viernes, 22 de agosto de 2008

"¡Es el capitalismo!"


JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

En la novela ‘Los demonios’ de Dostoievski, el gobernador Lembke gritaba perplejo “¡Es el nihilismo!”, cuando se percató de que ésa era la raíz de la violencia que asolaba Rusia hacia la mitad del siglo XIX. En nuestros días, cualquier persona que repare en lo que supone la crisis económica en que estamos inmersos –no sólo en España, por cierto- puede acabar gritando “¡Es el capitalismo!”. De eso se trata en estos momentos –y de ahí la perplejidad al toparse con lo obvio-, de una crisis del capitalismo, siendo verdad además que entre éste y el nihilismo hay una estrecha relación. El que sea motivo de chocante sorpresa el descubrir nuestro mundo como modelado por el capitalismo se debe a que muchos olvidan que es el sistema económico dentro del cual transcurren nuestras vidas. Incluso forma parte de su funcionamiento el hecho de que perdamos la capacidad para analizarlo con cierta distancia. Es más, los mecanismos ideológicos que lo encubren y legitiman logran que dé reparo denominarlo por su nombre. Hasta cuesta trabajo usar la palabra “capitalismo”. Eso, por una parte, puede entenderse como traslación al innombrable sistema de la prohibición de nombrar a Dios, como ocurre en el judaísmo, que no es sino muestra de haber convertido en ídolo la organización de lo económico en torno al capital. Pero, por otra, la resistencia a nombrar aquello que de forma tan determinante nos condiciona responde también a un proceso de naturalización de lo que es producto humano, lo cual llega al punto de ocultar su génesis histórica. Al considerar el capitalismo como algo natural, a lo que ni se hace referencia porque parece estar ahí desde siempre, sus crisis cíclicas se contemplan pasivamente al modo de las catástrofes naturales en la estación de las tormentas o los huracanes. En ese sentido, si la experiencia de las crisis económicas es muy antigua, como reflejan los relatos míticos sobre los siete años de vacas gordas y los siete de vacas flacas, la naturalización de lo económico y de sus crisis corresponde a una mitificación que nos deja más inermes que la mentalidad mítica del pasado, pues ahora es la mitificación culpable en la que incurre una racionalidad que no debería abdicar de su tarea crítica.

Precisamente un análisis crítico de la crisis es necesario para salir de ella. El que a estos momentos y a otros análogos se les llame ‘crisis’ tiene que ver con que convocan a la crítica para despejar las alternativas que emergen desde el cuestionamiento de lo existente planteado por la misma dinámica de los hechos. Extrañarse de que el capitalismo conlleve crisis es fruto o de la ignorancia o de la arrogancia. No hace falta adherirse al pronóstico de Marx acerca del colapso definitivo de tal modo de producción, en virtud de sus crecientes contradicciones internas, para darle la razón en su caracterización del capitalismo como un sistema que realimenta constantemente las crisis que se dan en su seno. No puede ser de otra forma cuando la lógica del mismo es la del máximo beneficio, al mínimo coste y en el menor tiempo. La acumulación de capital que se persigue termina por fuerza expulsando a muchos del mercado (de capitales, de bienes o de trabajo), encareciendo las materias primas –si no se acaba con ellas-, provocando subidas de precios por la tendencia al control monopolista de la oferta y desencadenando toda una secuencia de fenómenos sociopolíticos conocidos: inflación, desempleo, empobrecimiento de clases medias, tensiones sociales, deslegitimación funcional del Estado, etc. Las crisis se remontan cuando los problemas sociopolíticos se encauzan y la economía se repone, aunque sea entrando en la nueva fase de un capitalismo reestructurado –hasta la próxima crisis que venga después-. Cuando no se logra, los desastres se suceden unos tras otros, desde un paro insoportable hasta la fascistización de la política, desde la destrucción medioambiental hasta el expolio de cualquier tipo de recursos –de todo ello se ha visto y así se puede reconocer sin tener que cargar con la revisable prognosis de la depauperación del proletariado-.

A una mirada crítica atenta a la marcha de los acontecimientos no deben escapar las tensiones y desequilibrios que a través de ellos se van incubando, de forma que, a ser posible, las medidas contra la crisis puedan tomarse antes de la explosión de la misma. Y si la grave situación económica en que estamos tiene causas exógenas en un mundo globalizado, como la crisis financiera internacional a partir de la caída del sistema hipotecario estadounidense y la subida del precio del petróleo, tiene otras causas endógenas cuyos perversos efectos eran previsibles. Podía vislumbrarse que la especulación inmobiliaria y el urbanismo desaforado que se han dado en España en la última década dejarían muy negativas consecuencias cuando pinchara tan traicionera burbuja. Cabe decir, con toda humildad, que la crisis se veía venir, como algún clásico de la tradición socialista anticipó respecto de la que llegó en 1929, aun cuando figuras de tanto relieve como la del sociólogo y economista Werner Sombart habían proclamado la completa indiferencia de la ciencia económica respecto al problema de la crisis, de tan improbable como la veían.

