viernes, 28 de marzo de 2008

Del agustinismo político a la insumisión

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

Los posos de la historia asoman a la superficie cuando se remueven sus aguas. Sorprende cómo perdura lo que estaba en el fondo y cómo, llegado el momento, sale a la luz empujado por los acontecimientos. Un caso de tal emergencia, al hilo de los cambios que se dan en la sociedad española y que encuentran en la escena política la representación de las tensiones que provocan, lo vemos en el debate sobre la Educación para la ciudadanía –materia obligatoria establecida por la LOE-. La polémica se ha reactivado al hacerse pública una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía reconociendo el derecho de unos padres a la objeción de conciencia respecto a dicha materia. La sentencia, respecto a la cual la Junta de Andalucía anunció recurso ante el Supremo teniendo a la vista las pronunciadas en sentido contrario por los Tribunales Superiores de Cataluña y Asturias, ha sido acogida con satisfacción tanto por la derecha política como por la eclesiástica. Desde otras posiciones se espera que las instancias judiciales resuelvan a favor de una materia que se imparte en países de la UE y que es cauce de formación cívica sin adoctrinamiento alguno. No obstante, interesa indagar en lo que subyace a ese rechazo a la Educación para la ciudadanía.

La iniciativa de recusar la asignatura se sitúa en los sectores más integristas de la Iglesia española, los que han logrado reponer al cardenal Rouco al frente de la Conferencia Episcopal. Hay en España un catolicismo que institucionalmente está a la defensiva ante su progresiva pérdida de poder ideológico y de presencia social. En las actitudes de esa Iglesia se detectan las resistencias a perder el monopolio religioso que ha detentado en la sociedad española, con sus efectos en la definición de lo moral y en el mantenimiento de ciertos privilegios. Pero sólo eso no explica tanta cerrazón ante medidas de inequívoco carácter democrático. ¿Cuál es el fondo de la cuestión?
Más allá de lo inmediato, en las prácticas de la derecha eclesiástica late un fuerte apego a planteamientos pretéritos que le hacen muy difícil tomarse en serio la democracia. Tal apego no es meramente a posiciones de un pasado próximo, sino a planteamientos remotos que no por ello han perdido toda su fuerza, ni siquiera tras un Concilio Vaticano II que quiso dejar atrás doctrinas inasumibles desde un consecuente punto de vista evangélico. En el caso que debatimos se detecta la pervivencia de posos muy arraigados de agustinismo político. Así es en la manera como la derecha eclesiástica aborda la relación con la política y mantiene que la Iglesia debe ser “instancia moral última”. Recordemos que el agustinismo político, que no hay que identificar con el pensamiento de San Agustín aunque tenga en él su origen, alcanzó su apogeo en el siglo XI con el papa Gregorio VII. Su núcleo se cifra en la imagen de las dos espadas, símbolos del poder del Estado y de la Iglesia. Éstos no se conciben simétricos, y lejos está el primero de pensarse con una relativa autonomía –como haría después el tomismo-, pues clave de tal elaboración teológico-política es la afirmación de la supremacía del poder eclesiástico. A ello se llegó cuando de hecho la Iglesia había absorbido al Estado, que pasó a ser su brazo secular. Después esto adquirió acentos distintos con la escolástica tomista, hasta que en el siglo XX cambia radicalmente con el Vaticano II. Pero a pesar de la modernidad y de los avances en democracia, ese trasfondo de agustinismo político no se ha disipado del todo y sigue nutriéndose de la reticencia hacia el Estado que atraviesa la historia eclesiástica.

