento toca representar en este gran teatro del mundo. El que sería relato pormenorizado de tus trabajos y tus días nos ofrecería la semblanza completa del Miguel que conocemos, del Miguel que queremos. Mas por otra parte, no hay ningún relato completo, ni siquiera el que haga uno de sí mismo; ninguna biografía está cerrada. Podemos destacar, eso sí, las pinceladas con que dibujar el cuadro de nuestras vidas. Y en ellas reconocer los trazos de los principales acontecimientos que las troquelan.
Escribimos y reescribimos nuestras historias desde el momento en que estamos, volviendo la vista atrás, reordenando las piezas del puzzle biográfico de cada cual. En las distintas etapas de la existencia aparecen esos momentos fuertes en los que ella misma se reestructura y, a veces, nos muestra esa cara de nosotros mismos en la que aún no habíamos reparado.
Tú, Miguel, has pasado justamente por uno de esos momentos cruciales en los que el vivir se convierte en un caminar por la arista de la existencia cobrando plena conciencia de lo que está en juego. Estoy seguro que todo lo has visto bajo una nueva luz, desde ángulos que te eran desconocidos. También nosotros te vemos con otro enfoque y éste nos lleva a conocerte mejor y a quererte más. Ahora, sin duda, se pueden entender mejor palabras poéticas referidas a ti mismo en las que te ves en el ruedo de la vida, afrontando con los pies hincado en tierra el toro que embistiendo te llega. Pero ni antes ni ahora te dejas derrotar por embestida alguna. De ahí palabras como éstas, escritas hace décadas, que cobran nuevo sentido:
“Está desnuda el alma, no está triste.
Estoy desnudo y vivo, ante la vida.
Soy un hombre que elige la salida,
el camino y la búsqueda. Y resiste.”
Son versos precedidos por un epígrafe: “Revolución enamorada”. Dos palabras que ya entonces, cuando la escogiste, reflejaban bien lo que eras y lo que pretendías.
Entonces, por los años setenta, era tiempo de búsqueda y de formación, de vida con compañeros cuya amistad mantienes hasta hoy, lo cual no es sino señal de la más pura nobleza de espíritu. Laurentino Heras y Pepe Sierra, Paco Contreras y el malogrado Francisco Gil-Bermejo… son nombres con fuertes raíces en tu recuerdo. Ellos nombran a aquellos con quienes, metafóricamente, tú te hacías a la mar diariamente, aquellos a quienes ya decías “perdón por decir siempre lo que siento”. Condición y figura, Miguel: nunca te has callado y bien conocemos tus amigos la libertad de palabra que acompaña a tu libertad de espíritu.
Ya entonces tu fama te precedía, buena fama, a decir verdad, como puedo atestiguar, siendo como soy menor que tú. Te acompañaba tu buen hacer, dicho al modo del Quijote, en las letras y las armas, siendo éstas no otras que las del intelecto y la voluntad, aplicadas por lo demás también con especial empeño al deporte, ese campo de lúdicas batallas que en tu caso solía ser la cancha que limita con dos canastas en cada extremo.
En aquellos años de formación un espíritu de rebeldía se asentaba ya en tus dominios, empezando a despegar con “alas” que pugnaban por iniciar el vuelo. No falta un poema con que poder dejar constancia de ello:
“¡Dejadme batir fuerte
mientras quede calor
en este retornar
que estoy abriendo!”
Igualmente el “llanto urgente y humano” del mundo reclamaba algo más que tu atención. Desde entonces te decidiste a presentar batalla con palabras como éstas:
“Que no nos quede muralla,
ni piedra, sangre o espada
que oponer al extravío”
Entre tanto, una fe que junto a razón y libertad, eran tus móviles, se reformulaba entre preguntas y respuestas, no siempre coincidentes, como bien recuerdas. De ahí que el vacío de la ausencia se hiciera notar, como en todas las “noches oscuras del alma”:
“Cuando voy llegando a Dios
se lleva el camino el viento”.