Estando las cosas como ahora están en España, resulta atinado el consejo dado en su día por un viejo luchador por la emancipación de los trabajadores de no buscar como salida de la crisis el “traer de vuelta el pasado”. En ese sentido ha hecho bien el ministro de Economía al insistir en la imperiosa necesidad de reconducir una desorbitada actividad inmobiliaria que ha desquiciado el mercado de la vivienda en nuestro país. Sobre el conjunto de medidas puestas en marcha por el Gobierno de España para afrontar la situación crítica en que nos hallamos, conviene subrayar la necesidad de que todas ellas guarden entre sí la necesaria coherencia para no estorbarse unas a otras y aún menos entrar en contradicción. Si las prioridades son evitar el desempleo y apoyar a los parados, mantener las políticas sociales, controlar la inflación y lograr un cambio del modelo productivo, ha de actuarse en consonancia con ellas. Habrá que tener en cuenta que unas pretenden una incidencia inmediata y otras sólo pueden fructificar en un plazo más largo. El necesario cambio del modelo productivo, para dejar atrás el hasta ahora dominante que gravitaba sobre la construcción, requiere tiempo para cuajar. Es fácil compartir las razones del Gobierno cuando apunta en esa dirección. No lo es tanto al valorar la supresión en estas circunstancias del Impuesto sobre Patrimonio, que permitiría recaudar 1800 millones de euros en este año, como los sindicatos han puesto de relieve. En cualquier caso, ante la problemática económica que afrontamos es importante trasladar creíblemente a la ciudadanía qué se quiere hacer y por qué. Pueden recordarse a ese respecto palabras sabias como las del insigne economista Paul A. Samuelson cuando decía, allá por los “tiempos de histeria” de la crisis del petróleo de 1973, que “hace falta en la esfera económica tomar decisiones serenas que no pretendan acabar con todos los problemas de la noche a la mañana”. Es la serenidad que resulta de tener en claro objetivos y medios, prioridades y etapas, de manera que, con el mismo Samuelson, podamos decir que “sería trágico que se abandonasen, o incluso que se recortasen, con el pretexto del mito de la necesidad económica, las nuevas campañas que se han desarrollado contra la pobreza y la desigualdad (tanto en el país como en el extranjero)”. La solidaridad en pro de la justicia social, que tiene que empezar siendo justicia económica, también es ‘via regia’ para salir de la crisis.

(Artículo publicado en el diario IDEAL de Granada el 19 de agosto de 2008)

miércoles, 6 de agosto de 2008

Frentes de incomunicación








José Antonio Pérez Tapias

Hay fallos en la comunicación que juegan muy malas pasadas. Así ocurre en la vida personal cuando un desafortunado malentendido puede arruinar una relación. También sucede en la convivencia colectiva, donde las acciones o las omisiones en la comunicación pueden originar graves conflictos si el entendimiento no logra abrirse paso. Las palabras también las carga el diablo, incluso cuando no se dicen –esto es, también la omisión de lo que debiera decirse puede resultar diabólicamente maligna-. Puestos a hablar de lo divino y lo humano, recordemos el lío en que se metió el Papa con aquellas declaraciones sobre fe y razón que acabaron considerando que el Islam, por dogmatismo irracional, era especialmente proclive a la violencia en nombre de la fe. Fijándonos en algo próximamente humano tenemos el ejemplo, por el lado de la omisión, de las consecuencias negativas que ha tenido para el Gobierno la resistencia a hablar de crisis en medio de la situación económica en que estamos. En política una comunicación exitosa es fundamental.

