José Antonio Pérez Tapias
“Letra, no. Gracias”. Tal parece ser el lema suscrito por amplios sectores de la ciudadanía hasta el punto de inducir la retirada por parte del Comité Olímpico Español de la propuesta de himno resultante del rocambolesco concurso que para tal efecto había convocado. El objetivo era que los deportistas, y tras ellos los ciudadanos, contaran con unos versos con los que acompañar los sones de la Marcha de Granaderos que en su día fue regalada a Carlos III y que viene cumpliendo las funciones de himno nacional. El asunto ha tenido su recorrido durante unos meses, no sin el aliento del PP, conforme a su concepción del nacionalismo con que pretende impregnar la vida española. Sin embargo, lo fallido del intento ha venido a confirmar lo que era el fracaso de una propuesta anacrónica que, una vez más, se anunciaba como inviable.
Los motivos del rechazo que ha concitado la bienintencionada letra que hemos conocido se han desgranado en las reflexiones que se han ido volcando en los medios de comunicación. Unos han puesto el acento en la mala calidad literaria de la propuesta ganadora -¡cómo serían las otras!-, lo cual es algo que hasta destacados representantes del pensamiento de la derecha han reconocido, subrayando de camino que los símbolos no se inventan así como así. Otros han entrado más en la cuestión de fondo, relativa a la dificultad de conseguir una letra con suficiente consenso, dada la problemática que sobrellevamos acerca de la identidad nacional de España. Tal circunstancia no la sufren las comunidades autónomas, pues las reconstrucciones de identidades colectivas que se han dado en ellas, y no sólo en las marcadas por el nacionalismo político, les ha permitido recuperar símbolos heredados con un notable grado de aceptación.
Con todo, quizá haya todavía quien piense que habrá que intentarlo otra vez con mejor fortuna, aduciendo que no hemos de seguir callados cuando los demás cantan sus himnos, pues eso siempre viene a ser signo de debilidad. Mas como también se ha dicho atinadamente estos días, es imposible resolver bien lo que se hace demasiado tarde. La épica que reclama un himno con auténtico sabor patriótico, y no cargado de fórmulas políticamente correctas, es de tiempos diferentes del nuestro. La postmodernidad no es época de héroes, ni la globalización permite ya rememorar gestas de nuestra particular historia de imperio y decadencia. El auge de los nacionalismos decimonónicos fue el marco de vibrantes letras que hoy, leídas en frío, resultan o bárbaras o fatuas. ¿Contra quién dirigimos, de manera análoga a La Marsellesa, nuestro “ardor guerrero”, como diría Muñoz Molina? Y a falta de un Bolívar libertador, ¿a qué próceres de la patria invocamos con nuestros sones? Ni que decir tiene que, incluso en la hipótesis de una letra en la que se apoyara a la monarquía, no sería admisible algo parecido al “Dios salve a la Reina” del himno británico. Se acumulan, pues, dificultades insalvables para hacer un himno que, si extemporáneamente se vuelve a intentar, no superaría las condiciones de credibilidad mínimas para entonarlo con convicción.
A quienes quedan sumidos en una especie de conciencia desgraciada por el hecho de que, en cuanto al himno, hemos llegado a la conclusión de que mejor sin letra –Caballero Bonald se apunta socarronamente a que mejor aún sería prescindir hasta de la música-, hay que decirles que la entidad de la España plural, la solidaridad entre sus conciudadanos y la cohesión de sus territorios no depende de un himno que siempre sería tardío y nunca aceptado por todos. Lo más importante, sin embargo, que se desprende de todo esto es aquello a la que esta conclusión señala: podemos prescindir de un himno, pero no debemos pasarnos la vida sin un relato. ¿Cómo nos contamos nuestra historia, esa misma historia de la que forma parte la dificultad de darnos un himno?
Si es imposible un himno común, porque al descreimiento de una era escéptica se añade la carencia de mitos compartidos, a estas alturas eso no es una desgracia, sino una oportunidad: la de reconstruir colectivamente el relato de una historia desmitificada. Cuando constatamos la falta de referencias compartidas a hechos fundacionales, porque las historias que se entrelazan sobre el solar hispano se han vivido y se interpretan de maneras diversas, desmitificándose unas a otras si no lo hace cada cual respecto a la propia, es el momento de reconocer lo común en torno a lo cual reanudar vínculos. Es aquí donde una memoria histórica sin mitos aparece como tabla de salvación: la memoria de las víctimas, el recuerdo de lo que no ha de ser olvidado, el compromiso respecto a lo que no debe volver a ocurrir. Todo ello puede encontrar su mejor eco en el silencio de una ciudadanía solidaria capaz de hacer reflexivo su empeño democrático de libertad, igualdad y justicia mientras se mira a los ojos al escuchar una marcha de granaderos heredada del pasado.