Puede pensarse que retrotraer las cosas hasta ese pasado es una exageración. Mas para comprobar que ese fondo sigue ahí se puede ir directamente a textos contemporáneos, escritos por ejemplo por el cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, al que el episcopado español considera su mentor más allá de sus estrictas funciones magisteriales. Tales textos se sitúan en la órbita del neoconservadurismo que actualmente trata de ganar la batalla en torno a los valores que han de regir la sociedad, interviniendo para ello en la confrontación política. Hay un punto crucial en la concepción teológica de Ratzinger que justifica hablar de un resto de agustinismo político que sigue pesando y es la consideración del mismo Estado democrático de derecho como societas imperfecta, frente al cual la Iglesia sería societas perfecta. Desde esa perspectiva se pretende fijar desde la Iglesia el fundamento del orden moral que, conforme a la ley natural, ha de ser respetado por el Estado. Se trata, según ese enfoque, de un fundamento prepolítico del que depende la legitimidad del orden político. Sólo ocurre que ya no se puede deponer gobernantes por vía de excomunión como hizo Gregorio VII con el rey germánico Enrique IV, ni puede el poder espiritual dirigirse imperativamente al político como hizo el papa Gelasio, pionero del agustinismo, con el emperador en el siglo V. Ahora ya no se puede destituir a un presidente, ni surte efecto el anatematizar a un parlamento. Está la vía de la injerencia política, pero si falla la instrumentalización de la vía electoral que la democracia ofrece, por no obtener el apoyo deseado el partido conservador que se utiliza como aliado, queda propugnar objeción de conciencia respecto a la normativa legal, aunque sea la de una democracia con todas las de la ley. Basta aducir que no responde al bien común tal como la autoridad eclesiástica lo entiende. ¿Que no se da al César lo que es suyo, que no se atiende a lo que dice San Pablo en su carta a los Romanos sobre la obediencia a la legítima autoridad política, que se pasa por alto la autonomía del orden temporal reconocida por el Vaticano II? Son cuestiones que ya se encarga el aparato eclesiástico de reconducir según su doctrina neoconservadora.

Con todo, no queda ahí la historia. La derecha política, dado que la Iglesia le pone en bandeja el bocado de la objeción de conciencia a la Educación para la ciudadanía, no está dispuesta a renunciar a él, pues le saca buenos réditos políticos. Cuando se conoce la citada sentencia de Andalucía, falta tiempo para que la presidenta de la Comunidad de Madrid invite de hecho a que se haga objeción de conciencia, sin importarle la manipulación de sus hijos que para tal actuación hagan los padres. Hubiera sido más claro hablar de desobediencia civil, pues se está induciendo a una actuación generalizada no acotada a la resistencia personal a una obligación legal que repugna a la conciencia individual. Sin embargo, tampoco la desobediencia civil es defendible por quienes han desestimado otras vías que nuestro ordenamiento legal ofrece para intentar la reforma de una ley. En relación a la Educación para la ciudadanía el PP no ha puesto ningún recurso ante el Tribunal Constitucional. No estamos ante una desobediencia civil planteada desde la convicción de que vivimos en una democracia suficientemente legitimada que necesita mejorar, sino ante una práctica de erosión de un gobierno y de deslegitimación del orden normativo. Cabe concluir entonces que se trata de una incitación a la insumisión, que el PP parece no tener inconveniente en propugnar. Rajoy, su presidente, algo tendría que decir de nuevo para frenar tal desatino y salvar su credibilidad ante la llamada de los suyos al incumplimiento de la ley. Algo tendría que decir también ante el cinismo que supone vaciar de contenido la asignatura en cuestión, bajo el subterfugio de impartirla en inglés, como se propone en la Comunidad Valenciana. ¿No resulta entonces que, si no se incita a la insumisión, se está bordeando el fraude de ley? ¡Pobre ciudadanía democrática, alanceada abierta o encubiertamente por insumisos después de topar con los sectores más conservadores de la Iglesia!

(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 27 de marzo de 2008)