En estos días se nos han presentado dos cuestiones –un hilo no tan oculto las vincula- en torno a las cuales se concentran problemas de comunicación que conviene abordar. De lo contrario, incluso las soluciones que se den terminarán no siendo acertadas, por mantenerse sordas respecto a lo que dicen quienes protagonizan sendos debates que pueden resultar fallidos, mal resueltos a la hora de llevar conclusiones al terreno de los hechos. Uno de esos debates es el de la financiación de las comunidades autónomas, en el cual se pone a prueba la finura del Gobierno para ofrecer una solución de consenso y la capacidad de nuestro Estado autonómico para resolver tema tan crucial. El núcleo del asunto está en que se barajan diferentes criterios por unas comunidades y otras –representativos de ellos pueden ser los defendidos por Cataluña, de un lado, y por Andalucía, de otro-, a la hora de establecer las prioridades que se deben contemplar para la financiación del Estado a las autonomías. Población con sus características, servicios que ofrecer a la ciudadanía, corresponsabilidad fiscal, solidaridad interterritorial y otros son los ingredientes que entran en juego en un debate acuciado por las fechas, afectado por las oscilaciones entre bilateralismo y multilateralismo, obligado a contemplar lo fijado por los estatutos de autonomía, especialmente aquéllos ya reformados, y condicionado por la indefinición de un modelo de Estado que ha supuesto ventajas, pero que no deja de reportar serios quebraderos de cabeza.

Nuestra Constitución no cerró el modelo de Estado descentralizado que propició. Eso ha permitido ir trabajando el Estado autonómico a partir de ella misma, especialmente de su título VIII, con notables logros para la consolidación de la democracia, para la participación política, para un desarrollo más equilibrado territorialmente y para la expresión de identidades nacionales presentes en nuestra realidad política. Mas los mismos avances conseguidos nos traen al punto en el que es necesario replantear algunas cosas para que se produzcan los ajustes que la dinámica de las autonomías reclaman. La clave está en cómo hacer eso consiguiendo de camino una mayor definición de nuestro modelo de Estado, lo cual pensamos muchos que ha de ser en clave federalista para articular bien descentralización política en relación a las partes y lealtad constitucional, en aras de la cohesión social y la solidaridad interterritorial, en relación al todo. Sin embargo, lo preocupante de la polémica, con balanzas fiscales de por medio, es que por todas partes se habla mucho y se escucha poco, lo cual no es buen camino para un acuerdo. Si por un lado se piensa que las posiciones de catalanes, valencianos y mallorquines sólo son expresión de egoísmo colectivo, y por otro se prejuzga que lo que se pretende por andaluces, extremeños o castellanos es seguir jugando con ventaja gracias al favor de una administración central que les traspasa recursos financieros sin el rigor que sería exigible, entonces no hay manera de llegar a un acuerdo sólido y políticamente eficaz. La prueba de que la comunicación no fluye como debiera, y no vamos a negar la interferencia que producen intereses no siempre justificables, es que tanto en el PP como en el PSOE nos vemos metidos en una escisión con sesgo territorial que dice poco de la coherencia ideológica que sería de esperar. Es urgente tratar de escuchar qué se dice desde posiciones diferentes, para ver cuál es su parte de razón en cada caso, antes de poner en su cuenta la sinrazón que a ella se le adjudica. Si no es así no habrá manera de salvar lo importante, incluso consiguiendo un arreglo de mínimos para el corto plazo.

El otro “frente” de incomunicación al que hacía referencia es el abierto a raíz del conocido “Manifiesto por la lengua común” que algunos intelectuales, con Fernando Savater a la cabeza, han difundido. Como documento político, ni lo he firmado ni tengo intenciones de hacerlo, pues contiene elementos de análisis y propuestas que considero o deficientes o inviables. Pero eso no quita que se reconozca al documento el valor de una reflexión que se aporta al debate ciudadano y la expresión, al menos sintomática, del malestar que en torno a las políticas lingüísticas se acusa en ciertos sectores de la ciudadanía, no en todo caso adscritos a un furibundo nacionalismo españolista. Ni el citado Savater, ni José Luis Pardo, ni Ramón Rodríguez, ni José Antonio Marina, ni Carlos Castilla del Pino –menciono algunos de los firmantes que personalmente conozco- son adalides del centralismo, ni xenófobos, ni anticatalanes, que son etiquetas que se les han adjudicado, por no mencionar otros epítetos de notable carga ofensiva. Plantean desde una determinada óptica la cuestión del bilingüismo al que estamos constitucionalmente obligados en las comunidades con dos lenguas cooficiales. Es un flaco favor a la convivencia democrática, por falta de esa escucha del otro tan necesaria siempre, despachar con una descalificación sumaria un texto que políticamente se puede discutir, aunque sea para poner sobre la mesa, frente a los mencionados firmantes, cuestiones como la articulación óptima a la que debemos aspirar entre derechos individuales y derechos colectivos –relativos a la lengua, por ejemplo-. Se puede subrayar la prioridad de los primeros, pero contemplando la protección hacia fuera (de una lengua que ha sido mal tratada) que suponen los segundos, sin que eso implique imposición férrea hacia dentro de la sociedad que tales derechos reconoce –como teoriza el canadiense Will Kymlicka y recuerda la catalana Victoria Camps en un ejercicio de diálogo que le honra-. Resolver tales cuestiones a golpe de descalificaciones del antagonista o distorsiones de sus palabras no es un alarde de buena comunicación. Apelar a la prudencia lingüística para que lo relativo a la comunicación social se resuelva con la amabilidad que el respeto entre hablantes reclama, es una necesidad política de la que no debemos apearnos. Los frutos positivos de una “normalización lingüística” como la habida en Cataluña no tienen que cegar respecto a prácticas que pueden conllevar infructuosas derivas hacia una imposición monolingüística tan injustificable como indeseada. Hablar de eso también es un buen servicio comunicativo a la convivencia en Cataluña y fuera de ella, en esta España plurilingüe y plurinacional cuyo futuro no debe ser el de una Babel –o una Bélgica, pongamos por caso- desgarrada entre tirones etnolingüísticos.

