miércoles, 28 de enero de 2009

Obama: ¿un "gran hombre"?










Barack H. Obama - G.W.F.Hegel
José Antonio Pérez Tapias
Diputado socialista

Estos son días en los que parece reeditarse la teoría de que los “grandes hombres” hacen la historia. Tanto es así que un Hegel redivivo que hubiera presenciado cómo Obama era aclamado no sólo por los suyos, sino por todo el mundo, al tomar posesión de la presidencia de los EEUU, habría escrito algo parecido a lo que dijo, con la Fenomenología del Espíritu recién acabada, tras ver a Napoleón victorioso por las calles de Jena: “He ahí la encarnación del espíritu absoluto”. Ya no iría a caballo “el espíritu del mundo”, pero sí cabalgando sobre nuevas tecnologías para llevar su mensaje a todo el planeta.

Como verificando las afirmaciones hegelianas en Lecciones sobre la filosofía de la historia universal acerca de “los grandes hombres” que, encarnando “el espíritu de su pueblo”, “guían a ese pueblo conforme al espíritu universal”, Barack H. Obama ha convocado a los estadounidenses a un gran cambio en su país y en el mundo. La necesidad del mismo y la capacidad para hacerlo –yes, we can- fue eje de su campaña. Quien era “candidato improbable”, según decía de sí, fue desgranando su programa para una sanidad pública, para mejores escuelas, para acabar con las guerras en que su nación está metida y para las reformas frente a la grave crisis económica; además contagió entusiasmo a millones de personas, dándoles motivos para la “audacia de la esperanza”.

Allende las fronteras estadounidenses también hemos percibido la fuerza de un discurso inspirado en A. Lincoln y su abolición de la esclavitud –¡incluyendo viaje en tren desde Filadelfia a la capital federal!-, en F.D. Roosevelt y su orientación social, en J.F. Kennedy y su apelación a la responsabilidad, en M. Luther King y su lucha por los derechos civiles. Quien, aunque sin proceder de afroamericanos esclavos, es el primer presidente negro de su país, hijo de padre keniata y madre americana, desde el mestizaje que abiertamente asume ha invitado a sus conciudadanos, bajo el lema “somos un pueblo”, a trascender las diferencias para recuperar el proyecto común del “sueño americano” de libertades y oportunidades para todos. Quien ha ganado el apoyo mayoritario de la ciudadanía, sin eludir las aristas de la cuestión racial, los problemas domésticos de un gigante económico o las situaciones internacionales en las que está inmersa una potencia necesitada de alianzas, no ha dejado de lanzar mensajes sobre la lucha contra la pobreza y el cambio climático, sobre la necesidad de acabar con la guerra de Irak y de afrontar multilateralmente el terrorismo y los conflictos que desgarran un mundo globalizado. El que enfrenta a Israel con los palestinos es especialmente grave, como se ha constatado una vez más con la invasión israelí de Gaza. Obama ha prometido intransigencia frente al cinismo político y las presiones de los lobbies. ¿Podrá tanto?

¿Estamos ante un relevo presidencial que significa tanto como un desmentido a las tesis del fin de la historia? Quizá el presidente Zapatero mostrara un exceso de confianza cuando, con ecos de Hannah Arendt, valoraba la elección de Obama como “muestra de la capacidad de la política para producir nuevos comienzos”. Pero, sin duda, esa apreciación es mucho más atinada que la del ex-presidente Aznar desbarrando al calificarla de “exotismo histórico” –prueba de su anacronismo histórico-. Lo cierto es que las esperanzas puestas en el nuevo presidente son muchas, con el riesgo de un desmesurado mesianismo. Puede pensarse que Obama lo ha nutrido, identificándose con la figura de Josué desde esa mezcla de patriotismo y religiosidad que ya reflejó Tocqueville en La democracia en América. Mas también ha insistido Obama en que todos forman parte de la “generación de Josué”, llamada a entrar en el país anunciado por la promesa que les ha conformado. No habrá logros sin participación colectiva.

Las pruebas serán muchas, empezando por Guantánamo. Y se frustrarán expectativas, pues son demasiadas. Ni el presidente de EEUU se libra de que no siempre coincidan gobierno posible y poder suficiente. El criticismo histórico-materialista desconfía de visiones idealistas. Con todo, si nuestra época ya no está para una épica de “grandes hombres” ajena a la prosa de la democracia, sería necio no aprovechar una gran oportunidad. Al futuro que ella abre pueden referirse estos versos de Walt Whitman: “¿Has superado a los demás? ¿Eres tú el Presidente?/Eso no tiene importancia: todos llegarán y aun irán más lejos”.

[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 819 (26 de enero 2009), p. 39]