Jesucristo demediado

José Antonio Pérez Tapias

Los pasados días de Semana Santa me han llevado a pensar en la figura de Jesucristo acordándome de la obra de Italo Calvino titulada El vizconde demediado. En ella cuenta el autor los avatares del noble en cuestión, reducido a la mitad de sí mismo como consecuencia de un fatal cañonazo que en la guerra vino a partirle en dos. Tal imagen literaria da pie a reparar en los cañonazos que recibe de continuo la figura de Jesucristo, los cuales, de una forma u otra, también lo reducen a una de sus mitades. La verdad es que eso no es una novedad en la historia, pues prácticamente desde los orígenes del cristianismo buena parte de la producción teológica habida en su seno ha ido encaminada a recomponer una imagen cristológica que debía ser fiel a ese elemento nuclear de su fe que es la encarnación de Dios. Cómo dar cuenta a la vez de la humanidad de Jesús y de la divinidad que en él, reconocido como Mesías, se revela, es la entraña de una reflexión teológica al servicio de la fe de una comunidad creyente.
Que la cuestión llega hasta nuestros días es fácil constatarlo, por más que en distintas épocas se haya planteado bajo diferentes registros. Uno de ellos, muy presente desde el siglo XVIII hasta la actualidad, es el que fue introducido por Hermann S. Reimarus al plantear la diferencia y relación entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. La relación entre ambos ya estaba presente en un libro que marcó época, como fue La vida de Jesús de David F. Strauss, en el siglo XIX, y desde entonces ha sido constantemente tenida en cuenta por estudios exegéticos del Nuevo Testamento y por los diversos enfoques teológicos desarrollados en torno a Jesucristo –denominación, por cierto, que une ambos polos-. En nuestros días, más concretamente en el último año, se han publicado dos libros, destacables entre otros, que de nuevo han abordado la cuestión, y llamativamente han constituido sendos éxitos editoriales. Uno de ellos es la obra de Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, publicada por su parte –lo que le honra- no como documento magisterial, sino como síntesis de la investigación al respecto del teólogo Joseph Ratzinger, susceptible de complementación y crítica desde otras perspectivas. El otro es el libro del sacerdote y teólogo donostiarra José Antonio Pagola, titulado Jesús. Una aproximación histórica. En el primero, Ratzinger presenta la figura de Jesús desde la fe, pero por la vía de lo que se conoce como una “cristología descendente”, es decir, la vía que aborda la encarnación desde arriba hacia abajo, poniendo el acento en el Dios que se hace hombre. De esa forma, todo lleva a hacer hincapié en que el Jesús histórico que se conoce por los evangelios ya reivindica para sí la condición divina, desde una clara autoconciencia personal sobre quién es. En el segundo de los libros mencionados, por el contrario, su autor ofrece un recorrido que se hace a la inversa, desde abajo hacia arriba, sintonizando con las cristologías que se han elaborado en la Iglesia como “ascendentes”, esto es, desde la humanidad de Jesús hasta el reconocimiento en ella de la revelación de Dios. Puede decirse que es camino que se recorre con una carga dogmática más liviana y un rigor histórico-crítico mayor, a la vez que ofreciendo un planteamiento distinto de lo que supone para la praxis del seguimiento de Jesús una tal reconstrucción de su figura, con la consiguiente recepción de su mensaje. Aunque de lecturas tan distintas se siguen concepciones eclesiales muy diversas –la “cristología descendente” suele compaginarse con una idea de la Iglesia como fundación directa de Jesús, lo que no suele ser el caso de la “cristología ascendente”, más atenta a una humanidad mejor contextualizada de quien a la postre es reconocido como Mesías-, lo cierto es que tanto una como otra tratan de salvar el hiato entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, queriendo evitar una poco cristiana deriva hacia un “Jesucristo demediado”.
El caso es que, contemplando lo que ocurre en una Semana Santa que, por otra parte, al clero tanto incomoda, tan loables esfuerzos por no reducir Jesucristo a la mitad tienen poco eco en lo que encontramos en la realidad de esos rituales. No vamos a infravalorar la enorme complejidad de la Semana Santa de tantas ciudades y pueblos de España, de la que puede decirse que es un “hecho social total”, al modo en que lo definió el antropólogo francés Marcel Mauss, esto es, un hecho cultural complejo en el que se entrelazan dimensiones económicas, sociales, ideológicas y religiosas propiamente dichas. Se trata de una manifestación religiosa, de fuerte arraigo en la tradición, cuya configuración nos ha llegado desde la religiosidad del Barroco. Sucede, sin embargo, que esa puesta en escena de la pasión y muerte de Jesucristo, que en el siglo XVII se hacía desde un horizonte de sentido socialmente compartido, en el que las claves religiosas, aparte de las políticas e ideológicas propias de la época, correspondían a unas vivencias colectivas que de esa forma se explicitaban, se mantiene ahora como espectacularización de una herencia religiosa conservada como supervivencia cultural en una sociedad fuertemente secularizada.
Si en las manifestaciones propias de la Semana Santa pierde relevancia la confesión de fe personal y comunitaria que la participación en ellas otrora suponía, en la actualidad aparecen nuevos aspectos relacionados con lo que entrañan de pervivencia de lo religioso, en su vertiente más tradicionalista, en los espacios públicos de una sociedad secularizada. Surgen por ahí paradojas no resueltas, y más con un Estado aconfesional, indicativas de la religiosidad deficientemente elaborada que sin embargo tiene peso en un contexto social, si no de increencia, sí de indiferencia religiosa en cuanto a práctica efectiva de los compromisos éticos que la creencia habría de conllevar. Ello explica que el Cristo de la pasión representada por las calles y de la muerte traída a las plazas se vea sometido a diversas reducciones, las cuales acompañan a una estetización de lo religioso –aún más devaluada como reclamo turístico- que anula la capacidad de interpelación del mensaje provocador de quien fue torturado y crucificado en un ignominioso crimen que históricamente hasta se quiso revestir de legalidad. El resultado es un Cristo mitificado que impide reconocer al Jesús histórico que protagonizó una revolución religiosa, así como un Jesús idealizado que en las bellas representaciones del “Ecce homo” bloquea la experiencia de fe en la resurrección de quien fue muerto y sepultado. Ante tanto “Jesucristo demediado” es pertinente preguntarse qué respuesta darían muchos a la impertinente pregunta evangélica: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15).

