José Antonio Pérez TapiasEn su crítica a los representantes de la economía clásica, Keynes los comparaba a quienes se afanaban en defender la geometría euclidiana para entender un mundo no euclidiano. Pero si nuestro mundo es no euclidiano, todavía no hemos encontrado la geometría que nos lo explique adecuadamente; incluso la keynesiana se nos queda corta para la economía de un mundo globalizado. En éste los Estados ya no controlan las políticas monetarias, los flujos financieros requieren regulaciones supraestatales, oferta y demanda no se circunscriben a lo que ocurre en un mercado nacional, los incentivos para el consumo no deben diseñarse sin criterios de sostenibilidad medioambiental, las políticas de empleo no pueden acometerse pensando en un solo país y no cabe utilizar los recursos energéticos como si viviéramos en un mundo sin límites.
Al reunirse en Washington los mandatarios de los países que pesan en la economía mundial para afrontar la crisis financiera internacional, el resultado es un catálogo de buenas intenciones: coordinar las políticas financieras, regular el mercado de capitales, controlar mejor las actividades bancarias y evitar la codicia en el capitalismo actual –apelación ética que nunca hace daño-. Salvo la previsión de nuevas reuniones del G 20 (+ X) –parece implícito el adiós al G 8-, para dar concreción a esfuerzos reguladores que no hay que infravalorar, la anunciada “refundación del capitalismo” no da para más. Seguramente el capitalismo no se deja tratar como objeto de refundación alguna. Lo operativo será reformar el FMI y el Banco Mundial.
Es cierto que no faltan aquí y allá referencias a la economía productiva, al desempleo de millones de trabajadores, al crédito que no llega a las empresas, a la caída del consumo que ahonda la recesión, pero todo eso queda en el ámbito de cada Estado. Hacer de la necesidad virtud en lo que se refiere a las inyecciones financieras que los gobiernos de muchos países han aplicado para salvar los respectivos sistemas bancarios no es fácil. Resulta poco convincente si no se traduce en alivio de la crisis en que se ve sumida la economía real. Para colmo, a poco que los causantes de la crisis, o quienes les han amparado políticamente, se han visto liberados del peso de la misma debido a las ayudas públicas, no tardan en retomar las apologías del libre mercado y abominar del intervencionismo estatal. Se lo oímos a Bush en su despedida ante sus huéspedes del G 20. No vamos a negar que entre éstos, como entre los líderes de la UE, se dan diferencias a ese respecto, mas pasan a segundo plano ante discutibles propuestas de reducción de impuestos. No es buen camino para alternativas socialdemócratas con el acento en inversiones públicas y políticas sociales. Sin una fiscalidad progresiva y sostenible no se podrá hacer mucho, pues las iniciativas se verán frenadas por el temor al incremento del déficit.
¿Qué decir en cuanto a lucha contra la pobreza, ayuda al desarrollo y hacer frente al cambio climático? Aunque a estos temas sólo hubo genéricas alusiones en la cumbre de Washington, el presidente Zapatero –y España con él- está fuertemente comprometido en tales cuestiones, y no tan sólo por lo que apenas pudo decir en su intervención, sino, en coherencia con las medidas que impulsa su gobierno, por las expectativas suscitadas con su empeño por estar allí. El haberlo conseguido desde la convicción de que era un momento crucial como arranque de una “nueva etapa” –en ningún momento dejó de ser Obama, como presidente electo de EEUU, el protagonista ausente de la reunión-, tendrá pleno valor si tal reconocimiento de España se traduce en capacidad para desempeñar, sin trajes de tallas que no nos corresponden, un papel propio catalizando alternativas viables al modelo neoliberal. Será importante buscar alianzas, dentro y fuera de la UE –es hora, por ejemplo, de acuerdos con Brasil más allá de lo relativo a la lengua-, con miras a superar transformaciones en el capitalismo que no pasarán de cambios lampedusianos, para ir hacia una transformación del mismo que trascienda la retórica de su refundación. Para la economía global que abarca el planeta hace falta una nueva geometría. Uno de sus axiomas es la no existencia de paraísos fiscales, premisa imprescindible para cualquier intento de nuevo orden económico internacional. Mientras los haya, la opacidad del capital jugará contra los ciudadanos. Ahí anduvo fino Zapatero.
[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 811 (24 de noviembre de 2008), p. 43]