(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 5 de agosto de 2008)

martes, 5 de agosto de 2008

Intervención en XXXVII Congreso Federal del PSOE

El texto que se ubica bajo este epígrafe es el correspondiente a mi intervención, como portavoz de la corriente de opinión "Izquierda Socialista", sobre el Balance de gestión de la Ejecutiva en el pleno del XXXVII Congreso Federal del PSOE.

IZQUIERDA SOCIALISTA - PSOE
BALANCE DE GESTIÓN DE LA COMISIÓN EJECUTIVA FEDERAL
XXXVII CONGRESO FEDERAL, Madrid, 4 de julio de 2008

Gracias Presidente.

Compañeras y compañeros,
En nombre de la corriente de opinión Izquierda Socialista del PSOE voy a
trasladaros la valoración que para nosotros merece la gestión llevada a cabo por
los órganos federales del Partido desde el anterior Congreso Federal hasta hoy,
atendiendo especialmente a lo realizado por su Ejecutiva, con nuestro Secretario
general al frente, José Luis Rodríguez Zapatero.
Antes, sin embargo, quiero dar las gracias por este turno de palabra que se
concede a Izquierda Socialista, una vez que ya han tenido el suyo todas las
federaciones del Partido. No hace falta decir que Izquierda Socialista es una
corriente de opinión amparada por nuestras Estatutos, la cual, aun siendo de
carácter minoritario, se halla diseminada por todas las federaciones del PSOE,
por toda España. Aprovecho la ocasión para insistir en la necesidad de que en
Congresos como éste tengamos no sólo voz, sino también voto -como corriente
estatutaria, aparte de que miembros de la misma vengamos como delegados de
nuestras respectivas Agrupaciones provinciales-, máxime cuando se hace un
importante trabajo de enmiendas y aportaciones para el debate congresual.
I
Desde Izquierda Socialista pensamos que la gestión de la Ejecutiva y de los demás
órganos federales del Partido, de la cual se ha dado cuenta aquí por parte del
secretario general con un discurso por momentos vibrantes, merece un voto
positivo. Hay buenos argumentos para defender que sea así. Por lo demás, al hacer
esa valoración del trabajo de la Ejecutiva y de los demás órganos federales
queremos poner el acento en cómo a su través estamos valorando también el trabajo
del Partido en su conjunto. Esa es la perspectiva que queremos subrayar en un
Congreso que se celebra bajo el lema "La fuerza del cambio". Es este Partido el
que condensa y encauza la fuerza del cambio que queremos que se produzca en la
sociedad española, el cambio resultante de políticas transformadoras capaces de
impulsar un verdadero progreso en torno a los objetivos de libertad, igualdad y
justicia que para los socialistas son las referencias de nuestra acción. Hay que
tener en cuenta que no todo cambio es progreso en ese sentido. Ahí tenemos los
cambios habidos en el PP hace un par de semanas, en su congreso, que no implican
que se traduzcan en progreso.
Ya se ha señalado desde esta tribuna cómo un primer dato que es obligado valorar
como se merece en lo que ha sido el hacer del Partido, de su Ejecutiva y de su
Secretario general, presidente del gobierno por segunda vez, viene dado por los
buenos resultados electorales no sólo en las generales, sino también en
municipales y autonómicas. Ahí están los magníficos resultados obtenidos en
Euskadi y en Cataluña, además de los de Andalucía, los cuales han permitido, si
bien de manera más ajustada, conformar un nuevo gobierno socialista con mayoría
absoluta presidido por Manuel Chaves. Eso lo tenemos presente, considerando
además que no requiere una valoración sólo cuantitativa, sino que ella debe ser
cualitativa, atendiendo al significado político de esos resultados. No se trata
de quedarnos en la mera constatación esos resultados, sino que debemos
preguntarnos por lo que ellos expresan y exigen.
Todos tenemos presente, además, que los anteriores cuatro años de la vida del
Partido han transcurrido en un momento de una fuerte tensión política, alimentada
por la "antipolítica" de crispación que el PP ha alimentado, secundado por
determinados sectores mediáticos y eclesiásticos. Es pertinente hablar de
"antipolítica" ante unos modos de actuación que de suyo han tendido a socavar las
bases de la convivencia social, a erosionar las instituciones democráticas y
debilitar los valores en los que ha de asentarse la democracia. En este punto hay
que hacer mención de la actitud serena del Partido y de su Ejecutiva, sabiendo
resistir el envite y los embustes, mas sin echar más leña al fuego de una
crispación que se ha evitado que envenene la convivencia ciudadana. Con la
actitud política que colectivamente hemos mantenido y con la acción desplegada
desde ella, especialmente por nuestro Secretario General y su Ejecutiva hemos
afrontado como debía hacerse la estrategia de deslegitimación del gobierno salido
de las urnas el 14 M de 2004 que el PP y sus aliados se empeñaron en seguir.