(Artículo publicado en el diario Granada Hoy el 28 de Enero de 2008)
“Letra, no. Gracias”. Tal parece ser el lema suscrito por amplios sectores de la ciudadanía hasta el punto de inducir la retirada por parte del Comité Olímpico Español de la propuesta de himno resultante del rocambolesco concurso que para tal efecto había convocado. El objetivo era que los deportistas, y tras ellos los ciudadanos, contaran con unos versos con los que acompañar los sones de la Marcha de Granaderos que en su día fue regalada a Carlos III y que viene cumpliendo las funciones de himno nacional. El asunto ha tenido su recorrido durante unos meses, no sin el aliento del PP, conforme a su concepción del nacionalismo con que pretende impregnar la vida española. Sin embargo, lo fallido del intento ha venido a confirmar lo que era el fracaso de una propuesta anacrónica que, una vez más, se anunciaba como inviable.
Los motivos del rechazo que ha concitado la bienintencionada letra que hemos conocido se han desgranado en las reflexiones que se han ido volcando en los medios de comunicación. Unos han puesto el acento en la mala calidad literaria de la propuesta ganadora -¡cómo serían las otras!-, lo cual es algo que hasta destacados representantes del pensamiento de la derecha han reconocido, subrayando de camino que los símbolos no se inventan así como así. Otros han entrado más en la cuestión de fondo, relativa a la dificultad de conseguir una letra con suficiente consenso, dada la problemática que sobrellevamos acerca de la identidad nacional de España. Tal circunstancia no la sufren las comunidades autónomas, pues las reconstrucciones de identidades colectivas que se han dado en ellas, y no sólo en las marcadas por el nacionalismo político, les ha permitido recuperar símbolos heredados con un notable grado de aceptación.
Con todo, quizá haya todavía quien piense que habrá que intentarlo otra vez con mejor fortuna, aduciendo que no hemos de seguir callados cuando los demás cantan sus himnos, pues eso siempre viene a ser signo de debilidad. Mas como también se ha dicho atinadamente estos días, es imposible resolver bien lo que se hace demasiado tarde. La épica que reclama un himno con auténtico sabor patriótico, y no cargado de fórmulas políticamente correctas, es de tiempos diferentes del nuestro. La postmodernidad no es época de héroes, ni la globalización permite ya rememorar gestas de nuestra particular historia de imperio y decadencia. El auge de los nacionalismos decimonónicos fue el marco de vibrantes letras que hoy, leídas en frío, resultan o bárbaras o fatuas. ¿Contra quién dirigimos, de manera análoga a La Marsellesa, nuestro “ardor guerrero”, como diría Muñoz Molina? Y a falta de un Bolívar libertador, ¿a qué próceres de la patria invocamos con nuestros sones? Ni que decir tiene que, incluso en la hipótesis de una letra en la que se apoyara a la monarquía, no sería admisible algo parecido al “Dios salve a la Reina” del himno británico. Se acumulan, pues, dificultades insalvables para hacer un himno que, si extemporáneamente se vuelve a intentar, no superaría las condiciones de credibilidad mínimas para entonarlo con convicción.
A quienes quedan sumidos en una especie de conciencia desgraciada por el hecho de que, en cuanto al himno, hemos llegado a la conclusión de que mejor sin letra –Caballero Bonald se apunta socarronamente a que mejor aún sería prescindir hasta de la música-, hay que decirles que la entidad de la España plural, la solidaridad entre sus conciudadanos y la cohesión de sus territorios no depende de un himno que siempre sería tardío y nunca aceptado por todos. Lo más importante, sin embargo, que se desprende de todo esto es aquello a la que esta conclusión señala: podemos prescindir de un himno, pero no debemos pasarnos la vida sin un relato. ¿Cómo nos contamos nuestra historia, esa misma historia de la que forma parte la dificultad de darnos un himno?
Si es imposible un himno común, porque al descreimiento de una era escéptica se añade la carencia de mitos compartidos, a estas alturas eso no es una desgracia, sino una oportunidad: la de reconstruir colectivamente el relato de una historia desmitificada. Cuando constatamos la falta de referencias compartidas a hechos fundacionales, porque las historias que se entrelazan sobre el solar hispano se han vivido y se interpretan de maneras diversas, desmitificándose unas a otras si no lo hace cada cual respecto a la propia, es el momento de reconocer lo común en torno a lo cual reanudar vínculos. Es aquí donde una memoria histórica sin mitos aparece como tabla de salvación: la memoria de las víctimas, el recuerdo de lo que no ha de ser olvidado, el compromiso respecto a lo que no debe volver a ocurrir. Todo ello puede encontrar su mejor eco en el silencio de una ciudadanía solidaria capaz de hacer reflexivo su empeño democrático de libertad, igualdad y justicia mientras se mira a los ojos al escuchar una marcha de granaderos heredada del pasado.
(Artículo publicado en el diario Granada Hoy el 28 de Enero de 2008)
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