(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 23 de marzo de 2008)

miércoles, 19 de marzo de 2008

Las oraciones del cardenal Rouco

José Antonio Pérez Tapias

Nos contaba Gabriel García Márquez que había un coronel que no tenía quien le escribiera. Hoy nos cuentan las crónicas que Rodríguez Zapatero ya tiene quien rece por él. Así se lo ha comunicado el cardenal Antonio María Rouco, flamante presidente de la Conferencia Episcopal, vuelto a elegir hace poco para estar al frente de la misma por tercera vez, en la carta que le ha enviado para felicitarle por el resultado de las elecciones generales. Cortesía obliga, máxime cuando también el presidente del Gobierno y de nuevo candidato electo para el mismo puesto, también felicitó días atrás al arzobispo de Madrid al recaer sobre él la elección de los demás obispos para ostentar la presidencia de tan eximio colectivo de la Iglesia católica española. La reciprocidad en las felicitaciones ha sido objeto de la atención de los medios de comunicación, pues a nadie se le escapan las tensiones entre el episcopado y el gobierno en la pasada Legislatura, y todo el mundo quiere leer entre líneas qué se dice, o qué no se dice, por debajo de los saludos y parabienes de rigor. No obstante, esa reciprocidad de buenas maneras no puede ocultar la asimetría de la situación. Por una parte, el presidente y ahora candidato electo ofrece voluntad de diálogo, que no es poco, para que haya unas buenas relaciones entre el futuro Gobierno y la Conferencia Episcopal que redunden en una colaboración eficaz en beneficio de la ciudadanía. Por otra, en cambio, el presidente de los obispos, jugando siempre con la ventaja de quien cuenta con otras bazas, insiste en que ellos ofrecerán sus oraciones para que el candidato vencedor cuente con la “luz y fuerza” del Señor en “el desempeño de las responsabilidades que le encomienda el pueblo, al servicio de la paz, la justicia, la libertad y el bien común de los ciudadanos”. Parece que no hay nada que objetar a tal ofrecimiento, pues eso no hace daño a nadie, ni aun cuando aquél por quien se reza sea agnóstico o cualquier otra cosa distinta de miembro de la Iglesia católica. No obstante, ¿qué pensar de eso que así parece?

Los ciudadanos de a pie podemos aplicar alguna dosis de estrategia de la sospecha respecto a declaración episcopal tan amable, sin por ello cuestionar que haya cierta voluntad de acercamiento expresada a través de palabras tan religiosamente corteses. Dicho eso, se le podría preguntar a los obispos, colectiva o personalmente –en este caso las respuestas admitirían variantes significativas-, si también antes, mientras ha sido presidente del Gobierno en el anterior mandato, han rezado por Rodríguez Zapatero. Y si ese ha sido el caso, la pregunta siguiente es si han aplicado el conocido refrán castellano de “a Dios rogando y con el mazo dando”, pues es notorio que muchos no se han privado de arrearle al presidente del Gobierno todo lo que han podido a través de homilías, pastorales y soflamas al frente de multitudinarias manifestaciones. Desde luego, en tales casos, no han utilizado un lenguaje apropiado para la corrección fraterna.