Pero en los cuatro años pasados no nos hemos limitado obviamente a sólo resistir.
Se ha trabajado bien, en positivo, apoyando una acción de gobierno con fuerte
incidencia en la dinámica política de nuestro país así como en la misma dinámica
de nuestra sociedad. El Partido ha hecho una interesante labor de comunicación
con la sociedad, por los canales en especial de las relaciones cara a cara entre
los militantes y los ciudadanos, para apoyar las decisiones y actuaciones
políticas llevadas a cabo, así como para contrarrestar los ataques de la derecha
y los déficits comunicativos detectados y reconocidos en las mismas instancias de
gobierno -déficits compensados con creces en la última campaña electoral.
Se pueden señalar algunas cuestiones políticas especialmente relevantes de las
abordadas en la anterior legislatura, en las que el Partido también se empleó a
fondo para resolverlas adecuadamente:
- Salida de las tropas de Irak, con lo que suponía de apuesta por política
internacional de paz, multilateralismo y diálogo. A eso hubo que añadir las
políticas para el desarrollo y el nuevo paradigma de la Alianza de civilizaciones,
que es algo que el partido ha ido asimilando hasta convertirse en difusor del
diálogo intercultural que ella debe suponer.
- Políticas de igualdad, contra toda discriminación, especialmente en el
terreno de la igualdad entre hombres y mujeres. Además de los desarrollos
legislativos y de la acción de gobierno al respecto, el partido se ha volcado en que
la sociedad vaya dejándose empapar por una nueva cultura distinta de la machista y
patriarcal dominante...
- Ampliación y profundización de derechos, ensanchamiento de las libertades.
- Consolidación de derechos sociales y extensión de nuevos derechos, con lo
que supone de reforzamiento del Estado de bienestar: Ley de dependencia, más aumento
salario mínimo y pensiones. Políticas de igualdad social, hacia la cual ha apuntado
también el esfuerzo hecho en infraestructuras. Cuando éstas se llevan a todo el
país, tratando de dejar atrás desequilibrios territoriales, no dejan de ser factores
de igualdad.
- Reforma de los Estatutos de Autonomía, con impulso consiguiente a la
política territorial, profundizando en autogobierno, sin menoscabo de solidaridad y
cohesión. Es en este terreno donde el Partido ha hecho un singular esfuerzo para
salvaguardar esos criterios de cohesión avanzando a la vez en el reconocimiento de
las legítimas diferencias. Una nueva política territorial es la que ha dado paso a
una conciencia colectiva más fuerte y madura respecto a la España plural
-plurinacional- y también en ese terreno el Partido ha hecho un trabajo importante
en defensa de la cohesión territorial frente a las campañas de la derecha en torno
al lema "España se rompe".
- Abordaje de la problemática educativa, afrontando la dura campaña contra la
política educativa desarrollada por el gobierno y especialmente contra la Educación
para la ciudadanía. Es aquí también donde el Partido ha hecho un notable esfuerzo
frente a las campañas de la derecha no ya a favor de una objeción de conciencia que
está mal planteada, ni siquiera a favor de prácticas de desobediencia civil, sino a
favor de la insumisión respecto a una ley democrática. Algo debe decir Rajoy, dando
la cara, respecto a la solución en falso que se está proponiendo en la Comunidad
Valenciana en relación a la Educación para la ciudadanía.
En estos y otros temas se ha hecho una tarea intensa de explicación a la
sociedad, de acompañamiento a la acción de gobierno, de reforzamiento de redes
sociales a favor de estas transformaciones de hondo calado. Un tema merece
especial atención, aun ahora:
- El apoyo al gobierno en el complejo proceso de erradicación de la violencia
terrorista en el País Vasco. Se hizo lo que se pudo y debió hacerse en cuanto a
intentar caminos para que ETA abandonara la violencia de una vez, sin concesiones
políticas, pero no se consiguió. ETA acabó negándose a ello, y el gobierno actuó
entonces en consecuencia. Se hizo política antiterrorista conforme a lo que comporta
un Estado democrático de derecho antes de que ETA rompiera la tregua y también se ha
hecho política antiterrorista, en otras condiciones, después de que ETA rompiera la
tregua.
II
Si todo esto lo apreciamos en clave positiva, hay algunas otras cuestiones que
requieren una reflexión crítica:
Una de ellas es el fracaso a la hora de lograr una mayor participación electoral
en determinados momentos claves, como han sido los referendos en los Estatutos de
Autonomía de Cataluña y Andalucía.
Todo lo señalado se ha hecho ha sido a pesar del insuficiente debate en el seno
del Partido, con muchas Agrupaciones sumidas en una mortecina vida política.
Podemos imaginar cuánto más se podría lograr, habida cuenta del potencial humano
