José Antonio Pérez Tapias
La secuencia es conocida: cuando los estadounidenses pillan un resfriado, los europeos estornudamos. ¡Y eso que tenemos la manta del euro para soportar los enfriamientos económicos! Resulta, además, que se nos ha presentado la oportunidad de dar con una interesante paráfrasis del conocido dicho de que no hay mal que cien años dure. Ahora, en tiempos con mayor aceleración que en el pasado, podemos decir que no hay burbuja que más de diez años aguante: se ha desinflado la burbuja inmobiliaria. Ha sido una más de las burbujas que ha promovido el actual capitalismo financiero. Está visto que el dinero, con toda su “metafísica”, no aguanta indefinidamente la permanencia en el estado virtual de una ingeniería financiera que lo lleva de acá para allá, gracias a las tecnologías de la información y la comunicación que permiten la sincronización permanente de los mercados bursátiles; busca entonces aterrizar en la “economía real” para que sus rápidos beneficios queden asegurados. Es ahí donde el “capitalismo del ladrillo” se ha mostrado como buen complemento “físico” del capitalismo financiero. La especulación inmobiliaria y el mercado hipotecario que la acompaña han ofrecido el ideal ámbito real para invertir sobre seguro lo que no debía permanecer en estado volátil. Así, hasta que los excesos de riesgo asumidos por la banca dedicada a las llamadas “hipotecas basura” han sobrepasado en Estados Unidos el límite de lo que debían haberse permitido, máxime con la extendida morosidad que ha habido en el pago de hipotecas, que afecta en cadena a todo el sistema. Se desinfla la burbuja y los efectos, como delicado momento para la banca, se acusan en Europa desde que se enciende la alarma de una posible crisis.
En España, la desaceleración económica que por todo ello se ve inducida, también junto a otros motivos, cuenta además con otras causas endógenas. Sabemos de la situación difícil debida a los excesos en la construcción de viviendas de elevado coste, fruto de una actividad inmobiliaria muy especulativa que venía de atrás –propiciada entre otras cosas por la anterior Ley del Suelo que, afortunadamente, en la Legislatura que ha terminado se ha podido cambiar-, lo cual ha tenido su reverso en la escasez en el mercado de vivienda asequible con la que la población joven pueda satisfacer su demanda. Es la paradoja abordada con las medidas sobre vivienda adoptadas tanto por el Gobierno de España como por la Junta de Andalucía. Con todo, hay razonables indicios de que la economía española puede salir airosa de esta fase de ralentización gracias al superávit de las cuentas públicas y a la buena marcha de otros sectores productivos, que son los que de cara al futuro hay que potenciar. No obstante, como no hay que confiarse, está bien que la coyuntura se aproveche para replantear cuestiones de fondo.
El capitalismo inmobiliario ha dado muestras de una voracidad insaciable. La avaricia rompe el saco. Ahora, con vacas flacas, quienes pueden verse en el desempleo pagan los platos rotos. Y lo que en muchos casos no tendrá arreglo será lo consolidado a través de los desequilibrios de un urbanismo irracional que intencionadamente ignora sus consecuencias medioambientales. Lo curioso ahora, como en situaciones anteriores, es que quienes han sido voceros de la doctrina neoliberal, defensores de un mercado al que confiaban la solución de los problemas sociales, se desgañiten pidiendo que intervenga el Estado para salvar los trastos –los trastos de los beneficios de inversores y grandes empresas constructoras-. Ante tan palmaria contradicción hay que recordarles que no vale acudir al Estado sólo como pagano de bancarrotas, sino que lo procedente es plantear una relación distinta entre el mercado y el Estado. El primero, dejado a su impersonal dinámica, tiende a desembocar en “capitalismo salvaje”. Ya lo decía alguno: “Cuando el mercado se abandona a su propia legalidad, no repara más que en la cosa, no en la persona, no conoce ninguna obligación de fraternidad ni de piedad, ninguna de las relaciones humanas originarias portadas por las comunidades de carácter personal”. No son precisamente palabras de Marx, por ejemplo, sino de Max Weber, al que algunos apodaron como el “Marx de la burguesía”, en su imponente obra Economía y sociedad. En ellas apuntaba a la necesidad de que el mercado sea “domesticado” –no asfixiado ni eliminado- por el Estado, el cual a su vez, como subraya Habermas, ha de estar sometido al control político de la ciudadanía y a la vigilancia social de la opinión pública.