Mirando no ya al pasado, sino al porvenir, el interrogante puede ser otro, pues los que tenemos cierta edad no podemos dejar de acordarnos de aquellas oraciones y jaculatorias por la conversión de Rusia. ¿Cuál va ser el objetivo de las preces episcopales: que Zapatero deje atrás ese pernicioso laicismo que disuelve la familia cristiana o que no ponga en peligro la democracia por la vía de acosar a la Iglesia? Si de esas cosas le han acusado, a él y a los socialistas en general –recordemos declaraciones del Primado de Toledo, monseñor Cañizares, o del arzobispo de Valencia, monseñor García Gasco-, ¿pretenderán con sus oraciones que eso que han dicho que ocurre deje de pasar en virtud de la conversión que se efectúe? No hay que pasar por alto que los obispos cuentan además, según la ortodoxia que defienden, con una cláusula totalmente a su favor: el criterio para juzgar si el previsible presidente del Gobierno responde en su segundo mandato a lo que el pueblo le ha encomendado –no se menciona para nada el programa electoral con el que el candidato y su partido se han presentado a las elecciones y han ganado- es que esté al servicio del bien común. ¡Y son los obispos mismos los que se presentan como exclusivos intérpretes de ese bien común, que sólo puede responder a la ley natural, respecto a la cual ellos mismos se erigen en los más cualificados portavoces por contar con las luces trascendentes de la revelación divina! ¡Milagrosa cuadratura del círculo! No puede dar como resultado sino un círculo virtuoso, o vicioso, según se mire.

Está visto que hay regalos envenenados y oraciones interesadas. Las buenas formas entre representantes institucionales siempre son de agradecer. Incluso comprendemos todos que se utilice en tales casos un lenguaje edulcorado que no por eso vamos a tachar de hipócrita. Pero el asunto que nos ocupa tiene más pliegues y repliegues, como también se evidenció, según cuentan las crónicas, cuando monseñor Rouco comunicó igualmente al Rey que ofrecía por él sus oraciones y éste, sin menospreciarlas, le indicó que casi mejor no maltrataran su figura en la conocida emisora que mantiene, entre otras instituciones, la Conferencia Episcopal. Estamos ante una situación similar, pues bien se podía rezar menos por un presidente del Gobierno, al que de tejas para abajo le basta con el apoyo del electorado y la mayoría parlamentaria, y tratarle con el debido respeto –es decir, sin calumnias ni difamaciones- desde la referida cadena radiofónica cuyo nombre, por deferencia hacia el diario que acoge este artículo, no vamos a mencionar. Contribuir a envenenar el clima político, a sembrar crispación social, a contaminar desde las ondas el aire de verdad que necesita la sociedad española, no es nada edificante por muy populares que sean aquéllas. Para muchos cristianos –entre quienes me incluyo-, y por descontado que para quienes no lo son, es realmente escandaloso, por lo que supone de sumisión al “espíritu de la mentira”, que la Iglesia española permanezca apoyando institucionalmente a una empresa radiofónica que en España está haciendo tan flaco favor a la democracia. Apelar a la libertad de expresión para encubrir injustificables intereses es en este caso algo más que un engaño; peor aún justificar determinadas prácticas por el hecho de mantener una audiencia a la que así pueden llegar determinados mensajes religiosos. Dedicarse a decir, por ejemplo, como ha ocurrido en días previos a lo que ha sido un ejercicio admirable de participación democrática, que la situación española presenta una deriva totalitaria, es tan de mala fe que si se consiente desde la Iglesia es para que a ésta se le queden cortas las críticas de Jesús a los fariseos llamándolos sepulcros blanqueados. Menos rezar, por tanto, y más actuar, de lo contrario ese nuevo catálogo de pecados que algún obispo del Vaticano se está dedicando a airear va a tener que incluir entre los graves algunas formas de omisión que están causando un daño enorme tanto a la convivencia democrática como a la comunión eclesial. ¿No se nos dijo que si alguien tenía algo contra nosotros había que dejar la ofrenda ante el altar e ir antes a reconciliarse con él (cf. Mt 5, 23-25)? Donde no se trabaja por la reconciliación es falsa la oración.

(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 13 de Marzo de 2008)