del que dispone el PSOE, si la vida del Partido fuera más participativa, con una
democracia interna más viva y con prácticas menos dirigistas a la hora de hacer
listas o proponer candidaturas. La renovación del partido requiere en adelante un
esfuerzo mayor del realizado.
III
En cuanto al futuro, partiendo de lo señalado, desde Izquierda Socialista
queremos poner el acento en algunos temas cruciales, por considerar que en torno
a ellos se juega la calidad de nuestro proyecto político como proyecto de
izquierda, transformador, emancipador, socialista en definitiva. Nosotros mismos,
entre otras cosas por todo lo hecho en la Legislatura anterior, nos hemos puesto
el listón muy alto y ahora no debemos pasarlo por debajo.
1) Debe potenciarse la correlación entre políticas económicas y políticas sociales,
y más en tiempos como los que estamos en los que la economía se ve sumida en una
situación crítica. ¿O cómo nos referimos a la situación en que estamos? No es
cuestión de seguir dándole vueltas al diccionario. En este punto creo que vale la
pena traer a colación unas palabras de uno de los personajes del escritor gallego
Manuel Rivas cuando en unos de sus libros dice que las palabras tienen que darse
cuenta de que no les tenemos miedo, pues si no nos dominan. Y si estamos en crisis,
habrá que decir que superaremos la crisis. El gobierno tiene capacidad para orientar
su política tras ese objetivo y la ciudadanía es capaz de la necesaria solidaridad
para entre todos hacer frente a la misma. Por lo demás es una garantía decir como
se ha dicho aquí que mantendremos los compromisos sociales como prioridad política.
Es fundamental apoyar medidas como las contenidas en la Ley de dependencia, así como
llevar a cabo eficaces políticas activas de empleo.
2) Hay que hacer políticas medioambientales consecuentes con nuestro discurso sobre
cambio climático.
3) En políticas de inmigración la dirección no es aquella a la que apunta la
Directiva de retorno de inmigrantes irregulares que se ha aprobado en el Parlamento
Europeo, sino la señalada por una práctica coherente con el respecto a los derechos
humanos y con proyectos serios de integración como se plantea en la enmienda
presentada a la ponencia de este Congreso acerca del voto de los inmigrantes en las
elecciones municipales. Ése es el camino.
4) Es necesario seguir trabajando con una política territorial consecuente con la
pluralidad nacional existente en España. En este punto hemos de avanzar en la
definición de un modelo federalista, del cual el Partido no puede prescindir. Si la
Constitución del 78, dando paso al Estado de las Autonomías que ha supuesto tantos
logros positivas en estas últimas décadas, dejó indefinido, no obstante, el modelo
de Estado, no podemos seguir indefinidamente en esa situación.
5) Hay que proponerse el objetivo de lograr nuevos avances en laicidad del Estado:
reforma de Ley de libertad religiosa, Estatuto de laicidad y revisión de los
Acuerdos Iglesia-Estado. En cuanto a esto último podemos decir que eso es lo que
hemos de lograr para una democracia madura, es lo que espera la ciudadanía que
hagamos y lo que nos exige nuestro electorado. Si algunas de estas cuestiones el
Gobierno no puede incluirlas de inmediato en su agenda política, el Partido, yendo
por delante, sí debe contemplarlas en su proyecto político.
Todos estos puntos son los que desde la corriente hemos reforzado en las
enmiendas presentadas a la ponencia política que en este Congreso vamos a
debatir.
En consonancia con la memoria histórica que tanto hemos defendido, y a tenor de
la cual hemos presentado para su aprobación por este Congreso la resolución sobre
la rehabilitación de Juan Negrín y de los veintitantos compañeros que con él
fueron expulsados, quiero acabar esta intervención aludiendo a Salvador Allende,
el "compañero presidente" chileno cuyo centenario hemos conmemorado estos días,
el que se dejó la vida resistiendo en el Palacio de la Moneda frente a las bombas
de los golpistas encabezados por el general Pinochet. El presidente Allende, al
frente del gobierno de la Unidad Popular, puso en práctica esa vía de
transformación hacia una sociedad justa que suponía la articulación de socialismo
y democracia que siempre defendió. Se topó con que la oligarquía de su país no
podía permitir la emancipación del pueblo, con que el mercado no aguanta la
defensa en serio de los derechos de los individuos y con que el imperio no podía
consentir que cundiera su ejemplo de socialismo democrático. Fueron a por él,
pero en ese magnífico discurso que nos dejó poco antes de morir lanzó el
esperanzado anuncio de que "de nuevo se abrirán las grandes alamedas para que
transiten por ellas los hombres y mujeres que quieren una sociedad mejor". Entre
esos hombres y mujeres estamos, sin duda, los socialistas.
Gracias, compañeros y compañeras.