Ya que sacamos a relucir a Marx, es oportuno recordar el hincapié que hizo en que “la explotación del obrero y la esquilmación de la tierra van juntas”. Contener los salarios lo que se pueda y obtener recursos naturales al mínimo coste, si es posible cero, sobre todo cuando se han considerado abundantes -¡hasta que han dejado de serlo!- es pauta constante en la producción capitalista, a no ser que haya un poder social (sindicatos, por un lado, movimientos ecologistas, por otro) y un poder político (Estado democrático de derecho) que obliguen a que las cosas sean de otra manera. Y a eso es a lo que la tozudez de los hechos nos convoca ahora, en el diferente contexto de la globalización, con la consiguiente mayor complejidad de los problemas. De ahí la necesidad de políticas económicas que contemplen en serio todo lo relativo al trabajo, a la creación del mismo, a su estabilización y mejora en cuanto a condiciones laborales, a la protección social del desempleo, etc.; y que igualmente se hagan cargo de verdad de todo lo que requiere la protección del medio ambiente, la conservación o regeneración de los recursos naturales, el cuidado, en suma, de la naturaleza de la que formamos parte. El socialismo democrático sabe hoy que solidaridad social y sostenibilidad han de ir por fuerza a la par; es más, la sostenibilidad del desarrollo al que podemos aspirar es otra cara más de la solidaridad, en especial con las generaciones futuras.
La economía que no tenga en cuenta la ecología no interesa a nuestra sociedad. Los saberes y prácticas de la casa (en griego, “oikos”) social en que habitamos, relativos a las pautas de la producción (oikos-nomos) y a la interrelación con la naturaleza en la que, cual casa común, vivimos e incidimos (oikos-logos), deben tener en cuenta todos los factores. Como hacía saber aquel visionario que fue E. F. Schumacher, en su obra Lo pequeño es hermoso, “uno de los más funestos errores de nuestra época consiste en creer que el problema de la producción se ha resuelto”. No está resuelto mientras no computemos los costes medioambientales, mientras no logremos una producción respetuosa con la naturaleza, una economía, por tanto, capaz de moderar su ansia de beneficio en aras de la supervivencia de la humanidad. Es también un reto social que obliga a modificar hábitos de la vida cotidiana y un reto político que empieza por no tomarse a broma todo aquello a lo que apuntamos cuando hablamos de cambio climático. La ecología no es un lujo –tampoco cuando se hacen valer en tiempo y forma ponderadas razones medioambientales en contra de un proyecto desmesurado para nuestra escala como es el del teleférico desde Granada a Sierra Nevada, ¡que sería el más grande del mundo!-. La ecología debe ser, junto con la economía, uno de los pilares de la sociedad que queremos para el futuro. A la política corresponde asegurar desde las instituciones democráticas la mejor relación entre ellas.
(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 26 de Febrero de 2008)
La secuencia es conocida: cuando los estadounidenses pillan un resfriado, los europeos estornudamos. ¡Y eso que tenemos la manta del euro para soportar los enfriamientos económicos! Resulta, además, que se nos ha presentado la oportunidad de dar con una interesante paráfrasis del conocido dicho de que no hay mal que cien años dure. Ahora, en tiempos con mayor aceleración que en el pasado, podemos decir que no hay burbuja que más de diez años aguante: se ha desinflado la burbuja inmobiliaria. Ha sido una más de las burbujas que ha promovido el actual capitalismo financiero. Está visto que el dinero, con toda su “metafísica”, no aguanta indefinidamente la permanencia en el estado virtual de una ingeniería financiera que lo lleva de acá para allá, gracias a las tecnologías de la información y la comunicación que permiten la sincronización permanente de los mercados bursátiles; busca entonces aterrizar en la “economía real” para que sus rápidos beneficios queden asegurados. Es ahí donde el “capitalismo del ladrillo” se ha mostrado como buen complemento “físico” del capitalismo financiero. La especulación inmobiliaria y el mercado hipotecario que la acompaña han ofrecido el ideal ámbito real para invertir sobre seguro lo que no debía permanecer en estado volátil. Así, hasta que los excesos de riesgo asumidos por la banca dedicada a las llamadas “hipotecas basura” han sobrepasado en Estados Unidos el límite de lo que debían haberse permitido, máxime con la extendida morosidad que ha habido en el pago de hipotecas, que afecta en cadena a todo el sistema. Se desinfla la burbuja y los efectos, como delicado momento para la banca, se acusan en Europa desde que se enciende la alarma de una posible crisis.
En España, la desaceleración económica que por todo ello se ve inducida, también junto a otros motivos, cuenta además con otras causas endógenas. Sabemos de la situación difícil debida a los excesos en la construcción de viviendas de elevado coste, fruto de una actividad inmobiliaria muy especulativa que venía de atrás –propiciada entre otras cosas por la anterior Ley del Suelo que, afortunadamente, en la Legislatura que ha terminado se ha podido cambiar-, lo cual ha tenido su reverso en la escasez en el mercado de vivienda asequible con la que la población joven pueda satisfacer su demanda. Es la paradoja abordada con las medidas sobre vivienda adoptadas tanto por el Gobierno de España como por la Junta de Andalucía. Con todo, hay razonables indicios de que la economía española puede salir airosa de esta fase de ralentización gracias al superávit de las cuentas públicas y a la buena marcha de otros sectores productivos, que son los que de cara al futuro hay que potenciar. No obstante, como no hay que confiarse, está bien que la coyuntura se aproveche para replantear cuestiones de fondo.