martes, 11 de marzo de 2008

Nuestros tiempos y la política

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

“Todo tiene su momento, y cada cosa tiene su tiempo bajo el cielo (…); su tiempo el llorar, y su tiempo el reír (…); su tiempo el callar, y su tiempo el hablar”. Estas palabras de Cohélet –así se conoce al autor del libro del Eclesiastés, en el Antiguo Testamento, donde las encontramos- son las que me han rondado en estos últimos días de fin de campaña, de luto por el asesinato del ex-concejal socialista Isaías Carrasco, de elecciones, de victoria electoral del PSOE y, de nuevo, de actos públicos en las plazas de toda España contra el terrorismo etarra. Forma parte, no sólo del arte de la política, sino del buen sentido en el vivir, hacer cada cosa en su momento, siendo conscientes de que si libremente optamos por una cosa u otra en diferentes coyunturas, cada una de ellas nos viene dada por un cúmulo de circunstancias de las cuales muchas escapan a nuestro control. Sería muy arrogante pensar que los momentos siempre se eligen. A veces, las decisiones de unos afectan a cómo se configuran los momentos en que hemos de decidir otros, o viceversa. El entrelazamiento de elecciones que se hacen y de circunstancias que condicionan va formando la corriente de la historia como ese “río que nos lleva”, que diría José Luis Sampedro, pero en el que cada cual decide cómo, con quién y hacia dónde rema. Lo fundamental siempre es estar a la altura del acontecimiento que en cada caso define el momento como único. También en eso estriba nuestra dignidad.

Ni todos los tiempos tienen la misma intensidad, ni lo que acaece en ellos el mismo valor. El tiempo de los humanos no es un recipiente vacío donde se deposite sin más lo que va sucediendo; no es un contenedor en el que indefinidamente se abran nuevos compartimentos para la ubicación neutra de lo que ocurre. El tiempo lineal y homogéneo extendido hacia delante es un invento de los últimos siglos –el que Walter Benjamin denuncia tras la idea dominante del progreso-, que sin duda no es de los mejores. La traslación a la experiencia humana del tiempo físico que se mide con relojes no es procedimiento adecuado para captar y expresar lo que nuestra temporalidad supone. Estos últimos días valen para corroborar eso, a la vista de nuestra experiencia colectiva. Lo que iba a ser un día intenso de vorágine electoral se vio interrumpido por cinco mortíferas balas que acabaron con la vida de una víctima inocente, que podía haber sido otra –“todos somos Isaías”, rezaba una pancarta en Mondragón como expresión de solidaridad en el duelo-, pero que no había sido cruelmente elegida al azar, sino puesta en el punto de mira por su condición de antiguo cargo público socialista, ya sin escolta. El tiempo de campaña electoral se acabó por la ignominiosa voluntad de los asesinos. El tiempo de la vida de Isaías Carrasco le fue arrebatado definitivamente. Y la quiebra definitiva de su tiempo es la que nos emplazó a los demás en el nuestro. Un silencio de muerte nos dejó sin palabras y acalló los discursos. Mas otro silencio, cargado de dolor y de rabia, como homenaje compartido a quien había sido vilmente asesinado, nos impusimos los vivos, ciudadanos contrarios a los necrófilos matarifes de una banda asesina. Otro muy distinto es el silencio cómplice y vergonzante de los corifeos del crimen, que incluso ha llevado a algunos a abandonar la plaza pública donde quienes se solidarizan callados pueden mirarse a los ojos.

Entierro, luto: tiempo de llorar ha sido el que hemos vivido, hasta el nuevo tiempo abierto por las palabras llenas de coraje de Sandra, la hija de Isaías, convocando ante el féretro de su padre a ejercer el derecho ciudadano del voto como la mejor muestra de solidaridad hacia él y con ella y su familia. El deber cívico al que apelaba producía en el discurrir de los acontecimientos la inflexión en virtud de la cual el tiempo del duelo se replegaba a la intimidad de la familia para dar paso al tiempo del hablar recuperado en la vida pública. Con una salvedad: la autenticidad democrática la condicionaba, con tanta lucidez como sentimiento, a que la memoria de su padre, su condición de víctima, no fuera manipulada. Quien desde su juventud dolorida se expresaba a borbotones volvía a dibujar la raya que separa respeto y obscenidad. ¡Qué trabajo ha costado a algunos enterarse! ¡Cuántas veces se ha traspasado esa raya, que debía haber sido una línea infranqueable!

