lunes, 29 de septiembre de 2008

Menos OTAN y más Unión Europea




José Antonio Pérez Tapias

Las instituciones tienden a perpetuarse. Así es salvo que sean absorbidas por otras más fuertes o desmanteladas desde otras más poderosas. Casos paradigmáticos encontramos en la historia de las religiones, la historia política o la historia económica. Desde los conflictos entre órdenes religiosas hasta las pugnas en el mundo empresarial, pasando por los recovecos de la política, se comprueba que las instituciones inventadas por los humanos conllevan la tendencia a una “cuasihegeliana” lucha por la perdurabilidad. No es causa menor el empeño de sus burócratas en lograr que la organización perviva, pues, viviendo de ella, acaban sometiendo los fines institucionales a sus intereses particulares. Y si esto es pauta que la sociología confirma, hallamos un ejemplo de su vigencia en la OTAN como institución de una alianza militar. No le ha llegado el momento de su disolución, como le sobrevino en su día a la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta o a la Arqué, dirigida por Atenas. Que nadie se alarme: sería extemporánea cualquier reedición de un “No a la OTAN”, pero algo se puede decir al respecto.
Nacida la Organización del Tratado del Atlántico Norte para frenar el comunismo en Europa tras la Segunda Guerra mundial, ha sobrevivido a los regímenes de la órbita soviética, redefiniendo sus objetivos tras el colapso de la URSS. La OTAN no se ha disuelto al desaparecer el antagonista Pacto de Varsovia. Por el contrario, ha reenfocado sus tareas hacia la lucha contra el terrorismo (ineficaz presencia en Afganistán), dando también cabida entre ellas a intervenciones en nombre del “derecho de injerencia” por motivos humanitarios (bombardeos en Serbia) –imposible disipar la sombra de otros intereses-. Se ha ampliado al admitir en su seno a Estados poscomunistas de Europa oriental, estando a sus puertas Georgia y Ucrania. Hoy, sin embargo, nos topamos con que la expansión de una OTAN en busca de nueva identidad también se ha revelado problemática en la reciente crisis del Cáucaso.
Rusia, dispuesta a recuperar el papel de potencia que tuvo con la URSS, ha reaccionado con gran dureza a la intervención del ejército georgiano en Osetia del Sur el pasado 8 de agosto. También ésta fue muy agresiva, con la pretensión de recuperar para su Estado la soberanía sobre un territorio incluido en la Georgia que se independizó en 1991. Rusia, no sólo se ha impuesto militarmente, sino que ha reconocido la independencia de esa Osetia así como, de camino, la de Abjasia. El presidente georgiano Saakashvili, con un error de cálculo sólo explicable por mal aconsejado –no insistiremos en el papel de los asesores estadounidenses, pero sí en ese irresponsable optimismo que, según Paul Samuelson, se apresura a ver un comienzo de tiempos mejores donde nada lo garantiza-, fue a por lana y desgraciadamente todo el país salió trasquilado. Sin hacer apología de la actuación rusa, se puede afirmar que en todo ello ha habido desafortunados antecedentes sembrados por otros, los cuales han contribuido a la trama que ha tenido, por ahora, ese desenlace. No es menor el precedente de la independencia reconocida a Kosovo –después, coartada justificatoria para una Rusia que redefine su espacio de influencia-, de la que España prudentemente se distanció.
Concluir que las actuaciones y planes de una OTAN hegemonizada por EEUU han marcado en parte el curso de los acontecimientos no es una exageración. Considerar que la UE, bajo la presidencia francesa de turno, ha tenido un digno papel de mediadora, aun desde su debilidad por no tener política de defensa común, no es un desvarío. Y proponer para la región una política internacional en la que pese menos la OTAN y más una UE dispuesta a jugar las bazas que le permiten tejer la unidad desde la pluralidad es apostar por un futuro de convivencia en un mundo multipolar. Quizá la institucionalización supraestatal de Europa como metanación –así la llama Edgar Morin- se vea reimpulsada a partir de lo que el filósofo Karl Jaspers, tras la barbarie del nazismo, deseaba para ella: que encontrara su salvación a partir de su impotencia. Es buen proyecto hacer valer desde ahí los resortes de un poder democrático para hacer de ella eso que Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, ha llamado una “potencia tranquila”. Como bien dice, una OTAN más limitada es la que “sería útil como marco de cooperación militar entre la Unión Europea y Estados Unidos”.