El capitalismo inmobiliario ha dado muestras de una voracidad insaciable. La avaricia rompe el saco. Ahora, con vacas flacas, quienes pueden verse en el desempleo pagan los platos rotos. Y lo que en muchos casos no tendrá arreglo será lo consolidado a través de los desequilibrios de un urbanismo irracional que intencionadamente ignora sus consecuencias medioambientales. Lo curioso ahora, como en situaciones anteriores, es que quienes han sido voceros de la doctrina neoliberal, defensores de un mercado al que confiaban la solución de los problemas sociales, se desgañiten pidiendo que intervenga el Estado para salvar los trastos –los trastos de los beneficios de inversores y grandes empresas constructoras-. Ante tan palmaria contradicción hay que recordarles que no vale acudir al Estado sólo como pagano de bancarrotas, sino que lo procedente es plantear una relación distinta entre el mercado y el Estado. El primero, dejado a su impersonal dinámica, tiende a desembocar en “capitalismo salvaje”. Ya lo decía alguno: “Cuando el mercado se abandona a su propia legalidad, no repara más que en la cosa, no en la persona, no conoce ninguna obligación de fraternidad ni de piedad, ninguna de las relaciones humanas originarias portadas por las comunidades de carácter personal”. No son precisamente palabras de Marx, por ejemplo, sino de Max Weber, al que algunos apodaron como el “Marx de la burguesía”, en su imponente obra Economía y sociedad. En ellas apuntaba a la necesidad de que el mercado sea “domesticado” –no asfixiado ni eliminado- por el Estado, el cual a su vez, como subraya Habermas, ha de estar sometido al control político de la ciudadanía y a la vigilancia social de la opinión pública.
Ya que sacamos a relucir a Marx, es oportuno recordar el hincapié que hizo en que “la explotación del obrero y la esquilmación de la tierra van juntas”. Contener los salarios lo que se pueda y obtener recursos naturales al mínimo coste, si es posible cero, sobre todo cuando se han considerado abundantes -¡hasta que han dejado de serlo!- es pauta constante en la producción capitalista, a no ser que haya un poder social (sindicatos, por un lado, movimientos ecologistas, por otro) y un poder político (Estado democrático de derecho) que obliguen a que las cosas sean de otra manera. Y a eso es a lo que la tozudez de los hechos nos convoca ahora, en el diferente contexto de la globalización, con la consiguiente mayor complejidad de los problemas. De ahí la necesidad de políticas económicas que contemplen en serio todo lo relativo al trabajo, a la creación del mismo, a su estabilización y mejora en cuanto a condiciones laborales, a la protección social del desempleo, etc.; y que igualmente se hagan cargo de verdad de todo lo que requiere la protección del medio ambiente, la conservación o regeneración de los recursos naturales, el cuidado, en suma, de la naturaleza de la que formamos parte. El socialismo democrático sabe hoy que solidaridad social y sostenibilidad han de ir por fuerza a la par; es más, la sostenibilidad del desarrollo al que podemos aspirar es otra cara más de la solidaridad, en especial con las generaciones futuras.
La economía que no tenga en cuenta la ecología no interesa a nuestra sociedad. Los saberes y prácticas de la casa (en griego, “oikos”) social en que habitamos, relativos a las pautas de la producción (oikos-nomos) y a la interrelación con la naturaleza en la que, cual casa común, vivimos e incidimos (oikos-logos), deben tener en cuenta todos los factores. Como hacía saber aquel visionario que fue E. F. Schumacher, en su obra Lo pequeño es hermoso, “uno de los más funestos errores de nuestra época consiste en creer que el problema de la producción se ha resuelto”. No está resuelto mientras no computemos los costes medioambientales, mientras no logremos una producción respetuosa con la naturaleza, una economía, por tanto, capaz de moderar su ansia de beneficio en aras de la supervivencia de la humanidad. Es también un reto social que obliga a modificar hábitos de la vida cotidiana y un reto político que empieza por no tomarse a broma todo aquello a lo que apuntamos cuando hablamos de cambio climático. La ecología no es un lujo –tampoco cuando se hacen valer en tiempo y forma ponderadas razones medioambientales en contra de un proyecto desmesurado para nuestra escala como es el del teleférico desde Granada a Sierra Nevada, ¡que sería el más grande del mundo!-. La ecología debe ser, junto con la economía, uno de los pilares de la sociedad que queremos para el futuro. A la política corresponde asegurar desde las instituciones democráticas la mejor relación entre ellas.
(Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 26 de Febrero de 2008)