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS
Portavoz de Izquierda Socialista

viernes, 1 de agosto de 2008

"De nuevo se abrirán las grandes alamedas" (En recuerdo de Salvador Allende)

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

Hace un siglo, el 26 de junio de 1908, nació Salvador Allende en la ciudad de Valparaíso. Recordarlo ahora es traer a la memoria la vida y obra de un impresionante líder político que se empeñó en transformar lo que era la injusta realidad de su país, Chile, desde una concepción profundamente humanista del socialismo democrático. Su biografía, entreverada con su intensa trayectoria política, quedó marcada desde muy pronto por el firme compromiso que asumió con el pueblo chileno, con los trabajadores y, desde esa opción, con un proyecto liberador que, compartido por otros muchos, se proyectaba a toda América Latina. Su vida tuvo trágico punto final el 11 de septiembre de 1973, cuando Allende se sacrificó resistiendo a las bombas y tanques con que los golpistas encabezados por el general Pinochet atacaron el presidencial Palacio de La Moneda. En aquellos momentos de máxima tensión en que se dirigió a los chilenos como Presidente constitucional de la República –el “compañero Presidente” como todos le llamaban-, sus palabras a través de las ondas de Radio Magallanes invitaban a superar aquel “momento gris y amargo” donde la traición pretendía imponerse, con esa manifestación de esperanza militante que, al borde de la muerte, todavía podía expresarse así: “ Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre para construir una sociedad mejor”.
Afortunadamente, cuando en Chile dejaron atrás la sangrienta dictadura pinochetista y volvieron a transitar por los caminos de la democracia, las alamedas de Santiago comenzaron a abrirse de nuevo para el ir y venir de un pueblo anhelante de justicia desde la libertad recobrada. Y si hoy recordamos solidariamente todo ello es por lo que supone el legado político que Salvador Allende acumuló desde su nacimiento hasta su muerte para dejárnoslo en herencia. En momentos como el actual, distintos de los que se vivían hace treinta o cuarenta años, conviene especialmente recordar una herencia como la allendista, que de ninguna manera debe caer en el olvido si queremos que la izquierda socialista tenga algo que decir y mucho que hacer en el mundo contemporáneo. Tal ejercicio de memoria no sólo es pertinente en Chile o en otras repúblicas latinoamericanas; lo es también en Europa y, para más señas, en España. Y no sólo por los vínculos históricos de Allende con España, sobre todo a través de los exiliados que llegaron al impresionante puerto de su ciudad natal en aquel barco fletado por Neruda, el Winnipeg, para liberar a los que pudo de las amenazas de muerte, cárcel o represión a manos de las tropas de Franco –el general golpista de acá, de quien Pinochet allá se consideraría continuador-, sino también por lo que significa el recuerdo del presidente de la Unidad Popular en cuanto a enseñanza política que actualmente puede seguir siendo relevante.
Cuando algunos hablamos de Allende con pretensiones que no se agotan en la mera mención de un centenario es porque pensamos que en su pensamiento y en su acción, más allá de sus errores o de las apreciaciones políticas que el tiempo ha hecho que queden obsoletas, hay elementos que merecen seguir siendo tenidos en cuenta. No olvidemos que el médico chileno que al tercer intento, en 1970, accede a la más alta magistratura del país aupado por los votos aglutinados en torno a una amplia coalición de izquierdas, fue un socialista convencido que, de manera rotunda y desde la práctica política, defendió siempre que el socialismo no podía ir nunca separado de la democracia, es decir, del respeto a la dignidad de las personas, de las exigencias que suponen los derechos humanos y de la lealtad al orden constitucional que ha de regir la acción política en el seno de un Estado democrático de derecho. Con tales premisas, Allende mantuvo a lo largo de todo su recorrido político la convicción de que si era necesaria una revolución, y pensaba que lo era, ella no podía sino ser radicalmente democrática. Así lo defendió para Chile, así lo difundió más allá de Chile, respetando, sin embargo, a quienes en diferentes contextos llegaron a otras conclusiones. La transformación social en la que Allende pensaba, y para la que trabajó, requería la paciencia del largo camino de la concienciación del pueblo, de la organización de la clase obrera, de la alfabetización del campesinado, de la lucha por la salud pública, del apoyo de los profesionales capaces de optar por la emancipación de todos…, del compromiso, en suma, a favor de una transformación radical de las estructuras de una sociedad atascada en la injusticia y expoliada por los mecanismos económicos de un neoimperialismo depredador. Pero todo ello, sin embargo, llevado a cabo desde el análisis riguroso de las condiciones dadas –y el marxismo lo consideraba a tal efecto como cuerpo teórico irrenunciable, siempre que fuera antidogmático y abierto a otras aportaciones-, así como desde una prioridad clara otorgada al valor de cada vida humana, conforme a la dignidad de cada individuo. Pensaba que había que evitar al máximo el dolor del pueblo y el sufrimiento de los individuos o, como dijo en ese último discurso que antes hemos mencionado, que haya “víctimas inútiles”. Todo un mensaje de aquello que para su humanismo socialista era prioritario.