El tiempo de hablar llegó, cuando fue su momento. Hemos hablado todos, o casi todos, como en democracia debemos hacerlo al estar convocados a elegir representantes. Nuestras palabras han sido dichas a través de los votos, votos de vida frente a balas de muerte, palabras dichas con el gesto soberano de depositar en las urnas papeletas libremente escogidas, en más que rotundo contraste con la actuación criminal de quienes aprietan el gatillo para matar a un hombre, acabar con la vida de uno de los nuestros –de todos, no sólo de quienes desde una estrecha visión nacionalista reducen el círculo de “nosotros” frente a los “otros”-, tratando de chantajear a una ciudadanía que quiere vivir en democracia. Más allá del resultado de las elecciones, más acá de la configuración de mayorías y minorías, la participación ciudadana, ante la desgraciada presencia de unos hechos que quedaron ahí, irreversibles, insoslayables, es lo que dota de una especial intensidad al tiempo de la palabra en que nos instalamos el pasado domingo. La rapidez de los acontecimientos, el cambio de titulares en las primeras páginas de la prensa, el orden del día de lo que de manera tan evanescente llamamos actualidad, no deben hacernos perder de vista la importancia de lo vivido. Los momentos postelectorales, que para el Partido Socialista han sido momentos de contenida alegría por los resultados obtenidos, podían haber sido un tiempo para reír en vez de llorar. No obstante, no ha podido ser exactamente así. Las circunstancias han venido como algunos las han provocado, empeñados en torcérnoslas malévolamente –existe lo negativo en la historia, como también anida el mal en el alma humana, no nos engañemos-. Pero eso, si nos lleva a contener la alegría que tanto hemos defendido –Benedetti manda-, es para hacer llegar a todos la afectuosa sonrisa de quienes quieren compartir con los demás una victoria que, antes que otra cosa, es de la ciudadanía y de su democracia.

Parafraseando otros versos de Cohélet podemos seguir diciendo que ya no debe ser tiempo de tirar piedras, sino de recogerlas; no de destruir, sino de edificar; no de rasgar, sino de coser. Es tiempo, pues, para el paciente hilvanar las costuras sociales que también es la actividad política, y con más motivo después de haber visto de nuevo el rostro macabro de esa violencia idolátrica que pretende señorear desde la muerte, profanando desde su fondo de impotencia lo más sagrado para cada uno de los humanos: su vida y su dignidad. Frente a una violencia terrorista que es la antipolítica más extrema, y considerando preferible la visión de la política que con ahínco defendió Hannah Arendt, en vez de la concepción de la misma que se remite a Clausewitz para reafirmar el continuum entre violencia y política, es el momento de ahondar en la convicción en torno al valor de la política como acción colectiva que, articulando una pluralidad que no elimina, gana su sentido si somos capaces de encauzarla al servicio de la convivencia democrática. Tiempo nuestro debe ser también el de una política que nos dignifique.

(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 11 de Marzo de 2008)

lunes, 3 de marzo de 2008

Iguales para ser libres

José Antonio Pérez Tapias

Estamos en medio de una campaña electoral en la que la polarización entre izquierda y derecha –que no hay que asimilar a bipartidismo- se ha hecho notar con fuerza. La situación trae a la memoria publicaciones de notable difusión de hace unos años, como aquel libro de un prestigioso sociólogo británico titulado precisamente Más allá de la izquierda y la derecha. Resulta que “más allá” nos las volvemos a encontrar. Llevaba razón Norberto Bobbio cuando a mediados de los noventa trató de esclarecer las diferencias entre una y otra. Su exitosa obra Derecha e izquierda fue una respuesta a quienes por entonces decían que esa diferenciación política estaba periclitada, que lo importante era ofrecer a la ciudadanía equipos políticos competentes capaces de gestionar eficazmente la cosa pública. ¡Como si la gestión pública fuera una pura administración políticamente neutral! Ésa es la idea que trata de poner una y otra vez en la escena pública una concepción tecnocrática de la política, aliada siempre con una concepción elitista de la democracia, por más que se oculte tras apariencias populistas.

Bobbio, siempre incisivo desde su moderación, señalaba como elemento distintivo de la izquierda su empeño en la igualdad. Y es cierto que tal punto focal de la izquierda la identifica como tal, a lo que se puede añadir que desde él modula la idea de libertad que le es propia. La libertad es tan importante como la igualdad, mas lo que se percibe desde la izquierda es que la igualdad es condición para que la libertad sea efectiva para todos. La izquierda sostiene la inseparabilidad de ambos valores y se hace cargo del imperativo ético de dar concreción política eficaz a lo que la misma Declaración universal de los Derechos Humanos, recogiendo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución francesa, afirma: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. No se comparte, por tanto, la visión sesgada de planteamientos liberales que vienen a decir que libertad e igualdad no se pueden lograr a la vez, pues lo que se gana por un lado se pierde por otro –Isaiah Berlin insistía en esa disyuntiva-, y menos aún los enfoques neoliberales que cargan las tintas en la libertad (que acaba reducida a libertad de mercado) y se olvidan de la igualdad.