[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 803 (29 se septiembre de 2008), p. 42]

domingo, 14 de septiembre de 2008

Trabajadores


JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

Paradójicamente, cuando aumenta el desempleo “vuelven” los trabajadores. ¿Cómo que vuelven? Me explicaré. Estaban aquí, por supuesto, pero no se notaba mucho. Es verdad que todo venía funcionando gracias al trabajo diario de millones de personas, pero de los trabajadores sólo se hablaba al ocurrir la desgracia no natural de un accidente laboral o al presentarse alguna huelga que en algún lugar alterara el ritmo de los acontecimientos o, mejor, de las noticias. Y lo que está sucediendo ahora, precisamente a golpe de noticias que machaconamente nos advierten de que estamos en crisis, es que, al perderse puestos de trabajo, los trabajadores vuelven a la escena pública. Y lo hacen, aunque sea engrosando las listas del paro.
El que se hagan notar los trabajadores en la esfera pública de nuestra sociedad, y el que cobremos conciencia de ello, es algo parecido a lo que contaba Ernesto Sábato de los argentinos durante los años de esa crisis durísima que quedó para la historia como la del “corralito”. Decía el autor de El túnel que dicha crisis había hecho que los argentinos se reconocieran como latinoamericanos, pues les había obligado a dejar atrás, especialmente a los bonaerenses, ese aire elitista de quienes se pensaban más cerca de Europa que compartiendo destinos con otros sudamericanos. Salvemos las distancias, pero hay que reconocer que nos ha pasado otro tanto después de una década larga de bonanza económica, de revolución de las nuevas tecnologías, de capitalismo financiero, de expansión inmobiliaria, de crecimiento económico, de consumo desaforado en un país con demasiado de “nuevo rico”. ¿Quién hace de la condición de trabajador su carta de presentación –no diré ya de la de obrero o de empleado-? Es cierto que la flexibilidad laboral –eufemismo para referirnos a la inestabilidad laboral en virtud de más fácil despido-, la precariedad y hasta el “trabajo negro” en la economía sumergida han dado lugar a lo que el sociólogo norteamericano Richard Sennett ha llamado la “corrosión del carácter”, debilitando lo que el trabajo y los vínculos profesionales significaban en la configuración psíquica de las personas y, por ende, en la conformación de su identidad.

Si el trabajo permanece como imprescindible en la vida de las personas y necesario en la dinámica de la sociedad, en estos años pasados se ha infravalorado su significado y su importancia. Recuerdo a ese respecto el diagnóstico sociológico, que hasta el mismo filósofo Habermas hizo suyo, acerca del final de la “sociedad de trabajo”, teniendo en cuenta esa relativización de lo laboral en la vida social y la pérdida de peso del trabajo como factor de producción, dado el empuje del representado por el conocimiento científico-técnico y por las nuevas formas de obtenerlo y difundirlo a través de las tecnologías de la información y de la comunicación. Por eso pasamos a hablar de la “sociedad del conocimiento”. Mas también en ésta hay que seguir trabajando, y no sólo en los cualificados puestos de la economía de la época digital o de las tecnologías punteras, sino en otros muchos alejados de las “industrias limpias” o de los nuevos negocios abiertos al calor del mercado global. Es más, lo que se ha presentado con la reforzada alianza entre tecnología y capital son nuevos factores de desigualdad, los que provocan la “divisoria digital”. El acceso a las nuevas tecnologías en la formación profesional y en el ejercicio del trabajo mismo es elemento decisivo en la reestratificación social. Ocurre, sin embargo, que todo ello queda muy diluido por la individualización de las problemáticas que en nuestra sociedad se ha promovido desde el mismo sistema económico, en movimiento paralelo a la privatización de todo lo público también potenciada desde el sistema en que estamos inmersos. Siendo así, se ha perdido el rastro de lo que llamábamos “conciencia de clase”, lo cual, además de responder a la reubicación subjetiva de los individuos adscribiéndose a las clases medias, comporta la consecuencia de desarticular los mecanismos de socialización y los modos de resistencia que habían caracterizado a los trabajadores, incluso entendiendo tal categoría en sentido amplio como para abarcar a obreros, trabajadores del campo y del mar, empleados, funcionarios y determinados sectores profesionales. La crisis del movimiento sindical, descontados elementos internos, tiene mucho que ver con ello.