Salvador Allende, desde la fundación del Partido Socialista Chileno, a la que contribuyó en los años treinta, hasta la configuración de los sucesivos frentes y coaliciones de los que formó parte en las convocatorias electorales que le llevaron al Congreso o al Senado de la República, acumuló una densa experiencia política que le llevó a buscar acuerdos entre la izquierda plural de su momento y de su país, a no ceder ante tentaciones electoralistas de claro corte populista, a no transigir con la demagogia fácil de promesas lanzadas en el vacío. Insistía, por lo demás, en que un proyecto político, para consolidarse como tal, necesitaba articularse en tres niveles: un bagaje teórico crítico con intención utópica –consideraba que era la aportación de Marx-, un proyecto de transformación de la realidad social de largo alcance y un programa para la acción política inmediata, bien engarzado con los condiciones reales en las que había de llevarse a cabo. Pertrechado con todo ello consiguió acceder a la presidencia de la República. Tres años duró el gobierno de la Unidad Popular que encabezó. ¿Fallaron sus análisis, quedó desmentida su teoría, quedó sin apoyo social y político su programa? Que hubo errores, como en toda acción de gobierno, nadie lo niega, pero su final no se debió a ellos, sino a la reacción de la oligarquía de su país, a la traición de los militares que ejecutaron el golpe y a la guerra encubierta que se declaró contra él y su gobierno desde el centro del poder geopolítico del imperialismo de la época: Washington, con Nixon en la presidencia de EEUU y Kissinger al frente del Departamento de Estado, más la CIA infiltrada por toda Latinoamérica. Ellos decidieron que “la vía chilena al socialismo” tenía que ser abortada. El experimento de socialismo y democracia, desde la democracia y para la radicalización de la misma, que Salvador Allende encarnaba no debía prosperar. Hubo así quien firmó su sentencia de muerte y quien se aplicó para que esa muerte se produjera. Los poderosos no toleran la emancipación de los pueblos, los mercados no aguantan los derechos de los individuos, mas es con eso con lo que hay que acabar, conjugando democracia y socialismo. A eso invita –así lo pensamos muchos- el recuerdo de Allende, el inolvidable “compañero Presidente”, desde Chile, hasta hoy.

(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 27 de junio de 2008)