El compromiso con la igualdad ha ido teniendo diversos acentos según los distintos momentos históricos. En el que estamos viviendo hay sobrados motivos para hacer lo que hacemos: trabajar por la igualdad entre varones y mujeres. La Ley de Igualdad aprobada en la Legislatura que ha terminado expresa la voluntad política de avanzar y consolidar logros en esa dirección. La efectiva equiparación en derechos entre mujeres y hombres –que de eso se trata- en todos los ámbitos de nuestra realidad, desde el político hasta el doméstico, pasando por el económico y laboral, se ha convertido en piedra de toque de una sociedad que en verdad quiere vivir en democracia desde el respeto a la dignidad de todas y cada una de las personas que la integran. Cualquier situación que se aleje de ello es una situación de discriminación de todo punto injustificable.

La derecha parece que no llega a ver el hondo calado ético-político de la efectiva igualdad entre mujeres y hombres, compartiendo común ciudadanía, de la que hablamos. Prueba de lo que decimos ha sido el recurso presentado por el PP en relación a la mencionada Ley ante el Tribunal Constitucional. Se acusa en ello una visión conservadora de la sociedad que no se desprende del lastre de una concepción de las relaciones humanas apegada a un principio jerárquico no cuestionado. Pero es patente también que la displicencia con que se trata la “igualdad de género” y las reivindicaciones del movimiento feminista guarda relación con que las mismas mujeres de derechas, por ubicación social y posibilidades profesionales, no tienen en cuenta que el hecho de verse libres de insoportables interferencias por parte de varones suficientemente considerados no significa que se hayan emancipado del dominio patriarcal. Vale a este respecto lo que el filósofo Philip Pettit ha subrayado: estar libre de interferencias ajenas –eje del concepto liberal de libertad-, no implica estar libre de verse sujeto a algún tipo de dominación –objetivo del concepto republicano de libertad-.

La izquierda ve las cosas de otra manera, resistiendo además a la caricaturización que se hace de la igualdad confundiéndola con uniformismo y al menosprecio de ella en su condición de valor ético-político aduciendo torticeramente la evidente existencia de la diferenciación biológica –suele quedar lejos la elaboración cultural de la sexualidad que lleva a hablar de género-. Para la izquierda, la igualdad como plena equiparación en derechos es la condición para el despliegue de las diferencias. Ello forma parte de la autorrealización libre de las personas desde la autonomía ganada por y para cada cual gracias a la igualdad jurídico-política. Ésta es la que ha de verse reforzada con medidas encaminadas a que sea también real la igualdad de oportunidades, de acceso a recursos, de disfrute en definitiva de lo que comportan los derechos económicos y sociales sobre la base proporcionada por los civiles y políticos. De esta forma la equiparación en derechos comportará para las mujeres alcanzar en relación a los varones la igualdad como “equipotencia” de la que hablaba hace años Amelia Valcárcel.

Tiene presente la izquierda, además, que los logros en cuanto a igualdad deben consolidarse simultáneamente en todos los frentes, pues de lo contrario, como también se ha señalado desde el discurso feminista, lo que se gana por un lado puede incluso dar pie a nuevas formas de desigualdad por otro. Es decir, la consecución de la igualdad de género, de forma que llegue a todas las mujeres, implicando a todos los varones, no es separable de las conquistas en cuanto a igualdad social. Si no es desde el contexto de una realidad social igualitaria, donde las desigualdades de clase vayan desapareciendo, donde el abismo entre ricos y pobres se vaya eliminando y donde se frenen las desigualdades generadas por el mal trato a los culturalmente diferentes, no se logrará de verdad la igualdad de género. Una sociedad más igualitaria para todas y todos –la redundancia del uso lingüístico diferenciado se hace aquí necesaria- posibilita que seamos, sin discriminaciones ni privilegios, sin dominación en suma, más libres. Así, por una parte, si el concepto de igualdad, según Celia Amorós, es ideal y principio orientador de un “proyecto feminista de transformación social”, no deja de ser, por otra, concepto clave de un proyecto socialista comprometido con la superación de la cultura patriarcal que ha impregnado las relaciones humanas desde aquel brumoso origen –lo diremos con ecos de Rousseau- en que nacieron las desigualdades entre los humanos.

(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 2 de Marzo de 2008)