

José Antonio Pérez Tapias
Las instituciones tienden a perpetuarse. Así es salvo que sean absorbidas por otras más fuertes o desmanteladas desde otras más poderosas. Casos paradigmáticos encontramos en la historia de las religiones, la historia política o la historia económica. Desde los conflictos entre órdenes religiosas hasta las pugnas en el mundo empresarial, pasando por los recovecos de la política, se comprueba que las instituciones inventadas por los humanos conllevan la tendencia a una “cuasihegeliana” lucha por la perdurabilidad. No es causa menor el empeño de sus burócratas en lograr que la organización perviva, pues, viviendo de ella, acaban sometiendo los fines institucionales a sus intereses particulares. Y si esto es pauta que la sociología confirma, hallamos un ejemplo de su vigencia en la OTAN como institución de una alianza militar. No le ha llegado el momento de su disolución, como le sobrevino en su día a la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta o a la Arqué, dirigida por Atenas. Que nadie se alarme: sería extemporánea cualquier reedición de un “No a la OTAN”, pero algo se puede decir al respecto.
Nacida la Organización del Tratado del Atlántico Norte para frenar el comunismo en Europa tras la Segunda Guerra mundial, ha sobrevivido a los regímenes de la órbita soviética, redefiniendo sus objetivos tras el colapso de la URSS. La OTAN no se ha disuelto al desaparecer el antagonista Pacto de Varsovia. Por el contrario, ha reenfocado sus tareas hacia la lucha contra el terrorismo (ineficaz presencia en Afganistán), dando también cabida entre ellas a intervenciones en nombre del “derecho de injerencia” por motivos humanitarios (bombardeos en Serbia) –imposible disipar la sombra de otros intereses-. Se ha ampliado al admitir en su seno a Estados poscomunistas de Europa oriental, estando a sus puertas Georgia y Ucrania. Hoy, sin embargo, nos topamos con que la expansión de una OTAN en busca de nueva identidad también se ha revelado problemática en la reciente crisis del Cáucaso.
Rusia, dispuesta a recuperar el papel de potencia que tuvo con la URSS, ha reaccionado con gran dureza a la intervención del ejército georgiano en Osetia del Sur el pasado 8 de agosto. También ésta fue muy agresiva, con la pretensión de recuperar para su Estado la soberanía sobre un territorio incluido en la Georgia que se independizó en 1991. Rusia, no sólo se ha impuesto militarmente, sino que ha reconocido la independencia de esa Osetia así como, de camino, la de Abjasia. El presidente georgiano Saakashvili, con un error de cálculo sólo explicable por mal aconsejado –no insistiremos en el papel de los asesores estadounidenses, pero sí en ese irresponsable optimismo que, según Paul Samuelson, se apresura a ver un comienzo de tiempos mejores donde nada lo garantiza-, fue a por lana y desgraciadamente todo el país salió trasquilado. Sin hacer apología de la actuación rusa, se puede afirmar que en todo ello ha habido desafortunados antecedentes sembrados por otros, los cuales han contribuido a la trama que ha tenido, por ahora, ese desenlace. No es menor el precedente de la independencia reconocida a Kosovo –después, coartada justificatoria para una Rusia que redefine su espacio de influencia-, de la que España prudentemente se distanció.
Concluir que las actuaciones y planes de una OTAN hegemonizada por EEUU han marcado en parte el curso de los acontecimientos no es una exageración. Considerar que la UE, bajo la presidencia francesa de turno, ha tenido un digno papel de mediadora, aun desde su debilidad por no tener política de defensa común, no es un desvarío. Y proponer para la región una política internacional en la que pese menos la OTAN y más una UE dispuesta a jugar las bazas que le permiten tejer la unidad desde la pluralidad es apostar por un futuro de convivencia en un mundo multipolar. Quizá la institucionalización supraestatal de Europa como metanación –así la llama Edgar Morin- se vea reimpulsada a partir de lo que el filósofo Karl Jaspers, tras la barbarie del nazismo, deseaba para ella: que encontrara su salvación a partir de su impotencia. Es buen proyecto hacer valer desde ahí los resortes de un poder democrático para hacer de ella eso que Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, ha llamado una “potencia tranquila”. Como bien dice, una OTAN más limitada es la que “sería útil como marco de cooperación militar entre la Unión Europea y Estados Unidos”.
