lunes, 19 de mayo de 2008

Idas y vueltas en la clase dominante

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

A quien tenga la amabilidad de leer las líneas que siguen le pido, de entrada, mis disculpas por la impertinencia de utilizar en su epígrafe la expresión “clase dominante”, tan en desuso, incluso tan políticamente incorrecta. El caso es que en esta sociedad de homogeneidades y diferencias, clases sociales, como las meigas, haberlas, haylas. Aunque se oculten ellas y sus desigualdades, de vez en cuando se notan. Es aplicable a su tozuda presencia el dicho freudiano de que “el principio de realidad se impone”. Así se muestra a los ojos de todos con el trasiego de personas que van y vienen entre el ámbito económico y el político. Hemos visto el caso de Zaplana, ex-portavoz del PP en el Congreso, emigrado a Telefónica por la golosa recompensa de un millón de euros al año –buen bálsamo para heridas en la hegeliana lucha por el reconocimiento-. Antes pudimos ver, en sentido inverso, el de Pizarro, trasplantado desde la presidencia de Endesa a las listas electorales del mismo partido. Son destacados representantes de una élite que propicia y disfruta ese trasvase bidireccional entre el mundo de la empresa y el de la política. No hace falta decir que no se trata de cualquier “mundo empresarial” ni de cualquier “mundo político”, sino de ésos en y desde los que ejerce su poder la clase social que controla los resortes económicos de la realidad española. Tampoco hace falta abundar en disquisiciones sobre la “clase dominante”, no sea que alguien percibiera restos de marxismo trasnochado.
Si hablamos de esos personajes no es por interés en sus biografías. Podríamos adherirnos laicamente al viejo refrán “a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”, siempre que ello no perjudique a los demás, por eso de las influencias. No obstante, dada la antigua relación entre ética y estética que algunos aún suscribimos, a riesgo de portar el sambenito de platónicos, hay ciertas cosas que siguen resultando feas para el vulgo, que no es clase dominante. Alfonso Guerra lo ha expresado con descarnado lenguaje refiriéndose a Zaplana: “una vez que en su grupo no lo consideran, tiene otro camino, ganar dinero”. Son palabras que no dejan de aludir a declaraciones que hiciera quien fue presidente de la Generalitat valenciana acerca de sus móviles para dedicarse a la cosa pública. Parece que ante el pueblo llano algunos quieren corroborar –parafraseando a Clausewitz- que la política es la continuación del hacer dinero por otros medios, o que el hacer dinero por otros medios es la continuación de la política, que tanto daría una cosa u otra.
Pero las idas y vueltas no se reducen a casos individuales que a la postre son signos que remiten a otras realidades. Es todo el PP, representando a quienes representa, el que se halla de un lado a otro en busca de un “liberalismo simpático” o de un conservadurismo presentable, por no mencionar la utopía del centro –literalmente “u-tópico” dada la inexistencia política de ese lugar-. Unos van y otros vuelven, y algunas personas hacen las dos cosas simultáneamente, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, que a la vez que va tras el liberalismo perdido, vuelve al refugio nacional-católico de un nuevo acuerdo con el cardenal Rouco. Y en medio, un presidente del PP con aspiraciones de volver a ser candidato, hasta que los suyos se pongan de acuerdo para, en alguna intersección de sus idas y vueltas, proclamar que el líder está desnudo. Tras ello, la clase dominante aparcará sus desavenencias, volverá a tener clara la “contradicción principal” y retomará la complementariedad entre neoconservadores y neoliberales que tan buenos frutos le ha dado. Por ahora alimenta la esperanza –otros intentaremos democráticamente que no se cumpla- de que el gobierno del PSOE se desgaste frente a la crisis económica, soportando defecciones de quienes entre sus filas no resistan los cantos de sirena de algún lobby empresarial y también transiten hacia la empresa de altos vuelos. ¿Cómo calificar o, mejor, descalificar el viaje minuciosamente proyectado del ex-director de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno a la dirección del grupo empresarial formado por las grandes constructoras españolas? Si no lo enjuiciamos desde criterios precapitalistas como debilidad de la carne, ¿cabe considerarlo ejemplo para emprendedores? Habrá que pedir prestada a Walter Benjamin una de sus fórmulas: “Es ingenuo asombrarse de que ciertas cosas sean todavía posibles”.

[Artículo publicado en la revista EL SIGLO, nº 787 (12 mayo 2008), p. 46]