Un síntoma de la falsa salida de los trabajadores de la escena pública lo hemos encontrado durante los pasados lustros en el mismo discurso político. Podemos hacer una observación previa: si a la generalidad de los individuos pasó a costarles identificarse como trabajadores, ¿quién se iba a dirigir en tales términos a ellos desde el ámbito político? Se puede añadir que, aun explicando que no se hiciera, ha habido mucho de claudicación ideológica en la izquierda en tanto que dejó de hacerlo. Otros discursos desplazaron al que se abandonó. Uno de ellos ha sido el articulado en torno al consumo: ya que no nos vemos como productores, pensémonos en función de aquello otro que hacemos, es decir, en función del consumo. Ha sido victoria de la “sociedad de consumo”, con su consumismo compulsivo, que todos nos identifiquemos con el papel de consumidores. El otro discurso que ha reemplazado al que hacía referencia a los trabajadores ha sido el destinado a los emprendedores, como categoría social emergente en los tiempos de una nueva economía, obviando que se trataba de una economía capitalista muy competitiva. Al prescindir de ese dato constituyente se pasaba por alto que emprendedores no podían ser todos, ya no todos los trabajadores, como si pudiera dejar de haber trabajadores dependientes, sino tampoco todos los trabajadores autónomos. Como el mismo Manuel Castells hacía notar en sus obras, aun con su entusiasmo por la “sociedad de la información”, por cada emprendedor exitoso en su recorrido desde la condición de trabajador que se hace autónomo y acaba de empresario, hay miles que se quedan en el camino. El ideal que se ha propuesto a los potenciales emprendedores ha consistido en una traslación a nuestro momento y lugar del mito del “hombre que se hace a sí mismo” de honda raigambre en la sociedad estadounidense. Nada se ha querido saber siquiera de la mezcla de “cultura del dinero” y de “cultura de adicción al trabajo” que la “cultura emprendedora ponía en marcha, como bien recordaba el mencionado Castells. Por ello, hoy parece conveniente aparcar el discurso de los emprendedores, pues la crisis deja escaso margen para transitar por esos derroteros. Hay que afrontar una realidad en la que de nuevo emergen los trabajadores. Por el camino quedó algo que puede costar mucho recuperar: la solidaridad que entre trabajadores se cultivó y que fue alma del movimiento obrero.

Ahora, en medio de una crisis que convoca a esa solidaridad para salir de ella, máxime a la vista del incremento de los índices de paro, los trabajadores van a hacerse presentes en el espacio público formulando alternativas y articulando resistencias. Corresponde a sus representantes políticos y sindicales encauzar eso mismo en el mejor clima posible de diálogo social. Olvidar las claves solidarias de todo ello puede comportar una miopía tan grave como la que no deja ver que trabajadores son también los millones de inmigrantes que en España realizan o han realizado honesta y dignamente su trabajo, o como la que puede llevar al peligroso error de buscar en la inmigración el chivo expiatorio de la crisis que todos padecemos. En el trato a los inmigrantes en tiempos de crisis se juega el sentido de esta vuelta a la escena pública de los trabajadores, así como, una vez más, la calidad ética de la democracia española.