Tales eran las cuitas de aquel tiempo, del cual la memoria guarda fiel su huella. En ella otros también podemos acompasar nuestro andar al tuyo, pues las experiencias comunes son el surco en el que el tiempo ha dejado sus posos tras su paso. Versos como éstos son un fiel reflejo de ello:
“In illo tempore,
llegamos a rozar lo inalcanzable
a la sombra de Kant, Platón,
Descartes,
inundados de Marx,
Zubiri y Nietsche,
con Teilhard de Chardin al horizonte.
Con Agustín de Hipona fuimos playa
donde buscar la luz indescifrable.
Schelling nos dio a probar el absoluto.
Ortega nos cuajó de circunstancia.
Quisimos ser eternos de Unamuno.”
Así es, ciertamente, y casi puedo reconstruir contigo el programa de las asignaturas que disfrutamos. Comienzo de la filosofía para nosotros, de un pensar que se interroga y se hace reflexión encarnada en uno mismo. ¿O no es así cuando algún día dijiste que “el tiempo es futuro sin futuro”? Ni el mencionado San Agustín llegó a tanto cuando confesaba que sabía qué era el tiempo si no le preguntaban qué era, pero no sabía qué era si le preguntaban.
¡Ay, el tiempo! Nervio fluido y fugaz de nosotros mismos, que siempre te has empeñado casi en atrapar. Incluso en aquel día imborrable en el que el dolor te inundaba por la muerte de madre, a través de un poema le preguntabas:
“Madre.
¿por qué me trajiste
sin el permiso del tiempo?”
¡El tiempo! Sólo el amor lo redime. Por ello el mismo San Agustín, tan preocupado por el tiempo, dijo aquello de “ama y haz lo que quieras”, de lo cual tu reformulada versión viene a ser:
“Donde alguien amó todo es posible.
En cado abrazo todo se contiene,
la presencia, la ausencia y lo sufrido.”
De presencias y ausencias tu vida está tejida. En algunos momentos las segundas fueron tan intensas que casi podías haber escrito “de mis soledades vengo, a mis soledades voy”. ¿O no fue así en aquellos interminables meses en San Fernando, haciendo “mili” en compañía del viento del Atlántico? Fue así, pero no fue sólo así. Te involucraste de la Unión Militar Democrática para empujar la dictadura hacia su caída. Faltaba poco, pero no se sabía entonces por dónde podía acabar aquel oprobioso tiempo de silencio. El caso es que tu rebeldía buscaba hacia dónde encauzar sus energías. ¿Recuerdas aquellos versos?:
“Llevo un volcán mal oculto
entre la sangre y el viento,
llamado corazón”
Entonces afirmabas, negando, lo que habría de ser constante pauta de tu trayectoria, de lo cual podemos dar fe:
“No vendo el corazón como es costumbre
y precio indispensable
para salvar la piel
en este redil de mansedumbre”.
Desde entonces hasta el mismo día de hoy has mantenido tus compromisos fielmente, allí donde la vida te ha ido llevando: docencia, trabajo en los barrios (¡cuántos planes intentados y coordinados en esta nuestra “zona norte”!), militancia socialista y concejalía en el Ayuntamiento de Granada… Y siempre con algunas ideas muy claras, tan claras que sólo la poesía permite que no queden oscurecidas:
“¡En nuestro mundo avanzado,
contra el pobre y el distinto
cuánto dolor destilado!
Me pongo junto a su vera:
que nadie es mejor que nadie.
¡Qué verdad más verdadera!”
Son versos de “peregrino”, como te consideras, sabiendo que no hay morada definitiva. En el camino, sin embargo, es bueno dejarse acompañar por aquello que hace la vida agradable: la música, por ejemplo. ¿Por qué no Mozart?
“Flores, ciudades
de la alameda
de la memoria,
Lágrimas, brisas,
quebrantos, glorias,
muertes y vidas
suenan a Mozart.”