[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 803 (29 se septiembre de 2008), p. 42]
Las instituciones tienden a perpetuarse. Así es salvo que sean absorbidas por otras más fuertes o desmanteladas desde otras más poderosas. Casos paradigmáticos encontramos en la historia de las religiones, la historia política o la historia económica. Desde los conflictos entre órdenes religiosas hasta las pugnas en el mundo empresarial, pasando por los recovecos de la política, se comprueba que las instituciones inventadas por los humanos conllevan la tendencia a una “cuasihegeliana” lucha por la perdurabilidad. No es causa menor el empeño de sus burócratas en lograr que la organización perviva, pues, viviendo de ella, acaban sometiendo los fines institucionales a sus intereses particulares. Y si esto es pauta que la sociología confirma, hallamos un ejemplo de su vigencia en la OTAN como institución de una alianza militar. No le ha llegado el momento de su disolución, como le sobrevino en su día a la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta o a la Arqué, dirigida por Atenas. Que nadie se alarme: sería extemporánea cualquier reedición de un “No a la OTAN”, pero algo se puede decir al respecto.
Nacida la Organización del Tratado del Atlántico Norte para frenar el comunismo en Europa tras la Segunda Guerra mundial, ha sobrevivido a los regímenes de la órbita soviética, redefiniendo sus objetivos tras el colapso de la URSS. La OTAN no se ha disuelto al desaparecer el antagonista Pacto de Varsovia. Por el contrario, ha reenfocado sus tareas hacia la lucha contra el terrorismo (ineficaz presencia en Afganistán), dando también cabida entre ellas a intervenciones en nombre del “derecho de injerencia” por motivos humanitarios (bombardeos en Serbia) –imposible disipar la sombra de otros intereses-. Se ha ampliado al admitir en su seno a Estados poscomunistas de Europa oriental, estando a sus puertas Georgia y Ucrania. Hoy, sin embargo, nos topamos con que la expansión de una OTAN en busca de nueva identidad también se ha revelado problemática en la reciente crisis del Cáucaso.
Rusia, dispuesta a recuperar el papel de potencia que tuvo con la URSS, ha reaccionado con gran dureza a la intervención del ejército georgiano en Osetia del Sur el pasado 8 de agosto. También ésta fue muy agresiva, con la pretensión de recuperar para su Estado la soberanía sobre un territorio incluido en la Georgia que se independizó en 1991. Rusia, no sólo se ha impuesto militarmente, sino que ha reconocido la independencia de esa Osetia así como, de camino, la de Abjasia. El presidente georgiano Saakashvili, con un error de cálculo sólo explicable por mal aconsejado –no insistiremos en el papel de los asesores estadounidenses, pero sí en ese irresponsable optimismo que, según Paul Samuelson, se apresura a ver un comienzo de tiempos mejores donde nada lo garantiza-, fue a por lana y desgraciadamente todo el país salió trasquilado. Sin hacer apología de la actuación rusa, se puede afirmar que en todo ello ha habido desafortunados antecedentes sembrados por otros, los cuales han contribuido a la trama que ha tenido, por ahora, ese desenlace. No es menor el precedente de la independencia reconocida a Kosovo –después, coartada justificatoria para una Rusia que redefine su espacio de influencia-, de la que España prudentemente se distanció.
Concluir que las actuaciones y planes de una OTAN hegemonizada por EEUU han marcado en parte el curso de los acontecimientos no es una exageración. Considerar que la UE, bajo la presidencia francesa de turno, ha tenido un digno papel de mediadora, aun desde su debilidad por no tener política de defensa común, no es un desvarío. Y proponer para la región una política internacional en la que pese menos la OTAN y más una UE dispuesta a jugar las bazas que le permiten tejer la unidad desde la pluralidad es apostar por un futuro de convivencia en un mundo multipolar. Quizá la institucionalización supraestatal de Europa como metanación –así la llama Edgar Morin- se vea reimpulsada a partir de lo que el filósofo Karl Jaspers, tras la barbarie del nazismo, deseaba para ella: que encontrara su salvación a partir de su impotencia. Es buen proyecto hacer valer desde ahí los resortes de un poder democrático para hacer de ella eso que Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, ha llamado una “potencia tranquila”. Como bien dice, una OTAN más limitada es la que “sería útil como marco de cooperación militar entre la Unión Europea y Estados Unidos”.
[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 803 (29 se septiembre de 2008), p. 42]