(Artículo publicado en el diario IDEAL de Granada el 10 de septiembre de 2008)
(Imagen: Il Quarto Stato)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Aquí y en Pekín: pragmatismo universal


JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

El pasado 20 de agosto, ante los fallecidos en el accidente aéreo de Barajas se deshilachaba el nacionalismo deportivo alentado por las medallas obtenidas por destacados deportistas españoles. La catástrofe relativizaba todo. No obstante, aun con sentimientos tan dolorosos, se retomó el hilo de los Juegos Olímpicos de Pekín, tragándonos que nuestros deportistas no pudieran llevar brazalete de luto, que se vetara un minuto de silencio o que la bandera de España no ondeara a media asta. Se adujo que en las Olimpiadas no se puede hacer ostentación de posiciones ideológicas, políticas o religiosas. El pragmatismo del COI amparó una interesada confusión. Nuestro dolor no era ni ideológico, ni político ni confesional. Era, sencillamente, humano, pero en las Olimpiadas pesan más otras cosas, a pesar de la humanidad de sus protagonistas o, a veces, contra ella.
Los hechos confirman que ante un acontecimiento mundial como unas Olimpiadas las vidas de los individuos son asunto menor. ¿Extraña eso? Cuando hace años se eligió Pekín como sede olímpica se condicionó a que se produjeran avances respecto a derechos humanos –¡de los individuos!-. Supongamos que tal condición se vio acompañada desde la sociedad china por demandas de reconocimiento simbólico de las víctimas de la represión, como aquel estudiante que, armado de dignidad, detuvo a los tanques que entraban en la plaza de Tiananmen para acabar con la primavera democratizadora de 1989. Si respecto a esa hipótesis nada se ha visto y tampoco respecto a verificación de logros en cuanto a derechos, ¿debieron celebrarse entonces los Juegos? La decisión se tomó a sabiendas de que ellos tendrían lugar independientemente de esas variables ético-políticas. Con el precedente de Seúl 88, se nutría la esperanza de que su dinámica impulsara un proceso, aunque lento, de democratización, apelando a que los chinos también han de poder hacer pausadamente su transición.
Con todo, en 2008, por mucho que desde el Tíbet se plantearan legítimas reivindicaciones, ¿quién iba a negar a China sus Juegos Olímpicos? ¿Quién iba, de verdad, a boicotear una inauguración que a la postre sería además esplendorosa, también como recordatorio de lo que Marx llamaba “modo de producción asiático”? ¿Quién iba a utilizar la plataforma de competiciones retransmitidas a millones de espectadores para defender derechos de presos políticos o de condenados a muerte? Desde luego, no Estado alguno de país cuyos deportistas fueran a participar. Es más, a éstos, desde el COI y por los debidos conductos, se les dijo que nada de meterse en política –¡qué mal suena esa consigna de apoliticismo!-. China, la mayor potencia emergente, tiene un protagonismo indiscutible en un mundo globalizado. Hay que contar con ella y nadie quiere verse descontado de la lista de países interesantes para un gigante de 1500 millones de consumidores. ¿Cómo estropear buenos negocios con quejas sobre derechos humanos? Declaraciones como las del presidente Bush al aterrizar en Pekín para la ceremonia inaugural, con su déficit de legitimidad por venir de quien sostiene Guantánamo, no eran creíbles.
¿Y qué iba a hacer España, aun habiendo propuesto una moratoria internacional respecto a la pena capital? Transitar por la vía pragmática de la realpolitik. En presencia de Hu Jintao no íbamos a olvidar a Deng Xiaoping, quien en los ochenta, dejada atrás la “larga marcha” maoísta, estaba ya en otra orientada por el principio de que no es relevante que el gato sea blanco o negro, pues lo que importa es que cace ratones. Expresaba la ideología de la “reforma” hacia una economía flexible y productiva, y de la “apertura” al mundo como gran mercado, a la vez que se decía que los derechos humanos eran “invento de Occidente”. Y los occidentales aquí estamos, imbuidos de pragmatismo, pero con mala conciencia, frente al pragmatismo cínico de un partido comunista dedicado a promover un capitalismo autoritario. Paradojas de la historia. Pero puestos a seguir siendo pragmáticos, no hay por qué empeñarse en hacer de la necesidad virtud; a veces no se puede. Mejor será romper brecha entre una ingenuidad que hasta puede ser arrogante y un cinismo siempre descarado. Y hablando del pragmatismo como ideología queda pedir disculpas a representantes del pragmatismo filosófico como Dewey o Rorty, aunque sintiendo que no hayan convencido de que su pensamiento no venía como anillo al dedo del capitalismo.

[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 799 (1 de sept.de 2008), p. 40]