Tu mejor compañía bien sabemos cuál ha sido y es, la de Charo, mujer de tus sueños y desvelos, “tu mar, tu patria, tu territorio decisivo”, según tus propias palabras. “La sombra azul del ciprés” es silencioso testigo de vuestro amor, como sabemos gracias a sigilosas palabras escapadas de la intimidad para ser escogidas piezas de bellos poemas.
Y es esa compañía, a la vez nutrida con la de vuestras hijas María del Mar y Alicia, la que ha sido, tras la “Estrella Inalcanzable” que les enseñaste a mirar desde pequeñas, tu más fuerte soporte en el ir y venir por el laberinto de una vida militante. En ella tu corazón ha estado abierto a todo y a todos, con sensibilidad desbordada, con sentir sin límites. Has sentido como propio todo sufrimiento humano del que tuvieras noticia, te has indignado con cuantas situaciones de violencia y humillación que han llegado a tus oídos: las madres argentinas, las víctimas de atentados terroristas, los desplazados de Darfour, los presos de Guantánamo, las mujeres maltratadas, los jóvenes en paro… Y los que nos tocan más de cerca: nuestra gente del Polígono, de Almanjáyar, de las barriadas de nuestra ciudad, de las esquinas de nuestras calles. Prostitutas, drogadictos, ancianos… te han interpelado y siempre les has respondido. Como te interpelan los inmigrantes, los cuales, si no naufragan en nuestras costas, naufragan en nuestra sociedad en lo que acaba siendo un sinsentido “consentido”. Y como dices respecto a tantas cosas, no es un mero juego de palabras. De todos ellos viene el aguijón que espolea tu conciencia, el que hizo que incluso en el sillón de plenos del Ayuntamiento de nuestra ciudad no te sintieras a gusto por el distanciamiento que marcabas hacia el pequeño poder que suponía.
Siempre has dicho que eres “tan solo un hombre”. De eso esa trata. ¿O es que es poco? Es lo máximo, puesto a serlo a fondo y en plenitud. Es el misterio que se convierte en milagro, pues como escribiste tiempo ha
“Es milagro
abrigar esperanzas,
cuando silba la muerte de cuando en cuando”.
“Tiempo y muerte que giran en tiránica ruleta”, ¿no es cierto? Mas para eso estamos, para hacer frente a todas las tiranías, a todo destino impuesto, a toda esclavitud contraria a la libertad, también la heredada libertad de los hijos de Dios –dicho laicamente, que es como debe ser dicho-. Por ello, libre, en el Viernes Santo que es la historia, como diría el patriarca filosófico Hegel, puedes formular poéticamente, con palabras parecidas a las de León Felipe en su exilio mexicano, tu más hondo sentir:
“Muere Dios marginado en las ciudades,
en los barrios del hambre y la heroína.
Dios muerto de miseria en las esquinas
y su mortal pasión no importa a nadie.
Cristo muere en Darfour, cuello y cuchillo.
En Santiago de Cuba, amordazado.
En Guantánamo, muere enloquecido.
Cristo muere en Irak, amortajado
de metralla o cadena. Sometido.
Cada cadáver, Cristo aniquilado.
Abandonado al cáliz del olvido,
océano de muertes sin justicia,
Cristo ha muerto de muerte desmedida.
Ha muerto Dios, dejado de sí mismo,
sin consuelo, sin paz. ¿Y el tercer día?”
¿Dónde queda el punto final? ¿En qué queda el siempre anhelado “tercer día”? ¿Cuál es la razón de nuestra esperanza?
Gracias, Miguel, por darnos razón de tu esperanza, aun en medio de abandonos. Gracias por tu hacer y por tu decir, ese decir tan volcado en los versos tuyos a los que he ido dando lectura –todos los versos son de tus poemas, “poeta del pueblo”, como tu tocayo Miguel Hernández- entre mis palabras, cariñosas palabras de homenaje mío y nuestro a quien lo tiene más que merecido.
José Antonio Pérez Tapias
Granada, Barriada de la Paz, 9 de marzo de 2008